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Vivimos en la era de la espiritualidad pop, pero ¿qué es?

Por: Pedro Luizao - 02/25/2014

Inquieta, inmadura, confusa, y dispuesta, son algunas de las características que podríamos atribuirle al grueso de la espiritualidad contemporánea.

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Con motivo de la lista anual que publica la revista Watkins, presentando las cien personas "espiritualmente más influyentes" de la actualidad, recién publicamos una reflexión alrededor de los diez líderes que encabezan el listado. Si bien bastan unos segundos para concluir que la selección tiene algo de caricaturesco, lo cual se confirma al momento de leer nombres como Paulo Coelho y Oprah Winfrey, también es cierto es que una vez superada la 'indignación' inicial –y confirmado que no se trata de una sátira–, es evidente que el ejercicio es en sí interesante. 

Antes de continuar, y sin ánimo de entrar a debates profundos alrededor de este término, definamos por ahora la espiritualidad como esa búsqueda de lo sagrado, o mejor dicho de conciliar lo que consideramos sagrado con nuestro camino de vida 'mundano'. En este sentido, y aunque nos genere resistencia, líderes de opinión disímiles, y muchos de ellos construidos a partir de los medios, sí ejercen una influencia significativa en la búsqueda espiritual de millones de personas. Sé que para muchos de nosotros es casi inadmisible asociar a Rhonda Byrne (autora de The Secret) con un sentido válido de espiritualidad, pero la realidad es que la australiana verdaderamente incide en la búsqueda de muchos. 

La selección de Watkins, independientemente de que nos parezca o no cuestionable, refleja con fidelidad el actual escenario espiritual. En el artículo pasado muchos lectores reaccionaron burlonamente ante la lista, una postura comprensible de entender y compartir, pero que también resulta cómoda y limitada. Y es que no necesitas mucha claridad o congruencia para cuestionar la autoridad mística de Coelho. Pero si nos limitamos sólo a eso, entonces quizá estemos perdiendo la oportunidad de una buena reflexión, la cual con un poco de suerte tal vez nos permita entender mejor lo que sucede a nuestro alrededor. 

Enfatizando en esta última posibilidad, a continuación les comparto algunas reflexiones, traducidas en aspectos que distinguen la espiritualidad contemporánea.

Inquieta

Múltiples indicadores sugieren que estamos justo en medio de una búsqueda masiva por re-ligarnos a lo que consideramos como sacro. La mentada "revolución de la conciencia" no es más que una necesidad, masivamente compartida, de remitirnos a aspectos de nuestra existencia que vayan más allá de los pilares socioculturales del entorno: empleo, consumo, diversión, entretenimiento, etc. Hoy compramos libros, vemos DVDs y charlamos sobre temas como conciencia, evolución personal, y abstracciones similares, vamos a clases de yoga y atribuimos ciertos eventos a factores como el karma. Y precisamente en este sentido podríamos hablar de una espiritualidad inquieta, proactiva, incluso enérgica. 

Inmadura

La noción de que haya una búsqueda colectiva por reencontrarnos con lo sagrado, nos indica que es algo que de algún modo habíamos dejado de hacer –quizá porque nos parecía poco entretenido el ejercicio. Pero que ante las exigencias de la vida contemporánea, y sobretodo de rubros como nuestra salud física y mental, nos vimos obligados a retomar esa búsqueda pues sin ella nuestra existencia simplemente carece de sustentabilidad. Ahora parece que debemos pagar con nuestra 'inmadurez espiritual' la factura de haber abandonado este rubro de nuestra vida –algo que tampoco parece grave mientras el deseo de retomarlo sea genuino.

Pop 

Asociada con esta inquietud espiritual, y con el hecho de que somos una sociedad esencialmente mediatizada, entonces no debería sorprendernos que Oprah ocupe el séptimo lugar de la lista de Watkins, o que Ekhart Tolle, Chopra, Coelho, y Byrne se distingan por haber vendido millones de libros. El actual poder de los medios para amplificar y validar a un personaje es monumental. Y como bien advierte la revista-librería británica, su listado incluye a los más influyentes –no a los más honestos o más lúcidos–. Por eso, reitero, es entendible que decenas de pop stars aparezcan en el grupo, porque es a ellos a quienes la mayoría de las personas los premia con su confianza. 

Confusamente ecléctica

Con la consolidación del movimiento New Age, surgido a principios del siglo XX como una síntesis del conocimiento propio de diversas tradiciones antiguas, y cuya popularidad estalló hace unas tres décadas, el mapa referencial que muchos utilizan para orientar su desarrollo espiritual está ahora plagado de nociones provenientes de escuelas distintas. Este coctel, aunado a interpretaciones de interpretaciones, y a la práctica recurrente de remitirnos a 'traductores' o intermediarios en lugar de a las fuentes originales –por ejemplo textos milenarios–, "complejizó" el escenario y ahora vivimos inmersos en una pirotecnia retórica con tintes esotéricos que, independientemente de sus virtudes o defectos, favorece la confusión.

A partir de estas cuatro características, y de combinarlas, podemos entender en alguna medida la identidad de esta espiritualidad contemporánea. Por ejemplo, si ligamos inmadurez con inquietud, entonces entendemos la falta de selectividad que le rige. Dentro de ese proceso de madurez tendremos que afinar herramientas como el discernimiento. O si combinamos el aspecto pop con la confusión, entonces es explicable el porqué de nuestra excesiva receptividad a una orientación mística que se emite vía un programa de televisión. 

En fin, este breve diagnóstico es sólo un intento más de entender lo que sucede a nuestro alrededor, con el fin de hackear las licitantes que enfrentamos e intentar crecer. Pero en todo caso creo que es un buen ejemplo, una analogía, de cómo en múltiples situaciones nos limitamos a descalificar algo y luego, cómodamente, nos enfocamos en otra cosa –sin siquiera habernos remotamente acercado a la sustancia de la situación. Y sí, a mí también me parece una burla a la raza humana el contemplar la posibilidad de que algunos de los elegidos por Watkins sean hoy los patriarcas del espíritu, pero no por eso me deja de resultar fascinante la posibilidad de reflexionar sobre lo que esta posibilidad nos sugiere.  

 

Sobre cómo las redes sociales se alimentan de nuestras necesidades

Por: pijamasurf - 02/25/2014

Somos adictos a los likes. El perro de Pavlov se ha diseminado por la tecnología moderna.

 Stephen Vuillemin

Rameet Chawla, un programador centrado y ecuánime, se unió a Instagram y se encontró con un problema: como no le daba like a las publicaciones de sus amigos, ellos pensaban que los estaba rechazando. Él sólo había entrado a Instagram para "fanfarronear humildemente" sobre su vida (#humblebrag), no para estar alimentando los egos de sus conocidos, pero ahora lo tenían bloqueado. Así que Chawla decidió crear un bot para que se arrastrara por su muro dando like automáticamente a todo lo que los demás postearan. El resultado: se volvió increíblemente popular, el número de sus seguidores se fue al cielo. Era famoso, incluso alguien lo detuvo a media calle para comentarle lo maravillosas que eran sus fotos.

Somos adictos a los likes. Experimentamos un fuerte síndrome de abstinencia cuando no tenemos nuestra droga. Los retweets son tan adictivos como el crack, mientras más aprobación tenemos más necesitamos.

El reporte Ford 2014 sobre tendencias de consumo señala que 62% de los adultos a nivel mundial reportan una mejor autoestima después de tener reacciones positivas en las redes sociales. "Nuestra persona online está más necesitada que nuestra persona real", concluye Tom Gara en el Wall Street Journal. Los selfies son el terreno más delicado. Si nuestra propia imagen no recibe la reacción que esperamos, oscuras nubes empiezan a nublar nuestros pensamientos. 

Si el perro de Pavlov babeaba con el sonido de una campana, ¿qué es lo que un adicto a los likes hace cuando su teléfono vibra? Su cerebro debe estar recibiendo la dopamina que tanto le gusta. Todos hemos estado ahí, posteando algo y esperando cómo el tiempo transcurre gota a gota hasta que llegan las primeras reacciones. Y entonces viene el desencanto, la frustración, o el estremecimiento del triunfo. La espiral de inseguridad parece cada vez más vertiginosa después de un post o un tweet muy exitoso. Gastaste los cinco minutos de fama que te regaló Andy Warhol, y ahora te encuentras enterrado bajo tu propia sombra.

Cuando una persona inicia una relación, su ritmo de interacción decrece al borde de la muerte clínica (según un estudio de Facebook’s Data Science). Lo que es más, las pocas interacciones restantes tienden a expresar emociones positivas. La redes sociales pueden ser un refugio para los solitarios, la respuesta de extraños y conocidos, su consuelo.

Por supuesto, no hay regla sin excepciones. Hay quien recurre más a las redes cuando las cosas van bien en su vida. Hay mil formas de demostrar felicidad en las redes sociales, de restregarle en la cara a los demás lo bien que la estás pasando, pero no hay forma sutil de lamentarse, no queremos dejar rastros de sangre mientras nos arrastramos entre la manada de lobos. La tristeza parece siempre algo demasiado serio. Entonces, quizá exista un rasgo distintivo de personalidad que diferencia a aquellos que yacen apáticos y silenciosos en sus momentos más tristes, de aquellos que pueden hacer exquisita poesía en los rincones más oscuros del jardín de sus sentimientos. ¿Y acaso no odiamos secretamente a los que pueden hacer eso?

Los likes son señales sutiles, como el guiño que inicia un coqueteo, o la forma en que un fiel acosador hace notar su presencia. Te vuelves obsesivo, te gusta ver la lista de los que te siguen, te metes a sus perfiles cuando no los conoces, teniendo esa sensación de estar abriendo a escondidas cajones en una habitación ajena. Hojeas sus álbumes de fotos (quizá hasta te robas alguna), echas un ojo a todo lo que cuelga de sus muros. 

Por eso la adicción a los likes viene con una sensación de vergüenza, que sólo parece diluirse al recordar a tus amigos que son aún más adictos. Pues, ¿quién nunca ha experimentado el deseo de ser gustado, realmente gustado, sólo un poco más de lo usual, sólo por una vez? O el horrible vacío de haber sido exitoso una vez y después ser abandonado en el desierto de la indiferencia.

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[NY Mag]