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El realismo de la magia negra (El corazón de las tinieblas estadounidense en "El Consejero") (I/IV)

AlterCultura

Por: Jasun Horsley - 03/05/2014

El Consejero, la película de Ridley Scott con guión de Cormac McCarthy, muestra un mundo que muchos no quieren ver pero es en el que vivimos, el de la corrupción generalizada de un imperio que se sostiene sólo en sus ruinas, el intercambio que aceptamos del "Cielo" por una suma de baratijas sin valor.

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El dilema moral, desapego irónico y los nuevos niveles de depravación en El Consejero

El entretenimiento es instrucción y la instrucción es ideología.

―Herbert I. Schiller, The Mind Managers

Puede parecer increíble, pero estuve a punto de no ver El Consejero (exhibida también como El abogado del crimen), la película con guión de Cormac McCarthy dirigida por Ridley Scott. Las críticas que leí eran tan mordaces que crearon un aura de mal gusto alrededor que me repelió, imaginé un filme autoindulgente y decadente. Cuando la vi, pasé la mayor parte del tiempo esperando que algo malo sucediera, que se disolviera en escenas de violencia gratuita o en actos absurdos y desarticulados; sin embargo, escena tras escena fui testigo de uno de los guiones más intensamente originales puestos en escena y de una de las películas hollywoodenses más improbablemente subversivas y extrañamente inspiradas desde el estreno de El Club de la Pelea. Entonces, ¿por qué obtuvo tantas críticas negativas?

En cierta forma, la recepción crítica confirma su significado y supongo que las personas que dicen que El Consejero es una película incoherente, engreída o pretenciosa, de manera inconsciente buscan negar su visión desalentadoramente seductora y existencialmente devastadora. El mundo en que la mayoría de los espectadores y críticos viven es muy diferente al mundo que retrata El Consejero. La película está demasiado estilizada y tiene una superficialidad que parece incompatible con aquello que por lo regular consideramos arte, pero a la vez es increíblemente real, y no nos ofrece el desapego irónico que nos presentan las películas violentas y nihilistas de la época post-Tarantino. Creo que el denso platillo que nos ofrece McCarthy es indigerible para la mayoría de los espectadores.

El Consejero no es una obra compasiva ni sensible (tampoco El Club de la Pelea), pero es intransigente. Tomando en cuenta su tema principal y el actual clima político, la obra ya es un pequeño milagro. Al juzgarla por su mérito propio y, a la vez, por su recibimiento crítico, creo que los productores mostraron una disposición poco común al dejar que el tema dictara la forma, aun si esto implicaba sacrificar un gran éxito comercial y hasta crítico. El Consejero tiene una visión unida y unificadora —la de McCarthy, no la de Scott— y por lo mismo creo que es una obra honesta y valiente, al menos para los estándares de Hollywood. Quizá, si hubiera tenido una recepción más cálida, sospecharía más de ella, para ser honesto. Pero algo tan bueno y, al mismo tiempo, que le disguste a tantas personas, debe estar dando en el clavo. No hay otra manera de explicar por qué recibió críticas tan malas.

La película me pareció una bala suave y lenta que explotó dentro de mí y se expandió por todo mi sistema, cambiándolo. Se abrió un camino por mi conciencia como un virus y gradualmente tomó el mando, expandiéndose y llevando luz a zonas que antes estaban oscuras. No es un proceso del todo agradable y El Consejero no es una película agradable. Creo que tomará unos cuantos años o quizá  hasta décadas para que se reconozca como lo que es: una representación desagradable y certera de nuestra época.

Eso, si queda alguien para reconocerlo.

 

El corazón de las tinieblas estadounidense

Cuando los dioses eran más humanos, los hombres eran más divinos.

-Cormac McCarthy, en el guión de El Consejero

El Consejero empieza con una escena sexual larga e incómoda entre Michael Fassbender (el Consejero cuyo nombre jamás nos es revelado) y Laura, su amante, interpretada por Penélope Cruz. Como gran parte de la película, en la escena hay poca acción y mucho diálogo. El realismo torpe y conmovedor nos muestra a dos personas “enamoradas”, es decir, a dos más o menos desconocidos llenos de ingenuidad y autoinmersión. Los vemos, por primera vez, debajo de sábanas blancas, escondiéndose del mundo como si fueran niños. Una vez que el Consejero logra que Laura le hable sucio (usa la palabra fuck), él le dice: “Has alcanzado un nuevo nivel de depravación”. Al escuchar esto último, pensé que quizá la ingenuidad de los personajes era también la de los productores. No debí haberme preocupado.

La película está demasiado estilizada pero la dirección de Ridley es hábil. El tráiler de la película la representa un viaje ultraviolento y nihilista, del tipo que Hollywood produce muy seguido y muy mal —del tipo que no me importa no volver a ver en mi vida—, pero que de cualquier manera obtienen excelentes críticas (tal vez la más reciente fue Siete Psicópatas, que no vi porque ya había sufrido la idiotez de Escondidos en Brujas). Pero la película es una mezcla extraña de lo recargado y lo discreto. El diálogo extenso y complejo es el motor de la película y es muy potente ―McCarthy no sólo coquetea con la oscuridad: realmente se sumerge en ella. Por esto la acción, aun cuando es impactante, como en el momento de las dos decapitaciones, se convierte en la puntuación visual del diálogo. El tono de Scott no es más llamativo o veloz en estas escenas que en aquellas más lentas y contemplativas. Su estilo no es precisamente sutil, pero tampoco es invasivo, y eso es una suerte de bendición, ya que fácilmente pudo haber exagerado y creado una parodia accidental. La película sí es graciosa, pero no a costa de sí misma, y esa es otra bendición, porque sin el humor su oscuridad hubiera sido opresiva, sofocante. Ridley Scott (que cumplió 76 este año) atinó con precisión en el tono y creo que es su mejor película en años, quizá en décadas, lo cual hace doblemente frustrante su mala recepción.

La última gran película de Scott fue Gladiador y en El Consejero parece jugar con la idea de que Estados Unidos es un imperio casi caído, plagado de corrupción y decadencia, mientras que las hordas cruzan sus fronteras para robar y saquear. Hay una clara y precisa relación entre la corrupción de los banqueros corporativos, así como de los asesores, empresarios y políticos por un lado; y por el otro, la de los cárteles y sicarios, secuestradores, torturadores y asesinos de las mujeres mexicanas. La línea entre estos dos mundos es imaginaria, exactamente como la frontera que divide a México y Estados Unidos. Más sutilmente, la película parece implicar al mundo de los directores y actores más distinguidos de Hollywood con la corrupción corporativa (y el otro mundo, todavía más oscuro) y tácitamente reconoce que El Consejero es un producto del mismo sistema que condena. Muestra lo resbaladiza que es la pendiente de los negocios inmorales y la desolación moral desmesurada, así como cuán rápida e irrevocablemente una lleva a la otra.

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Como una visión del mal, El Consejero es completamente persuasiva. Su representación de personajes desalmados es siniestra y ostentosa, incluso enfermizamente erótica: la incoherencia moral es la fuerza que impulsa la civilización, casi al estilo lovecraftiano. Con su incansable y seductora insistencia de ver el horror como el alma de la trama, puede que ésta sea la primera película de terror posmoderna. Al adentrarse hasta el fondo de esta perspectiva nihilista de un universo sin dioses, logra lo que Coppola no alcanzó hacer con Apocalypse Now, y nos lleva hasta el interior del corazón de las tinieblas estadounidense.

Y —sorpresa, sorpresa— ese corazón está en México.

Algo que noté en todas las reseñas negativas (y ocasionalmente en las positivas) de El Consejero es que ninguna menciona los sucesos reales en los que se basa la película. Por ejemplo, en “The Disappeared and Mexico’s New Dirty War,” Peter Watt describe cómo se ha “vuelto más y más difícil para las autoridades mexicanas pretender que los enormes números de asesinatos y desapariciones forzadas no son parte de una estrategia gubernamental”. La atribución de las desapariciones a los cárteles y la idea de que el gobierno de México y el estadounidense están peleando una guerra en contra del crimen organizado, insiste Watts, “es un mito generalizado pero completamente falso”. Continúa:

Para ponerlo en perspectiva, el número de personas desaparecidas a la fuerza en México probablemente sea más alto que el de la notoria dictadura argentina que desarrolló una estrategia para aniquilar a todo un segmento de su población. La guerra sucia de Argentina, bajo la rúbrica de la Operación Cóndor, se concentraba en todos aquellos a quienes las autoridades consideraban subversivos… Más de 26,000 personas fueron clasificadas como “desaparecidas” [en México] durante el sexenio del ex-Presidente Felipe Calderón, quien abandonó la escena política mexicana y obtuvo una lucrativa beca de investigación en la Harvard School of Government el año pasado [2012]... Más de 98% de los asesinatos cometidos en México no se investigan ni resuelven. De hecho, en 2012, de los 27,700 asesinatos en México, sólo 523 fueron resueltos y llevados a juicio. Tanto el gobierno de EE.UU. como el de México continúan perpetuando lo que se ha convertido en uno de los ataques a los civiles más violentos del mundo… Los muertos y los desaparecidos son sÓlo un daño colateral para un capitalismo insaciable que demanda ganancias, la expansión del mercado y el control. Aquellos que se cruzan en el camino, como los disidentes políticos en Argentina y Chile, o la numerosa clase baja de México, son elementos externos en un mercado “libre” y natural defendido cada vez más por la vía de la fuerza y la extorsión.

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Esto no es algo que la mayoría de las personas —al menos no los estadounidenses— considere. La mayoría de este grupo sabe de la guerra contra el narco, pero la mayoría de ellos probablemente la vea como evidencia de cuán retrógrada, brutal y salvaje es la vida en México y no como una consecuencia de la interferencia de Estados Unidos. Con todo y todo, la razón por la cual Estados Unidos y la Unión Europea están presentes en América Latina no es diferente a la de los colonizadores españoles, portugueses, británicos, franceses u holandeses que los antecedieron: saquear los recursos naturales y abusar de la fuerza laboral barata. Según otro artículo en línea, El Plan Cóndor busca “la extracción neocolonial de 'deudas' forzosamente planeadas”.

Los métodos que emplean incluyen la privatización, desintegración de las economías agricultoras locales y mercados abiertos impuestos por el FMI y el Banco Mundial mediante clientes locales que favorecen corporaciones como BP-Amoco, Monsanto, Cargill y otros nombres conocidos. Como observó la periodista argentina Stella Calloni, esta campaña de contrainsurgencia fue mucho más allá de combatir a las guerrillas, fue una “guerra irrazonable en contra de la izquierda, que [...] incluyó cuestionar el statu quo, armado o no.” Consideraban que “entonces, monjas, profesores, estudiantes, trabajadores, artistas, periodistas y hasta políticos opositores” amenazaban la clase política. El plan de Washington es “económica y militarmente acabar con los movimientos sociales locales para obtener sus recursos y tierras”, dice Evo Morales, haciendo eco de una opinión popular en la región. “El trasfondo de estos planes es el mismo de los últimos 500 años: erradicar a nuestras culturas indígenas”.

Uno de los aspectos que El Consejero explora implícitamente con el simple acto de atreverse a lidiar con el tema es que los cárteles mexicanos —las hordas bárbaras que nos muestra la película— no amenazan la estabilidad de EE.UU, sino una parte de la maquinaria capitalista que la sostiene. Por ejemplo, en To Die in Mexico: Dispatches from Inside the Drug War, John Gibler escribe:

En el 2008, el dinero de las drogas salvó a los bancos mundiales más importantes de un colapso inminente. Entonces, si estiramos esta noción un poco, también salvó al capitalismo de una devastadora crisis interna cuando los mercados de capital especulativos colapsaron. El dinero del narcotráfico —camiones de volteo repletos de dinero, dinero real— parece ser una de las cuentas de ahorro del capitalismo global.

Añadiendo algo de sustancia a esta declaración audaz —aunque no muy sorprendente— en “How Drug Profits Saved Capitalism” (el cual no pude encontrar en línea, pero citas del mismo se encuentran aquí), James Petras escribe:

Mientras que el Pentágono arma al gobierno mexicano y la Agencia de Drogas de EUA lleva a cabo la “solución militar”, los bancos más grandes de Estados Unidos reciben, lavan y transfieren miles de millones de dólares a las cuentas de los capos, quienes compran armas modernas, pagan ejércitos de asesinos y corrompen incontables oficiales de la ley y políticos de ambos lados de la frontera. Las ganancias del narcotráfico, en el sentido primordial, son posibles gracias a la habilidad de los cárteles para lavar y transferir miles de millones de dólares a través del sistema bancario de EUA. La escala y el alcance de la alianza entre los bancos estadounidenses y los cárteles rebasa a cualquier otra actividad económica privada dentro del sistema bancario del país. De acuerdo al Departamento de Justicia de los Estados Unidos, un solo banco lavó cientos de millones entre el 1 de mayo de 2004 y 31 de mayo de 2007 (The Guardian, 11 de mayo de 2011). Todos los bancos importantes de EUA han sido socios financieros de cárteles asesinos.

Es probable que los críticos hayan ignorado este material por dos razones. En primer lugar, El Consejero no es el tipo de película socialmente consciente que obliga a los espectadores a pensar sobre el tema que trata. No es La Lista de Schindler ni Gandhi o Filadelfia, y casi nos desafía a tomarla a ese nivel. En segundo lugar, lo más importante es que no se trata de problemas sociales que los críticos, en especial no los estadounidenses, están dispuestos a ver y, aunque lo estuvieran, las publicaciones para las que escriben probablemente no se los permitirían.

Mientras escribía este ensayo fui a ver la película American Hustle. Antes de que comenzara vi tres tráileres: el primero fue de Heaven is For Real, el siguiente fue para la próxima película de Jack Ryan, Shadow Recruit, y la última fue Lone Survivor, una supuesta historia real sobre “una unidad élite de SEALs de la Marina que encuentra un ejército de fuerzas talibanes en Afganistán durante un redada en el 2005.” La primera es claramente propaganda cristiana sobre cómo las personas buenas (entre ellos un soldado) van al Cielo; la segunda es una glamourización de las trampas de la CIA y la tercera habla por sí sola. Lo que más me sorprendió fue la manera descarada en la que Hollywood se ha convertido en propaganda. Ni siquiera había un intento simbólico de ocultarlo. Como escribe Herbert Schiller en The Mind Managers: “El entretenimiento es instrucción, y la instrucción es ideología”.

El Consejero es más que una película con un mensaje: es una película con anti-mensaje. Funciona potencialmente como un enema que busca sacar todos los venenos de Hollywood hasta que no quede más suciedad. El mensaje de El Consejero es el mismo que todas las demás películas intentan ahogar hasta que ya no estemos conscientes de él. Es la verdad inexplicable por la cual se ha construido imperio tras imperio (incluyendo el de Hollywood) para mantenerla afuera, como una las hordas bárbaras que amenazan con destruir todo aquello que consideramos “sagrado” y bueno —la mentira que es la promesa dorada de Hollywood: que todos los buenos soldados cristianos se irán al Cielo, y todos los demás estaremos condenados.

Entonces, ¿cuál es el mensaje? El mundo de diamantes y exceso Armani al que pertenece el Consejero y por el cual hace el trato —el mundo del imperialismo estadounidense que depende no sólo de intercambios dudosos, lavado de dinero y la manufactura de drogas, sino de actos horrendos que la mayoría de las personas se niega a creer que suceden. Hasta cierto punto todos somos cómplices de ese horror. La revelación del consejero, cuando se percata de que ha sacrificado la única cosa que tenía un valor verdadero por baratijas frías y brillantes, es la realización que nos espera a todos en lugar del “Cielo”.

Leer Parte II

 

Twitter del autor: @JaKephas

En este enlace, otras colaboraciones de Jasun Kephas en Pijama Surf.

 

Al descubrir una materia hecha de lenguaje e inyectar computadoras a escala molecular estaremos entrando en una era omnivirtual en la que todo será programable.
[caption id="attachment_73697" align="aligncenter" width="533"]Picture 417 Imagen: http://www.gemmalord.com/[/caption]

Donde antes había la tecnología secreta de Dios, ahora debe de haber la tecnología pública del hombre. ¿Tal vez lo que llamamos historicidad no es más que el tiempo requerido para repetir el truco de Dios a través de la habilidad humana? Esto nos motivaría a concluir que incluso el aliento de vida algún día debe de convertirse en un talento extensamente formulado que pueda ser bajado del cielo a la tierra.

-Peter Sloterdijk, Burbujas.

 

Aún estamos esperando la Web Semántica y el "Internet de las Cosas", más allá de algunos atisbos, pero el futuro de la penetración tecnológica es mucho más radical, según quisieran hacernos creer algunos de sus más destacados entusiastas. Actualmente, las máquinas ya están en nosotros —debajo de nuestra piel como aplicaciones médicas—, pero en poco tiempo podrán invadir tejidos, moléculas y átomos, desde donde podrán ejecutar programas y quizás hasta simular universos.

Una de las grandes revoluciones conceptuales, aún en ciernes, que inició en la primera mitad del siglo XX, es la noción o conciencia de que la realidad también en su aspecto material está hecha de información. Todo es reducible a un componente informático —la información es tan fundamental (y quizás más) que la materia y la energía y sólo se transforma, no se destruye. Desde Claude Shannon  y Werner Heisenberg hasta las impresoras 3D y la física digital de nuestros días, descubrimos que todos los procesos de la naturelaza pueden ser entendidos como intercambios de información y que los mismos ladrillos que constituyen la materia —los átomos— son mejor vistos no como cosas, sino como tendencias o patrones de existencia. Lo que resulta de esto es sencillamente notable: si los átomos son equivalentes a fluctuaciones de información, entonces si alteramos la información que los compone modificamos la materia. Si conocemos el lenguaje con el cual están hechos, podemos programarlos. 

"Presionas el switch: una pared se convierte en una ventana, que se convierte en un generador de hologramas. Cualquier silla se convierte en una supercomputadora, cualquier techo en una planta de poder o en una planta de tratamiento de desechos. Apenas lo notamos pero la materia programable permea nuestros alrededores", escribe Will McCarthy en la introducción de su libro Hacking Matter.

En su reciente conferencia "Injecting Computation Everywhere", el matemático y físico teórico Stephen Wolfram, conocido por su "motor de respuestas", Wolfram Alpha, habló sobre las implicaciones de la microcomputación: un futuro en el que las computadoras son tan baratas y pequeñas que están embebidas en todas las cosas y todo se vuelve programable. Wolfram explicó al sitio Venture Beat:

En otras palabras, tomas un tipo de tela o algún material, actualmente sólo está hecho de moléculas. Pero, en el futuro, podrías igualmente hacer algo así de moléculas con computadoras. En ese punto, todo se vuelve programable... En cierto sentido, en ese punto los lenguajes toman control. Lo que importa entonces es la capa de software que has construido sobre el hardware de la cosa.

Lo que ocurre cuando el lenguaje llena toda la materia es que "puedes construir cualquier tipo de universo que quieras". Wolfram canaliza a su propio demiurgo, entonces: "todo está reducido a una caja con un billón de almas, y todas están corriendo cualquier computación que quieran". Lo anterior resulta un tanto hermético, pero recordemos que buena parte de la física y las matemáticas están inspiradas en principios neoplatónicos. En un mundo digital la información es el alma: un billón de almas en el seno pletórico de los bits, un caldo cósmico de posibilidades.

El mundo que imagina Wolfram es un mundo totalmente virtualizado, donde todo ha sido transformado a datos y cada objeto está hecho de computadoras y lenguajes de programación. Si esto ocurre no es tan difícil que podamos programar "cualquier universo" que queramos. Sería tan fácil como escribirlo; tan fácil como aquí puedo escribir con palabras  algo sobre un mundo, un jardín, una estrella, un caballo, y puedo verlo en mi mente porque sé lo que estas palabras significan.

¿Qué tan probable es que esto ocurra, delira Wolfram? Científicos como Craig Venter, quien ha programado ya vida sintética y Henry Markram, del Proyecto Blue Brain, que se encuentra replicando un cerebro sintético en el cual teóricamente podría asentarse la conciencia, parecen ir en esta dirección con celeridad. Los avances en computación cuántica y nanotecnología serán seguramente definitivos en este sentido. La física por su parte toma con seriedad —aunque a algunos les resulte materia de ciencia ficción— la posibilidad de que nuestro universo sea una proyección holográfica emitida desde un horizonte de sucesos en un agujero negro. La novedosa rama de la física digital considera que el universo puede describirse a través de información y por lo tanto es completamente computable: tenemos la famosa afirmación de John Wheeler "it from bit", el ser es un desdoblamiento de una matriz de información. Esto nos podría hacer pensar que no sólo nosotros podríamos llegar a programar un universo, sino que ya vivimos en un universo programado: como si la mente de dios que Einstein quería auscultar en verdad fuera un software que subyace e in-forma a nuestra realidad física.

Nick Bostrom, filósofo de la Universidad de Oxford, en su argumento de la simulación plantea que ya que es posible que en un futuro existan grandes cantidades de poder computacional, quizá estas generaciones futuras realicen simulaciones detalladas de sus ancestros en sus supercomputadoras. Simulaciones realizadas con dichos recursos permitirían personas simuladas conscientes que serían suficientemente nítidas y contarían con conocimientos avanzados del funcionamiento de la mente para simularla. El poder computacional de estas generaciones futuras les permitiría realizar miles y miles de simulaciones, por lo cual se podría suponer que la vasta mayoría de las mentes no pertenecen a la raza original sino a la raza “simulada”.

Bostrom fundamenta su teoría en la idea de la “independencia de substrato”, según la cual, los estados mentales pueden producirse en una amplia clase de substratos físicos. “Si un sistema implementa las estructuras y procesos computacionales correctos puede ser asociado con experiencias conscientes. No es una propiedad esencial de la conciencia ser implementada en una red bioneuronal basada en el carbón dentro de un cráneo: en un principio procesadores basados en el silicio dentro de una computadora podrían hacer el truco”.

 

This is the Construct.La hipótesis de la simulación de Bostrom nos puede ayudar a entender "la  caja con un billón de almas" corriendo universos programados de Wolfram, casi como un proceso natural probabilístico en la evolución de la inteligencia. Puede que nos quede más claro al revisar la forma en la que el transhumanista Hugo de Garis imagina la búsqueda de vida extraterrestre dentro de las partículas elementales, inteligencias avanzadas que han empezado a optimizarse con nanotecnología orgánica:

Las hiperinteligencias que tienen miles de millones de años más que nosotros en nuestro universo (que es unas tres veces más viejo que nuestro sol), probablemente se han reducido para alcanzar mayores niveles de performance. Civilizaciones enteras podrían estar viviendo dentro de volúmenes del tamaño de un nucleón o más pequeños.

Podría rayar en la herejía, pero la física se poetiza, o se vuelve mística, cuando descubre cabalmente que el mundo es lenguaje. Llega quizás tarde, pero con un método empírico que puede hacer accesible lo que antes de la tecnología parecía magia: programar la materia. "Al principio fue el Verbo", el Logos, señala la historia de creación más conocida por nuestra cultura. "Al principio fue la Información", actualiza Erik Davis. Antes Valery había dicho "Al principio fue la Fábula", en un guiño a cómo la realidad es una historia que nos contamos: una obra en progreso de literatura fantástica. "El mundo es como la impresión que deja una narración", se dice en los Vedas. Programar universos con lenguajes informáticos podría parecer un nuevo asalto prometeico, digno del castigo de los dioses. Pero a fin de cuentas quizás no sea más que un reflejo del origen del universo: la reproducción de una imagen, de una analogía. Según la literatura védica, el mundo en el que vivimos es el resultado del hurto del soma de los los Rbhus, quienes a través del artificio del maya lograron copiar la copa divina y beber el licor deificante. Este parece ser el gran pecado original, la causa seminal de la caída, pero a la vez ¿cuál es el pecado de hacer una nueva simulación cuando ya vivimos en una simulación?  Toda realidad es virtual, quizás ése sea el fruto del árbol de la sabiduría que estamos por volver a probar.

Twitter del autor: alepholo