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En una maniobra confusa que quizá busque llamar la atención sobre las elecciones extraordinarias a las que convocó el Parlamento ucraniano, Darth Vader anunció su intención de contender por la presidencia del país.

The Ukrainian Internet party’s Darth Vader addresses a party congress in Kiev

¿Es posible un atisbo de humor en medio de la compleja situación que vive Ucrania desde hace un par de meses? Posiblemente. Quizá, como alguna vez dijo Srdja Popovic, uno de los artífices del derrocamiento de Slobodan Milošević en Serbia, el humor es uno de los elementos más efectivos para suscitar cierta reflexión, para corroer la seriedad excesiva con que la gente en el poder se considera a sí misma, el mucho amor propio que se tienen y, por otro lado, mostrar que en el fondo esto es ridículo.

Por otro lado, parece ser que en esas regiones de Europa la vena irónica toma manifestaciones muy peculiares cuando se trata de criticar al poder. Hace no mucho en Bielorrusia hubo una lluvia de ositos de felpa contra el entonces presidente Alexander Lukashenko y entre los varios episodios en este tenor que se han vivido en Moscú, destaca el de una manifestación con juguetes que fue prohibida porque estos no eran ciudadanos.

En Ucrania ha surgido un candidato presidencial imprevisible: Darth Vader. El conocido protagonista de la saga Star Wars, villano redimido que en ese universo fue el ejecutor despiadado de la voluntad del lado oscuro, ha decidido contender por el cargo más importante de la política ucraniana en las elecciones extraordinarias del próximo 25 de mayo, convocadas luego de que el parlamento decidiera deponer a Viktor Yanukovych como resultado de su posición afín al gobierno ruso que desató las violentas protestas en el país.

“Estoy preparado para asumir la responsabilidad del destino de esta nación si mis conciudadanos me otorgan dicho gran honor. Yo solo puedo hacer un imperio de una república, restaurar su antigua gloria, devolver los territorios perdidos y el orgullo a este país”, declaró Lord Vader durante la sesión del Partido Ucraniano de Internet en que se anunció su candidatura.

The Ukrainian Internet party’s Darth Vader flanked by stormtroopers in Independence Square, Kiev,

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El Inversor nos ofrece a continuación una reflexión en torno a la importancia de la narración en la educación escolar (y en la vida).

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Había una vez. Es infrecuente encontrar en la escuela algún había una vez. Aparece en clase de literatura, en general, y poco más. Faltan "había una vez" en las escuelas.

Hay muchísimos en los recreos −es verdad; y en los baños, en Facebook y en las escaleras, los pasillos, a la vuelta de la esquina, en las últimas filas de las clases aburridas, pero cuando digo que faltan había una vez en la escuela me refiero a que faltan en la escuela formal, en los procesos pedagógicos básicos… en la que está en nuestras manos.

No aparecen los había una vez ni en los maestros ni en los libros de texto. No aparecen en la voz rutinaria de la institución ni en sus múltiples actos. Como si no hubiera había una vez, como si no hubiera habido veces en que algo haya habido.

Lo que nos falta en la escuela son historias. Desplegamos la escolaridad de espaldas a la narración. Nos olvidamos de los cuentos, a fuerza de tanta mala cuenta. Ni contamos ni queremos que nos cuenten. No nos interesa. Y así nos va.

Al contrario, desarrollamos un registro discursivo estrafalario, estereotipado y tedioso basado en las taxonomías y en una descripción incesante y nada intrigante. Clasificamos sin parar. Lo indexamos todo. Describimos sin narrar y sin narrador. Dizque objetivamos. ¿Qué cuentan los libros de texto? ¿Quién cuenta en los libros de texto? Habla “nadie” (¿y a quién pensamos que podría interesarle eso?) Procura alguna historia en los millones de palabras de los libros de texto y no la encontrarás. Ni en la exposición plana y monocorde del maestro. No hay vez que nos dispongamos a contar. No queremos contar. No tenemos nada que contar.

No nos conocemos. En la escuela no sabemos cómo funciona la psiquis humana. Tan encandilados estamos en nosotros mismos que nos olvidamos de todo y sobre todo de todos. Ignoramos que estamos hechos de historias.

No reparamos ni siquiera en los fenómenos masivos de la telenovela y de Facebook, que son maquinarias bestiales de contar historias. No hacen otra cosa que decirnos, todo el rato, había una vez, te voy a contar… Desconocemos Hollywood; olvidamos lo que nos atraen los chismes, las historias ajenas; parece que no supiéramos lo que quiere decir el aprendizaje significativo. No reparamos y luego nos quejamos de lo que no sucede en la escuela…

A todos nos encanta que nos cuenten historias. Es una fórmula mágica y muy fácil para atraer la atención de las personas; sólo di que vas a contarles una historia y verás. Pero no lo hacemos. Sólo eso ya nos haría diferentes. Comenzar los días de clase contando historias; dándole formato de historia a lo que contamos.

¿En qué consiste una historia? En una intriga vuelta relato. No es información, es relato. No se trata de que mi vecina ha muerto, sino de que mi vecina, que ha muerto, tal vez se haya suicidado. Un giro, un leve desplazamiento, algo que no se entiende bien, alguna pieza que falta y pone en marcha la maquinaria narrativa. El célebre cuento de un hombre que va al casino, gana y se suicida. Eso es una historia. Dos relatos en uno, que no se encastran del todo. El relato de que gana y el relato de que se suicida, juntos e inajustables. Un brinco. Una disrupción de la causalidad. Un espacio vacío que captura la atención. Soy feliz, pero no consigo erección. Un silencio denso… Una intriga y alguien que la cuenta: he ahí la fórmula exacta.

Si la escuela asumiera ese tono, si admitiera que la atraviesan historias y que el saber mismo también es una historia, sería otra escuela, mejor. Pero no. Al contrario, ve todo eso con recelo; desconfía de lo que genera vacilación, descree de los brincos, no se siente cómoda con las disrupciones. Detesta las tomas de posición. Lo quiere controlar todo y explicar hasta lo inexplicable. Hiper-científica, en el mal sentido de la cientificidad. Segura, en el pésimo sentido de la seguridad. Plana, en el sentido literal del término. Objetiva hasta el hastío.

La escuela, que asume y hasta pondera la literatura, no entiende que cuando se anuncia que hoy, en esta isla, ha ocurrido un milagro, el verano se adelantó, está empezando uno de los grandes relatos de la literatura contemporánea. La escuela no entiende que lo decisivo es poner el acento en la estructura narrativa, es decir, en la presencia de una voz que se haga cargo de lo que dice, de la necesaria subjetividad del narrador, y en el hilado de un relato.

Cómo me gustaría que la escuela contara sus cosas de otra manera. Y cómo le gustaría a nuestros alumnos, fundamentalmente. Una exaltación deliberada de las inconsistencias, de los saltos lógicos; una manipulación narrativa eficaz de los procesos y una subjetivación eficiente del saber. Una nueva manera de leer lo que enseñamos. Una nueva manera de contar lo que no hacemos y deberíamos hacer. Un nuevo tono. La escuela que narra.

Una valentía. Una redención. Una enorme oportunidad.

 

Twitter del autor: @dobertipablo