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Literatura Musical: los versos de James Joyce destinados a ser cantados

Arte

Por: Jaen Madrid - 03/25/2014

Artistas renombrados como John Cage, Syd Barrett y Lee Ranaldo han convertido la inspiración lírica del poeta en el núcleo de las melodías más hermosas.

chamber music james joyce

Joyce siempre fue un músico aficionado, amante de la ópera y los grandes románticos de épocas anteriores a la suya. Un tenor brillante, al igual que su talentoso padre, quien nunca pudo explotar su afición como cantante y gran músico destacado de Irlanda. Desde muy pequeño, Joyce gozó de una refinada educación musical, la cual germinó una sensibilidad tal, que a la edad de seis años era capaz de escuchar con amor cualquier ópera. Para la adolescencia, su voz alcanzaba un sentimiento entrañable en cada tonalidad de sus cuerdas vocales. Incluso se propuso la meta de participar en el concurso de Feis Ceoil, un festival de talentos admirables de la época en el que también destacó el músico, influencia y amigo de James, John McCormarck.    

La música fue un elemento esencial y profundo en cada una de sus obras. Recordemos el laberinto de Ulysses y los episodios destacados como “Sirens”, un capítulo alucinante, refiriendo en todo momento la armonía musical. Joyce escribe algunas partituras también en su libro Finnegans Wake, como lo es la balada de “Persse O'Reilly” e incluso llegó a aventurarse en la contextura musical de la pieza “Bid Adieu”, del compositor Edmund Pendleton. Su gusto por la música era demasiado específico. Disfrutaba de la poesía isabelina y sus verdades dramáticas, aquella en la que encontraba grandes significados entre sus líneas cortas y sin embargo insondables. Es evidente que su estimulación musical se desarrolló por la esfera del canto y tal vez parte de esto fue lo que influenció su primer obra, Chamber Music, un compilado de 36 poemas sencillos pero claramente definidos por un ritmo y una armonía musical sensible por sí misma.

 

Pero así como la musicalidad en el lenguaje de Joyce fue primordial, la influencia que sus textos evocaron a músicos de todas las épocas fue aún más sorpresiva. Compositores como Georges Antheil y Samuel Barber fueron los primeros en dedicarle canciones ópera, allá por 1932. Posteriormente, los músicos vanguardistas introdujeron pistas de sonidos ambientales a sus obras: John Cage, obsesivo y fiel compositor de Finnegans Wake, y Pierre Boulez, quien alguna vez escribió, como fruto de su intenso amor por Ulysses, un ensayo en el cual demandaba una «nueva poética», una forma diferente de escuchar, afirmando que los músicos de su generación podían lograr lo que Joyce en la literatura. Luciano Berio también tuvo una profunda lealtad joyceana en ese tiempo, y destacó “Thema” como una de sus composiciones experimentales más importantes en la llamada música concreta, un collage de sonidos improvisados jugando con la abrumadora inspiración lírica del poeta.

Pero Joyce no ha quedado solamente como una influencia obsoleta. Canciones como Golden Hair reviven los hermosos versos de Chamber Music en una sutil y nostálgica interpretación de visiones oníricas. Joyce anhelaba que algún día las letras de esta obra fueran emblemas de melodías hermosas, las cuales quedaran vivas en la eternidad de un soneto hermoso y, hace no más de una década, se hizo presente el logro de dicho sueño aletargado: la compilación musical completa y totalmente contemporánea de esta primer obra de 1907. Al productor James Nicholls (Fire Records) se le ocurrió convertir los 36 poemas en obras musicales, las cuales son interpretadas por 36 artistas diferentes, destacando el proyecto de Lee Ranaldo (Sonic Youth): Text Of Light; la hermética banda de los 90: Mercury Rev; Bardo Pond, HTRK, y el minucioso proyecto de Peter Buck (REM): Minus 5, entre otros artistas. Es de admirar que la única regla de estas grabaciones fue dejar las letras intactas, puesto que la mayoría de estos artistas difieren en los géneros musicales fluctuantes y a la vez contradictorios, sin dejar de ser, en conjunto, una armonía deslumbrante.

El oído de un poeta parece ser el mismo que el de un músico. El virtuosismo lingüístico es tan importante como la simetría de una canción y es ésta una de las grandes razones por la cual James Joyce fue y debería ser valorado perpetuamente en el arte de los sonidos. “La belleza de la música, hay que escucharla dos veces”, hay que escucharla hoy, mañana y siempre.

Chamber Music: James Joyce 1-36

Twitter de la autora: @surrealindeath

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Una recomendación fílmica: "Y se hizo la luz"

Arte

Por: Koki Varela - 03/25/2014

La Cineteca Nacional de México repasa la obra de Otar Iosseliani, director georgiano cuya calidad sorprende gratamente.

Y se hizo la luz

Creía que sería una más de esas películas “con corazón”, una de esas que transportan a las salas del primer mundo las infamias cometidas en el tercero para concientizarnos y de paso entretenernos mientras nos volvemos “más comprometidos”. Pero no. Debido a mi desconocimiento de Otar Iosseliani, director georgiano del que, lo reconozco, ni siquiera había oído hablar, Y se hizo la luz me cogió completamente por sorpresa.

Película inclasificable dónde el estatuto del documental es perpetuamente defraudado a través de una fina y extraterrestre ironía, Y se hizo la luz trata el gravísimo tema de la deforestación y expropiación de terrenos tradicionalmente ocupados por poblaciones indígenas de Senegal. El avance imparable de la industria del “hombre blanco” no respeta a nada ni a nadie, y mucho menos a los detentadores por derecho de unas tierras pobladas desde tiempos inmemoriales y en las que siglos de ocupación no han ocasionado más transformaciones que las derivadas de una normal subsistencia. El vientre hinchado del capitalismo necesita, entre otras muchas cosas, madera, y para satisfacer su pantagruélico apetito no se lo piensa dos veces antes de talar un bosque centenario de Secuoyas o sabe dios qué árboles seguramente milenarios. Es la historia “de siempre”, y no es la primera vez que una película la refleja. Pero con Iosseliani la cosa cambia.

Iosseliani retrata cómicamente a una pequeña tribu de Senegal, no para hacernos reír −que también lo hace− , sino para descodificar nuestros prejuicios y expectativas y devolvernos una caricatura viva de nuestro triste pensamiento etnocéntrico y nuestros anhelos de una edad dorada. Cada escena de la película cumple a la perfección con esa intención oculta de frustrar y a la vez cumplir con ironía nuestras previsiones sobre el paraíso original: los indígenas se pelean, constantemente se celan, se llenan de envidian, resucitan sin esfuerzo a sus muertos, navegan sobre dóciles cocodrilos, obtienen automáticamente lluvia con un solo ruego a su dios, cazan diestramente con el arco o realizan extraños rituales, incomprensibles para nuestra desacralizada y materialista civilización.

El testimonio y la burla hacia nuestros preconceptos se mezclan sin aparente concierto en una visión absolutamente original y única. Es como si Iosseliani nos dijera: “esto es lo que pensáis que hacen estas gentes ¿verdad? pues aquí lo tenéis, todo tratado con el barniz de vuestra propia ignorancia, para que lo que hagan sea exactamente lo que pensáis que hacen. Eso sí, nos reservamos el derecho a la exageración y la parodia, es decir, a reírnos directamente de ustedes.”

Creo que sólo así puede entenderse el empleo que Iosseliani hace de los recursos del cine, y más en concreto de los del cine mudo, para situarnos frente a un problema terrible sin caer en la mirada piadosa, habitual máscara de nuestro complejo de superioridad. La de Iosseliani es una sabia huida de la caridad; el humor le sirve para salvar el escollo de la mirada paternalista, es decir, primermundista.

El drama de la tribu transcurre tan indiferente como una broma entre amigos: la aldea es finalmente quemada y sus árboles talados, los miembros de la comunidad se ven obligados a marchar hacia los núcleos urbanos y vivir de acuerdo a patrones heredados de los invasores, en ocasiones acostumbrándose a una miseria totalmente desconocida en el entorno natural. No vemos lágrimas, protestas, gestos heroicos o mártires inmolándose por la causa. La vida es menos espectacular de los que nos contaron las películas: ante las vejaciones del poder, a veces no queda más que darse la vuelta y mirar hacia otro lado, es decir, acostumbrarse. 

El mundo se va extinguiendo, así, sin demasiados sobresaltos. Los dioses que eran venerados se venden ahora a precio de saldo en mercadillos para turistas. Un mundo ha terminado. Iosselianni nos lo dice entre risas y sin aspavientos, y eso, creo, es la verdadera faz de lo terrible.