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El realismo de la magia negra: Riesgo moral, las mujeres de Ciudad Juárez y la élite hollywoodense (III/IV)

AlterCultura

Por: Jasun Horsley - 03/19/2014

La brutalidad de "El Consejero" (la película de Ridley Scott con guión de Cormac McCarthy) es la brutalidad de nuestro mundo: éste en el que un gran riesgo se asume porque son otras personas quienes pagarán el costo en caso de que algo salga mal.

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La extinción de toda la realidad es un concepto que no puede ser abarcado por ningún tipo de resignación.

-Jefe, El Consejero

Algunos personajes secundarios de El Consejero no parecen estar sujetos a las reglas del circo pesadillesco de matanzas pero, como los Arcanos, las ejecutan. El comerciante de diamantes es uno de ellos: su papel es tentar e instruir al Consejero, tentarlo al instruirlo y viceversa. Aparenta ser un viejo amable al principio, pero hacia el final de la película se convierte en un pastor de almas casi demoníaco. Si el comerciante de diamantes es Satanás, entonces, de una manera más inesperada, Jefe, un miembro del cártel, aparece en el papel de Dios (el dios católico, que en realidad podría ser el dios judío disfrazado). Jefe cita al poeta Arturo Machado cuando habla con el Consejero por teléfono y le presenta la situación honestamente: es el mensajero de noticias que no son buenas ni malas, sino simplemente los hechos fríos y escuetos. La verdad puede no tener una temperatura, pero puede congelar tu alma y quemar tu corazón. Interpretado por Rubén Blades, Jefe es el personaje que, además de Malkina, se identifica más con el mal insidioso de la película; al mismo tiempo, también es el personaje más sabio y más agradable —su presencia es casi paternal. Su conducta empática podría convenirle a esos altos niveles del poder (de la realidad de ensueño de McCarthy), ya que el verdadero poder jamás puede parecer débil. Jefe existe más allá de las normas sociales del bien y el mal, simplemente es un instrumento de justicia divina y suavemente, casi con cariño, preside el despertar del Consejero: su destrucción moral absoluta y final.

Mientras que Jefe le explica pacientemente la situación, el error fatal del Consejero es que “continúa negando la realidad en la que habita”. Él es la palabra que ha creado. El Consejero es víctima del “riesgo moral”, pero también es el culpable. Hay una breve escena de confrontación con un antiguo cliente en la cual le dice a Laura que su novio es el tipo de hombre que “sacrifica a cualquiera” (es decir, generalmente a un amigo o un aliado) que no merece ese trato, ya sea por malicia o por conseguir algo. Estar en la posición para hacer eso es la definición de riesgo moral. En economía, la teoría del riesgo moral es “cualquier situación en la que una persona toma la decisión de cuánto riesgo tomar, en tanto alguien más tiene que pagar el precio si algo sale mal”.

En  El Abogado del Diablo (Taylor Hackford, 1997), John Milton (Satanás, interpretado por Al Pacino) trabaja como abogado “porque es el mejor pase tras bastidores. Es el nuevo sacerdocio”, según dice. Los abogados, con sus enormes egos, son parte de todos los afanes del mal en el planeta, porque tener el “mejor pase tras bastidores al final corrompe”.

En “Moral Hazard: A Tempest-Tossed Idea” (The New York Times, febrero 25 de 2012), Shaila Dewan describe el riesgo moral como “una idea que preocupa mucho a los estadounidenses en lo particular… un término oscuro que las aseguradoras han empleado, creando una nueva divisa dentro de nuestra economía problemática”.

Últimamente hemos oído mucho acerca del riesgo moral, en principio por la conexión que tiene con el rescate financiero de los bancos y ahora con los esfuerzos que algunos propietarios de vivienda pretenden llevar a cabo. “Riesgo moral” suena como el nombre de un videojuego que ocurre en un burdel, pero en términos económicos se refiere a los enormes riesgos que algunas personas pueden tomar sin tener que lidiar con las consecuencias. En otras palabras, si el dinero es gratuito, ¿por qué no gastarlo en una bolsa de diseñador? Si sabes que alguien vendrá a rescatarte, ¿por qué no tirar los dados y apostar por una inversión hipotecaria compleja? ¿Por qué no consentirte y gastar en una casa que no puedes pagar? El riesgo moral se convirtió en la conversación del país durante la crisis financiera del 2008, cuando los estadounidenses se preguntaron por qué tendrían que rescatar a los bancos cuando fueron ellos los que llevaron la economía a un colapso… El espectro del riesgo moral persigue una tensión básica en la vida de Estados Unidos: ¿hasta qué punto son las personas las responsables de sus propios problemas? Mientras más problemas tengas, sugiere el riesgo moral, menos deberíamos ayudarte.

En la teoría económica, un dilema moral es una situación en la que los individuos toman riesgos porque los costos potenciales no los afectarán a ellos, sólo a otros. El riesgo moral surge cuando un individuo o una institución no tienen que lidiar con las consecuencias de sus acciones y por lo tanto tienden a actuar de manera menos cuidadosa, dejando a otros que paguen las consecuencias. Los economistas explican el riesgo moral como un caso especial de la “información de asimetría”: una situación en la que una parte de la transacción tiene más información que la otra. En particular, el riesgo moral puede darse cuando alguien está aislado del riesgo y tiene más información de sus acciones que la persona o personas que pagarán las consecuencias negativas de tomar ese riesgo.

Laura paga el precio de las acciones del Consejero porque no sabe casi nada de ellas; el Consejero, por su parte, también actúa sin saber bien en qué se ha metido y pronto se percata de que es una herramienta útil, o simplemente una ofrenda, para aquellos que saben más que él. Al mismo tiempo, ha sucumbido ante los peligros de la cercanía a la contaminación y la corrupción condicional. Lleva tanto tiempo asociándose con criminales y le han ofrecido tantas tentaciones, negocios ilegales y ganancias fáciles —y ha sido cómplice de criminales para que estos puedan continuar sus actividades ilícitas—, que ni siquiera puede ver la línea que ha cruzado hasta que se convierte en una mancha en la distancia, como los fragmentos incoados de un sueño después de un despertar particularmente violento.

La ciudad de las mujeres perdidas y la fábrica de sueños Hollywoodense

Las reglas normales de una transacción no aplican al duelo. El duelo trasciende el valor, sin embargo, no puedes comprar nada con el duelo, porque el duelo no vale nada.

-Jefe, El Consejero

Ciudad Juárez, en donde se asienta el cártel mortífero de la película, se conoce desde 1990 en México como la “Capital de Mujeres Asesinadas”. Según un artículo de The New Statesman, “Mexico’s Disappeared Women” (2011), los habitantes piensan que los asesinatos son un tipo de “deporte sangriento practicado por la élite de la ciudad”, o está relacionado con cultos satánicos, películas snuff o el robo de órganos.

Las investigaciones llevadas a cabo por las autoridades mexicanas han sido descritas como “someras” y es imposible siquiera calcular con precisión el número de víctimas. El Diario, el periódico local, aventura que 878 mujeres fueron asesinadas entre 1993 y 2010, sin embargo, los habitantes de la ciudad piensan que la cifra alcanza los miles. Un enorme desierto rodea la ciudad y con frecuencia encontrar cuerpos toma meses, si es que los llegan a encontrar. “Seguido, para cuando encuentran los cuerpos, éstos ya se momificaron por el calor”. Inevitablemente, el número de mujeres reportadas como desaparecidas es mucho más alto que el número de muertes confirmadas, es decir, de cuerpos encontrados.

Algunas de las compañías más poderosas de los Estados Unidos han establecido fábricas en el estado de Chihuahua (en donde se encuentra Ciudad Juárez). Esta lista incluye a Ford, General Electric, General Motors, RCA y Chrysler. A estas fábricas se les conoce como maquiladoras. Al crear trabajos en abundancia, las maquiladoras han atraído a muchos hacia Chihuahua y en particular a Juárez, de todo México y (podemos suponer) de Centro y Sudamérica. Una porción grande de este flujo son trabajadores y mujeres jóvenes. The New Statesman describe:

No sólo están implicadas las maquiladoras en los problemas más amplios de la ciudad, pero con frecuencia los empleados son víctimas de secuestros y asesinatos. Las fábricas operan 24 horas al día. Autobuses blancos transitan los suburbios, recogiendo a las mujeres que trabajarán turnos largos. La falta de seguridad en estas rutas ha sido señalada como la responsable de las desapariciones. Esto las obliga a caminar por calles sin luz, donde muchas de ellas son secuestradas.

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La imagen que esto evoca es la de una agenda bien organizada, a largo plazo y gran escala, para atraer a mujeres y después secuestrarlas, en la cual las corporaciones de Estados Unidos, así como administradores locales y el gobierno, se encuentran —al menos indirectamente— implicados. Sin duda alguna, los habitantes culpan a la policía y a los políticos y, hasta cierto punto, también a los dueños de las fábricas por todo lo que sucede. Una mujer cuya hija desapareció insiste en que las autoridades “saben de dónde viene el problema y que hay personas que saben en dónde están torturando a estas mujeres.” Estos lugares son locales de striptease y burdeles que se encuentran a lo largo y ancho de México. (Una joven que logró escapar después de haber sido secuestrada, le contó a la señora que su hija estaba trabajando en Puebla, que se encuentra a más de un día en autobús de Juárez). En las calles de la ciudad se pueden encontrar fotografías colgadas en paredes, tiendas y postes, de mujeres desaparecidas. Paralelamente, bandas de adolescentes manejan dando vueltas, esperando las instrucciones para su próximo atraco (o ¿secuestro?), por el cual les pagarán menos de veinte dólares estadounidenses.

El artículo describe el ambiente de la ciudad y el humor de los citadinos, indiferencia y desesperación, una suerte de resignación nihilista hacia las fuerzas de corrupción que han dominado sus vidas. El Consejero retrata este mismo mundo, pero lo ubica no en el Norte de México, sino en el otro lado de la frontera, en la tierra en donde el exceso de oportunidad lleva directamente al infierno. El Consejero sale en busca de su felicidad al hacer tratos con los cárteles mexicanos para asegurar su diamante y a su novia, pero pierde a ambos ante las fuerzas del caos que él mismo invocó. Se da cuenta de que no vale pena vivir su vida si no tiene su “gloria” —el anima siendo su propia alma—, entonces sigue tanto a la mujer como al diamante al Infierno, también conocido como Juárez. A través de este acto relativamente abnegado, se rinde ante las consecuencias inevitables de su propia inconsciencia. Al contrario de Orfeo, él no puede negociar con Hades; las fuerzas plutónicas son indiferentes hacia su sufrimiento (aunque comparten su sabiduría con él). El Consejero aprende que jamás podrá rescatar a Laura, que ni siquiera puede cambiar de lugar con ella (aunque está dispuesto a hacerlo). Lo único que puede hacer es establecer su residencia ahí y, desesperanzado y solo, aceptar su destino: un DVD que un niño lleva a su cuarto —acaso una película snuff en la que se tortura y asesina a Laura— con un alegre “¡Hola!” escrito en la portada, dándole la bienvenida al Infierno. Como si fuera un cuerpo atrapado dentro de un barril, flotando eternamente en una fosa séptica, el Consejero se ha rendido ante la pesadilla en la que vive, la pesadilla que él creó.

Por otro lado, la película ofrece un débil rayo de esperanza, una grieta en el barril, una manera de escapar la oscuridad absoluta que sigue todo en el mundo, “la extinción de toda la realidad”. El comerciante de diamantes le asegura al Consejero que “en nuestros momentos más nobles, le anunciamos a la oscuridad que no seremos mermados por la brevedad de nuestras vidas”. Jefe le cuenta al Consejero la historia del poeta Arturo Machado, quien se convirtió en poeta después de que su amada muriera prematuramente. “No me voy a convertir en una poeta”, dice el Consejero. Jefe le asegura que no le serviría de nada hacerlo, sin embargo, el punto se ha enunciado, y la referencia a la piedra filosofal odiada, enterrada, revela la verdadera naturaleza de nuestros planes, indica que no hay un tesoro escondido una vez que toda la esperanza y el significado —toda la realidad— se hayan cruel e irrevocablemente perdido.

En The Matrix, el despertar del sueño en el que Thomas Anderson ha vivido es traumático; le han dicho que después de alcanzar cierta edad, rara vez despiertan a las personas porque sus mentes no son capaces de lidiar con ello. A Thomas le va relativamente bien: solo vomita. El protagonista de El Consejero no es tan afortunado, le otorgan una visión clara de la verdad y lo que ve destruye su alma. En estas escenas la película se acerca a mostrar las verdaderas consecuencias del despertar, mostrando mucho más de lo que otras películas han hecho. La bofetada espiritual es la lógica absoluta del horror que experimenta el protagonista. La depravación sin sentido de la cual es víctima es una respuesta a su propia búsqueda de la felicidad sin sentido, ciega y codiciosa dentro de un universo que no tolera la ceguera, que la castiga con la inclemencia de un Dios imaginario y vengador que condena a los que “hacen mal”.

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Si el despertar espiritual es el equivalente psicológico de ser desollado, eso es lo que le sucede al Consejero. El mundo del Consejero (que es nuestro mundo) se ha construido sobre la explotación ciega de otros para obtener nuestra propia gratificación, un mundo en donde el alma humana (anima) trabaja en las maquiladoras y se convierte en el combustible de los sueños más depravados. El precio de esta codicia desmesurada es la pena sin fin. El mundo de El Consejero puede parecer desproporcionadamente sombrío. Un crítico particularmente obtuso se quejó de cómo “la sangre bondadosa de la humanidad no fluye por las venas de El Consejero, ni siquiera un poco”. Pero sucede que la película no se trata de la bondad humana, se trata de la corrupción que alcanza el alma y que se refleja en las realidades sociales y políticas a través de hechos históricos.

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Puede parecer que, con su colección irremediablemente desagradable de especímenes morales, Scott y McCarthy han acumulado injustamente en contra de la humanidad (y sin duda es una experiencia muy diferente a la de la mayoría de las personas) pero, por otro lado, las realidades sociales exploradas sólo son posibles mediante las acciones o inacciones de las personas, en cuyo caso la película logra imaginar —aunque sea en una forma arquetípica o fantasiosa— cómo esos individuos pueden ser y actuar. Por sus frutos los conoceremos. También podría ser una representación certera de la vida de la élite hollywoodense, una vez que la diamantina ha caído de nuestros ojos, que debe de ser el caso de Scott. Puede que El Consejero no sea arte —parece participar y hasta disfrutar la misma depravación que expone— pero está retratando un mundo en el cual la corrupción ha alcanzado niveles tan profundos que “cultura” es sinónimo de “putrefacción”. No existe ningún tipo de arte que no surja de y no promueva el deterioro moral. Si dejo que la verdad oscura de El Consejero se infiltre a las partes más profundas de mi ser, jamás veré otra película hecha en Hollywood.

Por esta razón, el hecho de que una película de Hollywood haya retratado estas atrocidades —como lo son el secuestro, la violación, tortura y asesinatos de mujeres mexicanas, así como la complicidad del gobierno de Estados Unidos y sus grandes organizaciones y negocios (en realidad, gran parte de la civilización occidental, incluyéndonos a nosotros) con esas atrocidades— es profundamente problemático. Aparte de sus logros filosóficos o la validez de su comentario social, El Consejero es una forma de entretenimiento elegante, sensacional y visceral. Cuesta millones de dólares y le valió millones más al estudio productor, incluyendo fuertes cantidades para su escritor, director y actores. Al usar las verdaderas miserias de los mexicanos para inyectarle a su infusión mágica una enorme cantidad de pathos y gravitas, podría argumentarse que los productores están explotando esta miseria. Las personas que la hicieron, después de todo, pertenecen a la élite detrás de esas mismas atrocidades. Las mismas personas que participaron en películas como El Señor y la Señora Smith, Black Hawk Down, Skyfall, Knight and Day y World War Z, sin duda sería difícil verlos entre las víctimas. 

 

Aquí, la primera y la segunda parte de este ensayo.

En este enlace, otras colaboraciones de Jasun Kephas en Pijama Surf.

Twitter del autor: @JaKephas 

La meditación y el psicoanálisis son disciplinas que, a pesar de las diferencias diametrales en su origen, se abocan a un mismo asunto: la mente y sus derivaciones, de ahí que también sea posible pensarlas como ejercicios que, parecidos entre sí, se complementan en algunos aspectos.

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Es posible que ciertos textos únicamente puedan escribirse desde la experiencia. Por ejemplo, uno que trate de meditación y psicoanálisis. Hasta cierto punto tanto de meditación como de psicoanálisis es posible “hablar sin saber”, hablar desde la teoría, desde los libros que se leen y las palabras que se escuchan, desde las experiencias de otros (o, mejor, desde los relatos de esas experiencias), pero sólo hasta cierto punto. Llega un momento en que tanto la meditación como el psicoanálisis exigen la praxis para poder hablar sobre ellos, para poder nombrar o bordear con el lenguaje compartido eso que sucede durante la meditación o al interior del consultorio.

La caracterización parece misteriosa, lo cual no es gratuito ni casual: en ambos casos el sujeto que describe se enfrenta al reto de poner en palabras una experiencia que en cierto modo ocurre fuera de éstas, en esa frontera donde la significación existe aún, pero reducida al mínimo en su relación con el significado, sostenida apenas en un punto tangencial que sin embargo es importantísimo, pues es ahí donde se funda la enseñanza en el caso de la meditación y el vínculo analista-analizado en el caso del psicoanálisis. Sin ese contacto, aventuro, el sujeto caería en el encierro de la locura, preso para siempre en el delirio del yo. Eso que sucede durante la meditación o el análisis tiene sentido para el sujeto, pero en cierta forma sólo como hecho en sí, como un hallazgo que se consuma en sí mismo porque se inscribe en su curso vital, en aquello que es en ese momento y que por ello mismo se ancla casi naturalmente en su definición subjetiva. ¿Cómo nombrar eso que en primera instancia parece tener sentido sólo para mí?

Si se pregunta a alguien que medita o que acude a terapia qué pasa cuando medita o cuando acude a terapia, lo más probable es que dicha persona titubee al responder o que responda con generalidades o trivialidades, con metáforas en el mejor de los casos. Y aun si ofreciera una bitácora pormenorizada del hecho, de poco nos serviría: serían los pensamientos del sujeto, su flujo de conciencia (a la manera de Joyce, Woolf o Faulkner), descifrable únicamente para él, banal para los demás. ¿Qué pasa por la mente de quien medita o de quien se encuentra en terapia? Lo mismo que por la de todos, neuróticos e histéricos, sólo que singularizado. No la Añoranza, sino el dolor quedo que se siente al recordar a alguien que quisimos pero que se fue de nuestra vida y cuya memoria incide aún en ciertos actos, en ciertas circunstancias. Y eso con nombre y rostro, fecha y lugar, con la sombra de ciertos árboles proyectándose todavía en nuestra mente.

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Pienso que es un asunto de observación, de los varios planos desde donde algo puede mirarse y la manera en que ese algo cambia dependiendo del lugar donde se encuentre el observador. En Ciudad Gótica o Metrópolis, por ejemplo, una de las premisas elementales es que nadie sabe quiénes son Batman o Superman, pero el lector del cómic o el espectador de la película o la caricatura conoce su identidad desde un principio. En meditación o psicoanálisis pasa que el sujeto es simultáneamente habitante de Ciudad Gótica y lector del cómic, personaje y narrador que se cuenta una historia que está viviendo en ese mismo momento. Si en el transcurso descubre que Bruce Wayne es Batman, no importa, porque ya lo sabía. Es más: todos sabemos que Bruce Wayne es Batman. Quizá ese sujeto estaba viviendo demasiado como habitante de Ciudad Gótica, enfrascado en una sola línea narrativa tanto como para dejar de ver lo obvio.

Aunque parezca un contrasentido, los problemas en realidad son simples. Los motivos por los que una persona se inicia en la meditación o acude con el psicoanalista son elementales: tristeza, duelo, soledad, sufrimiento. El  propósito: conocerme mejor para entender qué está pasando conmigo. En el budismo se dice que no hay que hacer cosas que nos dañen a nosotros mismos o dañen a otros, y la meditación es una forma de frenar ese impulso destructivo, de abrazarlo para entenderlo y atestiguar cómo se marchita solo. El psicoanálisis es otro camino, quizá más accidentado, que el sujeto tiene que abrir y desbrozar a punta de machete. En ambos casos, para re-conocerse y detener la “rueda del sufrimiento”, el sufrimiento que padecemos y el que causamos a otros, el sufrimiento inútil que nos mantiene en la rotación absurda en torno a lo mismo.

Los problemas son simples, las complicaciones son nuestras. Somos nosotros quienes apilamos presunciones y malentendidos, falacias, ilusiones, preguntas que temimos hacer y respuestas que preferimos callar. Es el sujeto quien opta por la mentira, el fingimiento, la máscara de quien pretende ser sólo para complacer a otros. Es el sujeto quien por justificaciones enrevesadas deja de escuchar y atender a su deseo, quien lo posterga a cambio de expectativas desmesuradas e irreales en las que por distintas razones cree encontrar mayor satisfacción. Quien cede y renuncia. La meditación y el psicoanálisis coinciden en el trabajo de desandar ese camino, desenredar la madeja para liberarla de los nudos que le impiden correr sencillamente.

En meditación es común escuchar la metáfora de la montaña y las nubes: la montaña está ahí y las nubes pasan cerca, pero no la perturban, no pueden perturbarla, porque la montaña no puede irse con las nubes. Así también quien medita: su atención está puesta en la respiración, que todo lo renueva, pero la mente es inquieta e incansable y hace surgir pensamientos, y quien medita no puede dejar de notarlos, pero también tiene que dejarlos pasar, permitir que continúen su curso, no a través de la contención o del autodominio, de dedicar un esfuerzo suplementario para ignorar las nubes, sino del reconocimiento sereno: esto es lo que soy, esto es lo que pienso.

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El método del psicoanálisis, me parece, es un tanto opuesto: un pensamiento surge por un motivo específico, en el mejor de los casos inconsciente, y si fue capaz de perturbar al analizado, entonces se presenta como una especie de rastro, un hilo suelto en la madeja que, si el sujeto así lo considera, es posible seguir, saber por qué pensó eso en ese momento, qué relación guarda con el relato que hacía. Entonces es mejor no ignorar ese pensamiento, no dejarlo pasar. Es preciso tomar esa nube de tan inquietante aspecto para intentar saber por qué tiene esa forma.

Vías distintas que convergen en un estado parecido: ambas inician al sujeto en la observación constante de sí. La práctica de la meditación y la terapia se suman a la visión de mundo, un componente del ser y el estar que modifica la relación con la realidad. Curiosamente, ambas provocan que el sujeto tenga una mejor conciencia de su presente. Sólo aquí, sólo ahora, sólo esto. Quien medita de pronto puede descubrirse saboreando su desayuno como si fuera el primero que probara en su vida ―porque, en efecto, es el primero: “la creación del mundo sucede todos los días”, escribió Proust. Quien acude al consultorio del psicoanalista se da cuenta de que la historia de un amor malogrado es eso, una historia de su pasado, un fragmento de sí, pero no el guión que se escenificará una y otra vez con todas sus relaciones amorosas, no con esa relación que ahora vive.

Es curioso porque, comparado con la meditación, el psicoanálisis es una disciplina más bien nueva. Los budistas (y antes, los hindúes) llegaron hace siglos a conclusiones similares que Freud y Lacan, y acaso de manera más asequible: que el reconocimiento de sí es el fundamento del conocimiento y la vida en el mundo.

Twitter del autor: @juanpablocahz