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Hoy que se conmemora el día internacional de la mujer habrá discursos, absurdas felicitaciones e incluso se revelarán resultados de políticas públicas por la equidad de género, pero sin duda se dejará a un lado a las trabajadoras domésticas remuneradas.

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Al pensar en esclavitud podemos remontarnos a tiempos lejanos, países colonizados o invadidos en los que la raza, el origen o la condición social destinaban a una persona a trabajar sin condiciones dignas, sin horario, sin contrato, sin apoyo para asistir al médico o para comprar medicinas. Para los esclavos está prohibido soñar con jubilaciones y ni qué decir de las vacaciones pagadas y programadas.

Pero si reflexionamos con una visión autocrítica, quizá la esclavitud siga existiendo ahora y ciertas condiciones se estén repitiendo en el cuarto de servicio de nuestros propios apartamentos. Con naturalidad muchos de quienes trabajamos fuera de casa y requerimos apoyo para el trabajo doméstico, tenemos una relación laboral con la persona que nos ofrece esos servicios sin establecer por escrito las condiciones ni mucho menos garantizar los derechos básicos que esa relación genera.

Aunque el trabajo doméstico remunerado no está limitado a las mujeres, en la mayoría de los países la población que integra a este sector es femenina. De acuerdo con los datos de la Organización Internacional del Trabajo OIT, en la actualidad, hay al menos 53 millones de trabajadores domésticos en el mundo, sin incluir a los niños que trabajan en este sector, y su número es cada vez mayor en los países desarrollados y en desarrollo. A esta cifra hay que agregar alrededor de 10,5 millones de niños – la mayoría menores de edad – que se desempeñan como trabajadores domésticos en los hogares de otras familias. 83% de los trabajadores domésticos son mujeres.

América Latina es una de las regiones del mundo en donde el trabajo doméstico remunerado es parte de la vida cotidiana de las personas y se mira como si fuera un servicio que no genera derechos laborales. Incluso hay empleadores que asumen que contar con apoyo doméstico y remunerarlo es algún tipo de filantropía en la que ellos son sólo amabilísimos benefactores. En Latinoamérica hay más de 14 millones de mujeres que trabajan realizando las actividades del hogar con remuneración. Y todas ellas enfrentan condiciones de trabajo muy poco dignas: extensas jornadas de trabajo, bajas remuneraciones, escasa o nula cobertura de seguridad social y alto nivel de incumplimiento de las normas laborales.

Y el tema de las normas laborales no aplica para muchas de ellas ya que hay países, como México, en donde la regulación de los derechos laborales de las trabajadoras domésticas remuneradas ha quedado rezagado. A pesar de que el 5 de septiembre de 2013 México firmó el Convenio 189 que lo obliga a regular en la materia, al día de hoy dicen que está traspapelado entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Gobernación. Hasta la fecha sólo ocho de los países miembros de la OIT (Bolivia, Filipinas, Italia, Mauricio, Nicaragua, Paraguay, Sudáfrica y Uruguay) han ratificado el Convenio.

El convenio fue firmado nueve meses después de que tomara posesión Enrique Peña Nieto como presidente de México, sin quedar ratificado y no parece tener interés alguno en hacerlo válido. Con esto se deja a más de dos millones de mujeres en un estado de vulnerabilidad jurídica en el que a lo más que pueden aspirar es a tener empleadores conscientes que, sin estar obligados por ley, establezcan contratos, las registren bajo el régimen voluntario del Instituto Mexicano del Seguro Social y respeten sus derechos humanos.

Entender que la esclavitud laboral. si no está en nuestro propio hogar, está al menos en los hogares cercanos, nos obliga no sólo a presionar al gobierno para que ratifique de una vez por todas el Convenio 189 sino para hacernos responsables del tipo de relaciones laborales que nosotros mismos establecemos con las trabajadoras domésticas.

Hoy que se conmemora el día internacional de la mujer habrá discursos, absurdas felicitaciones e incluso se revelarán resultados de políticas públicas por la equidad de género, pero sin duda se dejará a un lado a las trabajadoras domésticas remuneradas. El 30 de marzo es considerado por los movimientos sociales de las trabajadoras del hogar como su día. Sería una muy buena noticia que de aquí a esa fecha los Secretarios encuentren el Convenio que traspapelaron y lo entreguen para la ratificación del Presidente.

 

Twitter de la autora: @maiteazuela

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

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Aparece hombre masturbándose en un cheeto (pareidolia lasciva en fritanga)

Por: pijamasurf - 03/07/2014

Los cheetos parecen estar poblados de figuras entre profanas y divinas, grandes surtidores anaranjados de formas evocativas.

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En una nueva entrega de la pareidolia que asedia nuestras conciencias consumistas, ha aparecido la efigie de lo que parece ser, categóricamente podría ser, un hombre masturbándose en un cheeto.

Un usuario de la red social Reddit subió esta imagen que luego fue convertida en la acción onanista de un hipnótico GIF, el hombre cheeto en un pesadillesco loop eterno. 

Este tipo de popular fritanga, los cheetos (de forma fálica consagrada en el saber popular por el mote de "pene de cheeto"), parece ser especialmente dada a la aparición de formas evocativas, o lo que se conoce como pareidolia.  

Hace algunos años, una mujer constató la aparición de "Cheesus", la figura de Jesús en un memorable cheeto-sacramento. En ese caso, el suceso le ocurrió a Kelley Ramsey, casualmente un mujer devota que tuvo la perspicacia epifánica de identificar a Jesús crucificado antes de llevárselo a la boca.

Otros casos recientes de pareidolia crística incluyen apariciones de Jesús en una patata, en un mapa de Google, en un sartén con tocino, en el ano de un perro  ("levanta una piedra y me encontrarás) o en una resonancia magnética de una mujer con cáncer. La pareidolia es un fenómeno de resonancia entre las creencias o signos culturales de una persona y una forma encontrada en la naturaleza (también procesada), en muchos casos explicada por un síntoma de proyección psíquica y en otros simplemente por un parecido asombroso que dispara una imagen inconfundible de un ícono cultural.