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Holograma del primer ministro turco emite discurso (VIDEO)

Política

Por: pijamasurf - 01/27/2014

¿Se avecina una era literalmente de políticos simulacro, hologramas que reemplacen en el estupor de la tecnología a nuestros líderes?

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El primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan, quien está siendo investigado por corrupción, no pudo asistir a una reunión de su partido el domingo pasado en la ciudad de Izmir, por lo cual se substituyó a sí mismo con un holograma gigante. En una escena futurisa, Erdogan habló al público sobre la importancia de mantenerse fuerte paras las elecciones del 30 de marzo. El holograma de Erdogan (que puede verse aparecer en el minuto 0:45) dijo: "Nos dirigimos a las elecciones en la sombra de ataques perpetrados por una red de traición".  Al parecer el "efecto holograma" (algo como una dimensión de rock star del espacio) rindió dividendos, ya que el primer ministro fue recibido con grandes aplausos y asombro por el público.

The Atlantic atisba una tendencia de política holográfica: al parecer, un político en India, donde son conscientes del poder deificante de la imagen, utilizó 26 proyecciones holográficas en un acto de campaña para  asegurar su reelección, como una especie de  tecno-Shiva  que es capaz de multiplicarse para estar en todas partes. ¿Veremos en el futuro cercano numerosas simulaciones de políticos en el escenario, representando lo que podría ser, literalmente, una política de la simulación?

Anteriormente un holograma del fallecido rapero Tupac Shakur causó revuelo en el festival de música Coachella. En Japón, la estrella pop holográfica Hatsune Mike convoca grandes multitudes a sus conciertos. CNN intentó conducir entrevistas con hologramas  en las elecciones del 2012 en Estados Unidos, pero fue ridiculizado y abortó el proyecto. DARPA también se interesó en las cautivadoras posibilidades  de los hologramas, con un programa militar para generar "deidades holográficas" en el campo de batalla y afectar el estado de ánimo de los enemigos (específicamente soldados árabes impresionados al ver el rostros de Allah en el cielo).

 

Los gestos y las palabras vanas bastan para encender nuestra fe.

Los oradores

 

Decía Montaigne a propósito de la retórica:

Es un instrumento inventado para manejar y agitar a una turba y a un pueblo desordenado, y es un instrumento que no se emplea más que en los estados enfermos, como la medicina; en aquellos donde el vulgo, donde los ignorantes, donde todos pudieron todo, como el de Atenas, el de Rodas, y el de Roma, y donde las cosas estuvieron en continua tempestad, allí afluyeron los oradores.

Hoy, creemos más en las profecías que en la evidencia de los síntomas, en las promesas que en las demostraciones, en los juramentos que en las obras fehacientes. Cualquiera nos promete un atisbo de cambio, en este mundo nuestro tan descreído ya de toda posibilidad de metamorfosis positiva, y automáticamente se nos hace agua la boca de la esperanza y nos desgarramos el pecho por instituirlo como nuevo mesías. ¿Tan enfermo está el mundo para que cualquier palabra de feria surta el efecto adelantado de un milagroso elixir? ¿Nos vale más el esplendor de la lengua que la indubitable modificación ejercida por las acciones?

“Donde todos pudieron todo… Allí fluyeron los oradores…” He escuchado que el Papa Bergoglio es candidato al premio Nobel de la paz, y eso me hace pensar en Barack Obama, que apenas estrenada su presidencia recibía ese mismo premio por las promesas y la efervescencia desatada en su apoteósico discurso de investidura. Uno no podía dejar de sentir que algo nuevo se avecinaba, que un nuevo Martin Luther King accedía al poder del país más poderoso del mundo, que los males cesarían y que un nuevo orden mundial, auspiciado por el templado juicio de un hombre excepcional, llegaría entre destellos de luz y armonías seráficas. A algunos se les erizaba el vello y otros guardaron el discurso publicado del presidente negro como un baluarte para la oración, como un talismán que garantizaba la nueva parusía. La realidad, sin embargo, nos dejó a todos congelados en una mueca de mendicidad, y al propio presidente con una ácida sensación de frustración que se tradujo rápidamente en una tupida red de canas.

El celebérrimo Bergoglio también ha sabido aprovechar esta coyuntura desencantada y reactivar nuestra adormecida fe a base de gestos y palabras, quizás nuevas por demasiado ancianas. Y siendo como son las cosas, no podemos evitar pensar que de ser en verdad un reformador de la Iglesia, debería guardar bien sus espaldas para evitar el sueño eterno que sorprendió a aquel antecesor suyo, Juan Pablo I, apartado vilmente del cargo a los 33 días mediante el tradicional ágape de la cicuta.

“Que el catolicismo, más aún, que la religión cristiana en su conjunto se halla en plena decadencia es algo que nos demuestra la experiencia diaria: tal y como hoy se presenta, prudente, complaciente, comedido”. Estas palabras de E. M. Cioran refuerzan mi sospecha de que la actitud del nuevo Papa sólo puede significar dos cosas: o bien un honesto esfuerzo hacia la rectificación de todos los errores y tropelías sumadas por la iglesia católica, con todo lo que esto tiene de desmesurado e improbable; o bien que agacha su cabeza servilmente a una no tan nueva masa de descreídos, sumisamente, como un cordero a punto de ser degollado, tratando de publicitar su doctrina bajo el rótulo del colegueo, abdicando estratégicamente de un abuso de poder que sabe debilitado.

Esta última versión me parece las más ajustada a los hechos: ¿Qué otra salida puede tener el cabeza de la iglesia frente a esta legión indomeñable de huérfanos? Conocedor de la realidad contemporánea a su mandato, el Papa sabe que si no juega bien su baza el edificio se desmoronará definitivamente. Atraer a los prosélitos a la palabra de Cristo es entonces ser riguroso con la aplicación de la misma, aunque al hacerlo simplemente se siga un protocolo, una estrategia de político. Modernizar la Iglesia significa en este sentido hacerla retroceder, es decir, que vuelva, aunque sea sólo en la forma, a reconocer en las palabras de su profeta una ley inexorable. Todo gesto simbólico del nuevo Papa sigue esta dirección.

Por nuestra parte, advertidos como estamos contra los oradores, sólo una decisión como la del desenlace de la película Las sandalias del pescador podría confirmar plenamente la veracidad de sus intenciones.