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Ernesto Miranda desentraña en esta segunda entrega el suicidio simbólico de Aaron Swartz y aventura los nuevos marcos de referencia a partir de los cuales definir al intelectual contemporáneo.

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**Puedes leer la primera parte aquí**

 

Esta consciencia crítica [acerca de su trabajo] le permite a Swartz reconocer la frivolidad, la ingravidez encarnada en la tecnodevoción, en esta suerte de neopositivismo[1] en el que nos hallamos inmersos: “The conversations are boring and obsessed with technical trivia, or worse, business antics. I don’t see people reading books—even at the library, all the people are in line for the computer terminals or the DVD rack—and people at parties seem uninterested in intellectual conversation.” ["Las conversaciones son aburridas y están obsesionadas con las trivias técnicas o, peor, con los trucos de negocios. No veo gente leyendo libros —incluso en la biblioteca, las personas hacen fila para acceder a las terminales de computadoras y los estantes de DVDs —y la gente en las fiestas parece no estar interesada en conversaciones intelectuales". (Peters, 2013)

Es justamente esta consciencia o la claridad de esta dicotomía, la que lo hace ser un intelectual público, hijo de su tiempo: él representa el punto medio, la bisagra. Swartz podría ser visto como un verdadero humanista digital, no en el sentido de la disciplina tan en boga en las universidades norteamericanas y europeas[2]. En muchos casos, aquellos que se llaman humanistas digitales actúan de manera tan localista, endogámica y limitada como aquellos de Silicon Valley que sólo pueden hablar de the next killer app detrás de sus machiatos soya, firmando contratos millonarios en servilletas.

Creo que Swartz puede ser entendido como un nuevo intelectual con dos literacies: por un lado, la formación crítica que le dio la sociología, y por otro la parte pragmática (hands on), procesual, experimental que le dan las ciencias computacionales. He ahí un humanista digital hijo del siglo: un híbrido, síntesis necesaria en tiempos donde la abstracción y anacronismo de la academia resultan, muchas veces, inoportunas e inoperantes y donde la tecnocracia empujada por la sed de dinero y el éxito reclaman un contrapeso moral.

Es curioso notar que si bien Swartz marca su distancia con sus contemporáneos de Silicon Valley, él nace de esa cultura. El ser parte de ese sistema le permite encontrar (literal y metafóricamente) los huecos, pero también es posible que la conciencia demasiado crítica de esta complejidad lo haya orillado al suicidio.

La comunidad cultural poco se preocupó por reseñar la muerte o la obra de Swartz. Parecería relevante y necesario que la ‘intelectualidad’ se preocupara de su muerte, no sólo por ser una figura en sí de la cultura global contemporánea, o por las razones hasta ahora destacadas, sino también porque al revisar su manifiesto la defensa de la Cultura (sí, con mayúscula) es notoria: “The world's entire scientific and cultural heritage, published over centuries in books and journals, is increasingly being digitized and locked up by a handful of private corporations...It's time to come into the light and, in the grand tradition of civil disobedience, declare our opposition to this private theft of public culture.” [Toda la herencia mundial científica y cultural, publicada durante siglos en libros y revistas, está siendo cada vez más digitalizada y encerrada por un puñado de corporaciones privadas... Es momento de salir a la luz y, en la grandiosa tradición de la desobediencia civil, declarar nuestra oposición a este robo privado de la cultura pública". (Swartz, 2008).

Vale la pena recordar que la demanda de JSTOR sobre Swartz (que después fuera retirada, pero el proceso siguió por parte del gobierno norteamericano) fue por ordeñar su base de datos de artículos académicos que, según él consideraba, deberían ser de acceso gratuito. Sin entrar en las implicaciones legales que en muchos casos resultan absurdas, es importante notar que gran parte del conocimiento que JSTOR administra de manera privada fue generado en instituciones públicas financiadas por los estados.[3]

Pensar en contenido que cuesta miles de dólares al año resulta, de menos, chocante para la generación que creció usando protocolos  P2P para acceder a contenido audiovisual ilimitado. Vale la pena matizar que la lucha de Swartz por liberar el contenido académico no es la misma que la de Pirate Bay por hacer público música y películas. En el primer caso, como ya se dijo, hablamos de conocimiento en gran medida generado por instituciones públicas, por lo que en estricto sentido debería de pertenecer a los ciudadanos; en el segundo el contenido audiovisual es generado por industrias privadas.

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La agenda de Swartz por liberar el conocimiento alojado en grandes repositorios privados resulta tan poética y necesaria como aquella de encadenarse a bibliotecas para evitar su demolición, o ya en plan proteico, a bajarle el fuego a los dioses. Fuego como conocimiento. Information is power. But like all power, there are those who want to keep it for themselves. [La información es poder. Pero, como todo poder, existen aquellos que quieren guardárselo para ellos mismos] (Swartz, 2008)

El suicidio de Swartz es simbólico, además de por lo obvio, porque me parece remoto que la academia desfasada y endogámica de hoy día, o los neotecnócrtas disfrazados de entrepreneur, entiendan la relevancia de las luchas de nuestros tiempos o que puedan fijarse objetivos más amplios que mantener su plaza o generar un millón más. El suicidio de Swartz es un símbolo como acto último de protesta. Quizá un acto de desesperación, un guiño de lucidez y decepción.

Es un símbolo también porque desde mi punto de vista, marca una nueva forma de cómo y qué es un intelectual en siglo XXI. Quizá la extensión de estas líneas sea insuficiente para contestar las preguntas formuladas al inicio, pero al menos esbozan qué podemos esperar de un intelectual en nuestros días. Cuáles pueden ser los nuevos valores, y en especial cuáles pueden ser las nuevas herramientas para incidir con compromiso sobre la realidad.

Quiero recordar de nuevo a José Emilio Pacheco en su poema “Transparencia de los enigmas” de 1966 que con la lucidez y la permanencia de la poesía como acto combativo, ayuda a concluir con precisión lo dicho hasta ahora: Seres entre dos aguas, marginales de ayer y mañana, nos hundiremos con la causa perdida o pagaremos con fuego el precio de la tibieza. (Pacheco, 2004)

 

Ernesto Miranda Trigueros




[1] La ciencia una vez más nos lleva al progreso, sólo que esta vez, el destino es el presente, no el futuro (Rushkoff, 2013)

[2] Humanista digital, en estricto sentido, es aquel académico o estudioso que aplique herramientas digitales a su investigación humanísitca, para ampliar la profundidad de su estudio o la difusión del mismo.

[3] La industria de las publicaciones académicas representa un círculo millonario para las instituciones que publican los journals, en contraparte de aquellas bibliotecas que tienen que pagar las suscripciones.

 

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