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La revista Watkins publica su listado de las cien personas más espiritualmente influyentes del mundo en este año. ¿Qué nos dice esta lista sobre la espiritualidad contemporánea?

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Desde hace milenios, y en prácticamente todas las culturas, han existido individuos que, por distintas razones, se hacen con una cierta autoridad para aconsejar, guiar o inspirar el desarrollo espiritual de su respectiva sociedad. Bajo distintas figuras, sabios,  gurús, chamanes, alquimistas, curanderos, astrólogos, etc, la autoridad de estas personas, generalmente asociada a una especie de linaje o a la simple confianza, adquieren un significativo rol en la vida del resto: les aconsejan y guían en la interacción con las fuerzas que les rodean, factores generalmente metafísicos pero que también inciden directamente en el plano social, comercial, militar, etc.

Fundada en Londres hace más de 120 años, Watkins es una de las librerías más antiguas e influyentes en temas de misticismo, espiritualidad y esoterismo. Anualmente, a través de su revista Mind, Body, Spirit, el establecimiento publica su lista de las cien personalidades más influyentes en el desarrollo del espíritu. Según explicita la publicación, para confeccionar este listado se toman en cuenta tres criterios:

- Que hayan comenzado el año en curso con vida.

- Que hayan realizado una contribución “única y espiritual”, a escala global, durante al año anterior.

- Que estén particularmente presentes en el imaginario y en la mente de las personas (lo cual se determina a través de cuántas búsquedas en Google se realizan con su nombre, o cuántas veces si visitan sus perfiles en Wikipedia).

Sobra decir, pero de cualquier forma haré énfasis en esto, que todo listado conlleva una buena dosis de subjetividad, y que la esencia de todos los ‘tops’ o listas por el estilo, no pueden ser considerados, desde ningún plano, como definitivos. Y dicho esto, los invito a que más allá de reaccionar en acuerdo o desacuerdo con el listado, reflexionar un poco en lo que refleja de nuestra sociedad, el que estos diez personajes hayan alcanzado la cima del ejercicio “Las 100 personas vivas más espiritualmente influyentes del 2014”.

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10. Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947)

El macho alfa de la auto-ayuda esotérica, este escritor brasileño se ha convertido en un referente espiritual, un consejero, para personas alrededor del mundo. Con más de 150 millones de libros vendidos, y habiendo sido traducida su obra a 71 idiomas, la influencia de Coelho, más allá de lo que personalmente nos provoque su discurso, es innegable.

9. Desmond Tutu (Klerksdorp, Sudáfrica, 1931)

El primer Arzobispo Anglicano de Ciudad del Cabo, de raza negra, Tutu se ha distinguido por una consistente lucha en contra del racismo, la pobreza, homofobia, VIH, y otras batallas. En 1984 obtuvo el Premio Nobel de la Paz.

8. Dr Wayne W Dyer (Detroit, 1940)

Autor y conferencista, sus seguidores le apodan cariñosamente el “padre de la motivación”. Dyer, quién pasó su infancia en hospicios y orfanatos, se ha convertido en un estandarte del auto-empoderamiento.  

7. Oprah Winfrey (Missisipi, 1954)

Sin duda una de las personas más poderosas del mundo, esta carismática conductora de televisión se ha posicionado como consejera emocional de millones de seguidores quienes ven en ella una autoridad moral. Además, Oprah ha promovido con insistencia la labor de diversos ‘pensadores místicos’, entre ellos Ekhart Tolle.

6. Deepak Chopra (Nueva Delhi, 1946)

Gurú de la medicina alternativa (incluso se la tribuye el haber acuñado el término ‘sanación quántica’) y uno de los encargados de introducir la tradición ayurvédica al mainstream pop. Chopra ha publicado más de cincuenta libros, escribe periódicamente en diversos diarios, entre ellos el San Francisco Chronicle y el Washington Post, y es venerado por distintas celebridades que han adoptado un estilo de vida más saludable.

5. Rhonda Byrne

Esta escritora australiana se catapultó a la fama tras producir la película The Secret, un clásico de la auto-ayuda New Age que mezcla principios básicos de antiguas tradiciones místicas, por ejemplo la Ley de Atracción, y los alinea en una doctrina de optimismo contemporáneo alrededor de los pensamientos positivos. Tras el lanzamiento del film, Byrne escribió un libro sobre el mismo tema, que hasta ahora ha vendido más de 19 millones de copias.

4.  Thich Nhat Hanh (Thua Thien, Vietnam, 1926)

Maestro Zen, activo pacifista, autor y conferencista, sus labores durante el conflicto entre Vietnam del Sur y del Norte le valieron que fuese nominado al Premio Nobel de la Paz en 1967 –nominación propuesta por Martin Luther King. Ha fundado monasterios budistas en su tierra natal, así como en Estados Unidos y Francia.

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3. Papa Francisco (Buenos Aires, 1936)

 A partir de su ordenamiento en 1969, Jorge Mario Bergoglio tuvo un rápido ascenso por la jerarquía eclesiástica. En 1998 fue nombrado Arzobispo, y tres años después, Cardenal. A un año de su mandato como Papa Francisco, este argentino ha encabezado un movimiento de la iglesia católica, tal vez estratégico, que enfatiza en flexibilizar las tradicionales posturas frente a temas como la homosexualidad o el aborto.

2. Ekhart Tolle  (Lunen, Alemania, 1948)

Considerado por el New York Times como el autor de textos espirituales, más leído de Estados Unidos, este alemán se consagró como una de las máximas autoridades en el campo de la transformación interior y el despertar de la conciencia. Tan solo su obra más famosa, El Poder del Ahora, ha vendido más de cinco millones de copias. Tolle ha establecido alianzas con otras personalidades, por ejemplo Oprah y Jim Carrey, para difundir sus enseñanzas.

1. Dalai Lama (Taktser, Tíbet, 1935)

El decimocuarto Dalai Lama, cargo que ostenta desde 1950, se ha convertido en uno de los más populares líderes espirituales, y en una influyente figura pública. Tenzin Gyatso, su nombre de pila, propone la compasión como principio existencial, y ha sido un activo promotor de la independencia de su país ante el control de China. De acuerdo con Watkins, el Dalai Lama ha realizado una increíble contribución a la espiritualidad mundial. Además de su habilidad política, Gyatso se ha caracterizado por una admirable apertura, favoreciendo los principios éticos, por encima de los postulados institucionales, en el desarrollo de su vida pública. 

Sobre los maestros anónimos

Como hemos podido advertir, los primeros diez lugares de la lista son un bloque esencialmente ecléctico, incluyendo desde jerarcas institucionales de una iglesia, hasta celebridades ‘inspiracionales’, pasando por líderes del budismo tibetano, el zen y, evidentemente, una importante dosis de New Age. Creo que más allá de evaluar la precisión o la calidad de esta selección (si, la presencia de gente como Oprah también me escandaliza), parece pertinente, mediante un simple ejercicio analógico, comprobar que este grupo representa, en buena medida, la espiritualidad contemporánea: una enérgica lasaña de influencias milenarias y novedosas síntesis de preceptos místicos.

En cuanto al resto del listado, cuya versión completa puede consultarse aquí, destaca la presencia del polémico y siempre activo Jodorowsky (14), el pintor Alex Grey (15), y el compañero original de Timothy Leary que pronto abandonaría la lucha pro LSD para entregarse de lleno a la meditación, Ram Dass (19). También aparecen algunos representantes de la ciencia –lo cual en lo personal me emociona pues de algún modo refleja que en occidente la mente y el espíritu están haciendo, finalmente, las paces–,  por ejemplo el brillante bioquímico inglés, Rupert Sheldrake (65).

En fin, quizá sean estas las personas ‘espiritualmente más influyentes del mundo’, pero lo que considero incuestionable es que existen por ahí miles de maestros anónimos, con quienes un encuentro espontáneo en el lugar menos esperado, puede detonar en nosotros un indeleble proceso de aprendizaje. Y disfrazados de conductor de taxi, de carpintero, o de bibliotecario, estas personas, con su cotidiana ‘ejemplaridad’, son responsables de una buena porción de la esperanza evolutiva que hoy tenemos. Por eso este texto es dedicado a ellos, los ejemplares desconocidos.  

Twitter del autor: @ParadoxeParadis

 

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Nuestra civilización tiene pánico del vacío. Pero si queremos conocernos y recrearnos debemos de reconciliarnos con el vacío: buscar el silencio y la oscuridad.
[caption id="attachment_74125" align="aligncenter" width="655"]anechoic-chamber-photos Cámara anecoica[/caption]

En otros tiempos se decía: la Naturaleza tiene horror del vacío; es preciso decir: la Naturaleza está enamorada del vacío. -Eliphas Levi.

 

Vivimos en la era de la hiperestimulación informativa: en cualquier punto al que volteemos en nuestras pantallas, en nuestras habitaciones o en los cielos de las grandes ciudades nos asaltan innumerables códigos, etiquetas, rótulos y demás íconos parte de un lenguaje publicitario que se asemeja a la invasión de un virus. Asimismo, el espacio está inundado por una plétora de ruidos paralelos: el andar del vecino, el camión de la basura, el ladrido de los perros, un estéreo itinerante, el irritante pop-up musical de una ventana en nuestro navegador... El mundo moderno ha volcado su temor al vacío buscando rellenar el espacio de materia consumible/información materializada. La información es tanta que no la podemos procesar conscientemente pero su contenido sigue corriendo en nuestro inconsciente —como si tuviéramos un ejército intruso acampando debajo, en unos pozos subterráneos, minando nuestras tierras.

Como hemos visto antes, en nuestra era la atención se ha vuelto un recurso limitado por el cual numerosas marcas y corporaciones luchan cada segundo. En el centro donde se cruzan las balas y la pirotencia del deseo orquestado, nuestra atención suele estar dividida, persiguiendo por un momento un estímulo sólo para poco después seguir uno nuevo. y así sucesivamente, en una concentración fragmentada —como un frenético mono que cambia de ramas. Y cuando logramos salirnos de este espacio minado de datos, nuestro mismo cerebro ya parece haber sido cincelado bajo este patrón y reproduce esta misma fragmentación en el cauce del pensamiento. ¿Cuánto tiempo puedes pasar sin hacer nada? ¿Cuánto tiempo puedes pasar mirando fijamente un árbol sin distraerte?

Al dirigir nuestra atención, nos están programando

Más que un arte y una cultura que nos muestre más contenidos estimulantes, quizás lo que necesitamos es cultivar el arte de sustraernos de los estímulos, de dejar que nuestra mente navegue sin una nerviosa directriz por olas ajenas. El arte del vacío, del silencio, de la oscuridad (puesto que la luz está cargada de información), de ya no recibir más programas o hacer espacio para programas que estén fuera de la burbuja civilizatoria. Hace unos días el músico y crítico Kim Cascone reflexionaba sobre cómo en un mundo presa de la atención dirigida la labor del artista quizás tiene que ver con poder eliminar el ruido, hacer una curaduría que es una especie de jardinería y una irrigación de los espacios mentales: ofrecer espejos simplemente para que el público pueda hacer surgir su propio material inconsciente (Cascone es un declarado amante del silencio y de las cámaras anecoicas —un poco como James Turrell gusta de crear espacios con campos ganzfeld).

He pensado mucho últimamente en cómo nuestra cultura está profundamente inmersa en un modo de "atención dirigida". Toda nuestra vida despierta se ha convertido en la narrativa de dónde nuestra atención es enfocada, quién la dirige y qué acciones tomamos como respuesta a esto. Esto es  lo que nos mantiene a todos esclavizados en un sistema basado en el consumo. Demasiado ocupados fuera de nosotros para ahondar en nuestro inconsciente. Permitimos que nos programen al dejar que dirijan nuestra atención por nosotros. No vemos cuán materialistas y sensorialmente adictos nos hemos vuelto.

Cualquier evento-objeto en el mundo exterior debe de ser más ruidoso, llamativo y espectacular que el más reciente para que pueda brindarnos la misma elevación sensorial. En respuesta a esto he dedicado mi último trabajo —ya sea Dark Station o la instalación Sanctum— a proveer oscuridad y una atmósfera sonora, o como me gusta llamarlo: un espejo.

Ningún espectáculo, ninguna narrativa, ningún mensaje , ningún autor... sólo un espejo.

Proveer oscuridad y silencio es importante porque son las condiciones psico-ambientales necesarias para que lo nuevo pueda surgir o lo profundo: aquello que yace en el pozo sin fondo que es el inconsciente. Cuando un espacio está repleto de cosas, esas cosas determinan no sólo la interacción que tenemos en ese espacio, sino también dentro de nuestra mente —actúan como un contenido programativo, literalmente nos in-forman. Por eso es común dentro de un contexto iniciático que las personas que buscan el conocimiento pasen algunos días en una cueva, para que ahí puedan surgir todas sus proyecciones, toda su película y así puedan mirar al mundo ya sin un menor bagaje, un poco más libres de los atavismos culturales. O incluso que se vaya a una cueva a recibir una visión en el clamor de la existencia. Asimismo, en la mayoría de las tradiciones chamánicas la ingesta de plantas psicodélicas ocurre en la oscuridad o sólo con la presencia del fuego guardián —el cual es en realidad amorfo o toma la forma de la mente y de lo que ocurre en ese instante— para que el que se acerca a la planta pueda verse a sí mismo o ver lo que la planta le quiere enseñar con su linterna mágica. En el caso más extremo, parte del sincretismo neochamánico de Carlos Castaneda, el proceso de iniciación concluía con un salto al abismo —el vuelo abstracto— en el que el adepto demostraba su confianza en la irrealidad del mundo.

La contemplación del vacío

En cierta forma la hiperestimulación es un resultado del abigarramiento del espacio (interior y exterior) a través del materialismo salvaje, que sigue produciendo objetos, aunque haya perdido su solidez, produce objetos etéreos, espacios virtuales, divisas digitales, una armada de egregors. El filósofo Peter Sloterdijk explica:

Los ciudadanos de la Edad Moderna inevitablemente se hallaron a sí mismos en una nueva situación que no sólo resquebrajó la ilusión central de su hogar en el espacio, sino que también los privó de la confortante noción de que la tierra está rodeada de formas esféricas que la protegen como un manto celestial. Desde entonces, la gente moderna ha tenido que aprender a existir como un núcleo sin una cáscara; la piadosa observación de Pascal, "el silencio eterno de estos espacios infinito me llena de pavor", formula la confesión íntima de una época.

Viviendo sin esa capa protectora, concha o caparazón que proveían las esferas fijas de la cosmología antigua, tanto en la visión astronómica como en la visión religiosa de una jerarquía inmóvil que abarcaba la actividad humana y la encerraba —limitando lo que penetraba su esfera—, el ser humano ha construido una nueva burbuja artificial para contenerlo. Hemos seguido "el destrozo de los domos celestiales" con "un mundo civilizatorio artificial. Este es el horizonte final del titanismo tecnológico Europeo-Americano... las naciones entrepreneurs del primer mundo han trasladado su inquietud psico-cosmológica a un ofensivo constructivismo", dice Sloterdijk.

Hemos construido esferas pletóricas de objetos y datos: la tecnósfera, la radiósfera, la mediósfera, la datásfera, (algunos quisieran: la noósfera). Estas esferas son estucturas permeantes ubicuas: nuestra atmósfera está repleta de señales —al punto de la saturación— que interpenetran nuestras actividades en todo momento. No hay espacio para señales de fuera de esta nueva burbuja artificial (de la misma forma que nuestras ciudades son impermeables, también lo es el edificio de nuestras ideas y conocimientos). Hemos construido esta fortaleza esférica-eléctrica en gran medida como reacción al vacío al que nos enfrentamos, a ese pavor de salir del vientre histórico y enfrentarnos a un cosmos indiferente, donde el caos aún reina (nuestra civilización es sólo la fachada bajo la cual, como los dioses olímpicos, nos ilusionamos de haber suplantado al caos primordial cuando sólo estamos demorando su reino entrópico). Apilamos objetos y nos apilamos en ciudades que aniquilan el vacío con estructruras verticales e incesantes progresiones —negando los horizontes y  el tiempo circular.

Ahora sentimos nostalgia de ese vacío, de la potencia de ese silencio, de la posibilidad indefinida. Hemos hecho de esta sensación un bien en extinción: el silencio es ya un lujo por el cual pagamos buen dinero (generando toda una exclusiva industria). Al mismo tiempo vivir prendidos de pantallas de luz nos está enfermando, perturba nuestros ritmos circadianos, genera nuevos y distópicos síndromes y afecta nuestra creatividad.

Nuestra cultura nos enseñó a despreciar el vacío: una persona "vacía" es alguien que se considera como poco interesante o moralmente aborrecible. No en todos lados esto es así, para el budismo una mente vacía es algo que se asocia con la iluminación: como un espejo bien pulido que refleja la naturaleza verdadera de las cosas. Vacío como el cielo... La filosofía taoísta está basada en el concepto de vacío, el sendero del cielo, el surtidor inagotable: "El Tao es vacío,/Entonces,/Aunque se lo use no se colma./Abismal./Parece el fundamento de las diez mil cosas". Incluso desde la perspectiva de la física: el mundo que conocemos, lo que llamamos "realidad", emerge del vacío cuántico, una espuma de creación indeterminada.

Constantemente se habla de querer cambiar o crear nuevos sistemas y realidades, pero ¿cómo podemos habitar o crear algo nuevo si todo está lleno? Necesitamos el vacío, su secreta plenitud.

Twitter del autor: @alepholo