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¿Qué tienen que ver las series de televisión "Lost" y "True Detective" con Lovecraft y Bierce? Descúbrelo al final de estas líneas.

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Ambrose Bierce, y aquí llegamos a algo de naturaleza siniestra (pues Bierce se interesaba en asuntos extraterrenos), desapareció en México. Se dijo que había muerto luchando contra Villa, pero en la época de su desaparición debía de tener más de setenta años y era prácticamente un inválido. Jamás se volvió a saber de él. Esto ocurrió en mil novecientos trece. 

-"El que acecha en el umbral", Howard P. Lovecraft y August Derleth

Hace tan sólo unos días se cumplieron diez años del inicio de la serie Lost y todavía recuerdo la sensación: esperar ansioso a que termine el episodio para buscar un libro que se había visto en una estantería destartalada, o que alguno de los personajes leía casualmente en la playa −terminada la serie, la lista era interminable: de Philip K. Dick y Flannery O’Connor a Gary Stroup, pseudónimo tras del cual durante un tiempo se creyó que podía estar Stephen King, fallecido en el vuelo 815 y autor de la novela Bad Twin. Puedo verla en este momento en mi biblioteca, una edición en tapa dura que me regalaron en el sitio Bookcrossing.com. La narrativa de Lost trascendía los cuarenta minutos que duraba el episodio (las historias de las novelas mencionadas incluían pistas sobre el futuro y pasado de la Isla) y se desplegaba en lo que consideramos quizás equivocadamente como el mundo real: publicidades que transmitían en la televisión, sitios web, incluso novelas. Siguiendo el hilo hipertextual terminábamos en una telaraña en la que era fácil perdernos, olvidando que en el centro se encontraba una serie producida por la ABC.

Lost no inventó la narrativa transmedial (nombre que reciben las narrativas que no se limitan a un solo medio), pero seguramente sean sus mayores exponentes (por lo menos en términos de popularidad). True Detective es, poco después del fin de su primera temporada, una de las series del momento y es un océano de referencias oscuras: la filosofía de Nietzsche, la teoría lingüística de William S. Burroughs, ejercicios de meditación creados por John C. Lilly (creador de los tanques de aislamiento y en cuya obra está inspirada la película Estados Alterados, dirigida por Ken Russell a principios de los ochenta). Y si en Twin Peaks los bosques eran uno de los personajes principales, en True Detective el paisaje también está presente, sólo que no en modo de sicomoros ultradimensionales, sino como pantanos. Infinita cantidad de pantanos recorridos por autopistas que pronto serán tapadas por el agua y caminos de tierra que llevan a casas de prostitución e iglesias evangélicas. Y hay algo oscuro y terrible en los pantanos de Louisiana: un culto, responsable de un asesinato ritual.

A lo largo de los primeros episodios las referencias al Rey de Amarillo y Carcosa se apilan una sobre la otra, sutil pero enfáticamente. Delirios de prostitutas bajo los efectos de drogas, mitos de cultos satánicos; resulta que el Rey de Amarillo no nació en la serie de HBO. Robert W. Chambers publicó en 1895 una serie de cuentos, algunos de los ellos dedicados al Rey de Amarillo, quien se comunica con la gente en sueños y un libro que causa la locura, la deidad Hastur y la ciudad de Carcosa. Cualquiera que haya leído a Lovecraft puede reconocer instantáneamente más de un paralelo con Cthulu, R’yleh y el Necronomicon −el escritor de Nueva Inglaterra era un gran fanático de Chambers y el terror cósmico que se respira en "El Rey de Amarillo" es el mismo que aparece en las páginas de Lovecraft. Hasta acá tenemos una serie que despliega su narrativa y se extiende en una serie de cuentos escritos hace más de cien años, pero la telaraña es mucho más grande.

Lovecraft no sólo fue influenciado por Chambers sino que hace menciones y sugerencias que conducen al Rey de Amarillo, por ejemplo, en "Susurros en la Oscuridad", uno de los cuentos más importantes del Cthulhu Mythos −es decir que Lovecraft ya comienza a asimilar la narrativa de Chambers dentro de la suya. Y una de las características más notables de la narrativa cthuliana es su naturaleza distribuida, colaborativa: Lovecraft dio el puntapié inicial, pero varios escritores y colaboradores, entre ellos August Derleth, trabajaron en los cimientos y construcción. De ahí en adelante, innumerables escritores, desconocidos y conocidos, han incursionado en el mundo de horrores que acecha en sueños y monstruos de otros tiempos y dimensiones con tentáculos, ciudades perdidas y cavernas en el hielo. Darleth hizo al Rey de Amarillo parte del mito como avatar de Hastur y a partir de ahí las historias se hacen una y mil, una misma historia con mil caras en una multitud de medios diferentes: para colmo, Wikipedia cuenta más de veinte alusiones y referencias al Rey de Amarillo en historias que nada tienen que ver con Chambers ni Lovecraft −Raymond Chandler, Stephen King y Robert Heinlein son algunos de los responsables.

Pero la telaraña tiene otra sorpresa. Ni Carcosa ni Hastur son creaciones de Chambers, sino de Ambrose Bierce, quien escribió sobre ellas en la colección de cuentos cortos Can Such Things Be?, publicada en 1893, dos años antes que la colección de Chambers. Si bien algunas características son posteriores, todo está allí: ciudades antiguas, espíritus, monstruos y dioses, sueños. El Rey de Amarillo trasciende medios, historias y leyes de derechos de autor −se encuentra en Chambers, Lovecraft y ahora en True Detective, donde, por lo menos hasta el momento, parece recuperar el rol que se merece: un rol central en la pesadilla cósmica. Ambrose Bierce, además de escritor de relatos, fue un periodista que a finales de 1913 abandonó Estados Unidos para cubrir la Revolución Mexicana, uniéndose al ejército de Pancho Villa como cronista. Al poco tiempo, desapareció sin dejar rastros. Superando una vez más los límites entre medios (de los cuales la realidad es sólo uno de ellos), Lovecraft y Derleth se refieren a la misteriosa desaparición en "El que acecha en el umbral". Creo que no arriesgo nada al asegurar que Ambrose Bierce está en Carcosa.

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Twitter del autor: @ferostabio

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Nuestra relación paradójica con el silencio hizo que primero lo borráramos de nuestras vidas, llenando el mundo de ruidososo objetos, para luego desearlo como la solución a nuestro malestar; este impulso de buscar el silencio, su exclusiva dimensión, esconde también una sed mística.

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El silencio es oro.

-Proverbio

 

Nuestra cultura tiene una relación paradójica con el silencio. Por un lado, lo hemos identificado con la divinidad o con lo místico (lo más valioso de lo inmaterial), ya sea como una cualidad de lo divino o como una estructura o una dimensión que permite lo místico —o al menos esa paz que nos brinda entendimiento. Por otro lado, hemos manifestado un consistente pánico hacia el silencio y el vacío, llenando el espacio de ruido y cosas innecesarias en un abigarrado impulso barroco que puede leerse como una forma de escapar del presente y de la inmanencia del ser.

El auge de la espiritualidad occidental, remezlcando tradiciones orientales, se sustenta en la idea de que es necesario encontrar el silencio para poder recibir visiones significativas, para aquietar la mente y poder escuchar la voz interna y encontrar el equilibrio que trae la sabiduría —más allá del mundanal ruido. Creemos que al acercarnos al silencio —aunque este sea ya una abstracción, un reciclaje metafísico o una utopía— nos acercamos a una región sagrada, donde el ser yace prístino, incontaminado en una especie de eternidad. Hay en el silencio algo como una nostalgia del principio del mundo. Existe incrustada en nuestra psique la noción arquetípica de que el origen es superior al devenir de una cosa —acaso apuntalada en el hecho de que lo inmanifiesto cuenta con un potencial relativamente ilimitado— y que el tiempo va despojando a las cosas de su pureza. El Tao, nos dicen, "es como un bloque de madera sin tallar".

Wittgenstein expresó esta primacía misteriosa de lo inmanifiesto o inefable en el Tractatus: "Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico”. Aldous Huxley expresó más o menos la misma idea: "Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música". A esto habría que añadir, citando también a Wittgenstein,"lo místico no es cómo es el mundo sino que sea". Tenemos aquí la idea de que lo místico no es cómo nos decimos que es el mundo, sino la experiencia pura, directa e incomunicable del mundo, o del ser sin aditamentos o artificios lingüísticos, aquello que expresa lo inexpresable es lo que "se muestra a sí mismo": lo que comunicamos sin palabras es nuestro ser. Es doblemente paradójico porque también tenemos la impronta mitológica de pensar que el mundo se creó con lenguaje y por lo tanto la palabra es sagrada —quizás todo lo más porque se desprende del silencio, que es igualmente o más sagrado, el valle sobre el cual se erige el mundo. En cierta forma, el silencio cuenta con un aura que lo hace pasar por el lenguaje de los dioses. El naturalista e idealista Ralph Waldo Emerson escribió: "Hagamos silencio para escuchar el murmullo de los dioses", como si detrás de la ofusación de nuestros sentidos anegados por el ruido corriera un rumor claro de río, un lenguaje transparente en el que los dioses cifran los secretos de la creación.

michael-wolfNuestra fascinación por el silencio, sin embargo, está llena de contradicciones: como lo es la frase "llenar el vacío". En cierta forma al desear el silencio pero casi erradicarlo de nuestras vidas internas y externas, padecemos una especie de autosabotaje. Una de estas paradójicas manifestaciones se desdobla como la negación del espacio que caracteriza a nuestra era. Desde el emblemático pavor sentido ante "el silencio eterno de los espacios infinitos", expresado por Pascal, nos hemos defendido de esa permeabilidad cósmica que supone el vacío y el silencio. La industrialización de la producción se afianzó sobre este nuevo paradigma en el que la Tierra dejaba de ser el centro del universo —y amanecíamos en un cosmos ilimitado, desconocido e indiferente— para aniquilar el vacío y abarrotar nuestra existencia de objetos, incluso, ya en el mundo contemporáneo, invadiendo espacios inmateriales de objetos digitales. Nos gustan la amplitud, los huecos, las formas que evocan el vacío; pero al mismo tiempo ante ello sentimos un nerviosismo, una premura (¿el tremor de lo místico?) y nos arrojamos a llenar el espacio, a volcarnos sobre la cavidad, sobre el cero que no podemos más que llenar de unos. Nos cuesta sostener la mirada de una persona que conocemos o de un extraño y permanecer en silencio: el silencio es incómodo y huimos de él.

En una cultura donde la información se multiplica de manera prolífica y donde es mucho más fácil seguirr parloteando, generando más y más información, el silencio toma la cualidad de una rara joya. Las palabras —aunque en algún momento sagradas— fácilmente se prostituyen, pierden su poder, se vuelven comunes y corrientes. Su poder es más bien negativo: somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio. Es más, sólo quien tiene silencio —ese real state metafísico, ese oasis— puede ser dueño de sí mismo. Pero el silencio está en extinción, es el dominio de una élite, es un capital místico.

Cómo el silencio se convirtió en un producto de lujo

Un reciente artículo en The New Republic traza la historia de cómo el silencio se ha convertido en una industria: existen muchas personas que están dispuestas a pagar buen dinero por tener habitaciones silenciosas, por volar en aviones silenciosos o comer en lugares silenciosos. Desde siempre el silencio ha sido valuado y el ruido aborrecido. El sustento de la armonía urbana y la convivencia a través del silencio se remonta por lo menos a tiempos de la Antigua Grecia, en la que podemos ver ya un rasgo de un problema moderno. En la colonia de Sibarí (hoy Italia, hoy un lugar al que quizás iríamos a buscar esas vacaciones de silencio y paraíso), se obligaba a los artesanos cuya profesión era por naturaleza ruidosa a vivir fuera de los muros de la ciudad. En tiempos de la Reina Isabel de Inglaterra, los hombres no podían golpear a las mujeres después de las 10 pm, una consideración que sólo parece tener en cuenta el sueño de los otros hombres y no, por supuesto, a las chillantes mujeres.

Es más fácil huir de algo que visualmente nos molesta; el sonido indeseado en cambio se cuela por cualquier reducto y envuelve las cosas. Era el canto de las sirenas lo que llevaba a la perdición de los marineros. El ruido perturba cualquier fluidez que podamos alcanzar: "es la más impertinente de las formas de interrupción", escribió Poe. Esto se acentúa aún más en la modernidad, en la que el perenne bombardeo informativo nos acerca a la neurosis: se nos estimula incesantemente sin que podamos obtener la misma cantidad de gratificación —el ruido puede sacar nuestra peor parte y nos puede precipitar al desquicio.

Entre este pequeño boom de productos o experiencias silenciosas, The New Republic destaca: una lavadora de platos que no hace ruido (y que se vende por 1,700 dólares); una aspiradora (de 600 dólares) que cuenta con el aval de un estudio científico en el que los sujetos participantes pudieron seguir su sueño pese a que se encendió la aspiradora; Bose vende desde el 2000 audífonos que cancelan el sonido en 299 dólares; o Lexus, cuyo híbrido Sedan es descrito así: "uno de los aspectos más lujosos de conducir este auto es su casi absoluto silencio".

Como contraflujo al impulso de hacinamiento de objetos y la generación de una panoplia de estímulos —las huellas de esos objetos—, en nuestros días la ausencia se ha vuelto un bien suntuario. Muchos productos actualmente ya se venden por lo que no tienen —gluten, azúcar añadida, plástico y ahora ruido.

Anechoic_chamberEn el trajín de la existencia en ciudades y corporaciones, todos creemos que merecemos o que necesitamos nuestra rebanada de silencio, generalmente parte de un conjunto postal que incluye una playa virginal o una montaña majestuosa y una experiencia que provee un respiro y que generalmente nos permite regresar a la vida cotidiana con una mayor tolerancia: el silencio compra tiempo. Desde el Vipassana a las Bahamas, buscamos retiros o vacaciones que nos puedan otorgar ese oro interno del silencio.

Experimentar el silencio total, sin embargo, es prácticamente imposible para el ser humano ya que en cualquier punto de la tierra hay con menor o mayor sutileza ruidos generados por la misma atmósfera —sin decir nada sobre aquellos ruidos generados por nuestro propio pensamiento—, por eso el silencio ha cobrado sobre todo una connotación metafórica, casi etérea, de algo más, a lo que se llega cuando se aquieta la mente o cuando nos descomprimimos y nos extendemos en un espacio más amplio. De aquí también florece la industria de la meditación o del "mindfulness" que promete brindar una serie de técnicas para encontrar ese silencio dentro del tren de la vida moderna. Una técnica que en teoría sugiere liberar al hombre del mundo exterior, que es incontrolable y esencialmente frustrante, construyendo un santuario interior, un reino de silencio.

Para la modernidad secular, el silencio encarna la utopía de las vacaciones eternas. Casi con una banda sonora de tenues olas, brisa y garzas, un ritmo pausado, una lentitud, una disolvencia crepuscular, un triunfo sobre el sistema corporativo y el continuum de la producción. Casi el completo antípoda de la vida frenética de la ciudad, con los altos edificios que recortan el horizonte y con una incontrolable matriz de ruidos que se despliegan a todas horas. El ruido también tiene una connotación metafórica: es toda información que nos impide procesar de manera fluida la información que nos atañe o hacer sentido de esa información. En realidad comúnmente cuando nos referimos al silencio hablamos sobre lugares con muy poco ruido o sin ruidos generados por el hombre.  Sin embargo, existen, con fines de investigación científica, las cámaras anecoicas: habitaciones que por los materiales que recubren todas sus superficies evitan que las ondas sonoras reboten y se amplifiquen hasta la audición humana. Las personas que han experimentado una de estas cámaras sin ecos suelen describir sus experiencias como estados de conciencia alterada, que a veces alcanzan un cierto eco místico—como reza el koan: “no tengo nada que decir y sin embargo lo estoy diciendo”, expresión inexpresable, pero también suelen producir terror. Hay algo que nos aterra y nos fascina del silencio. Eso es todo lo que podemos decir, y ya es mucho, porque de lo que no se puede hablar hay que callar.

Twitter del autor: @alepholo