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Cibersinestesia: la niña que siente lo que las máquinas sienten

Por: Pedro Luizao - 01/08/2014

La convergencia entre sensibilidad humana y artefactos mecánicos podría fácilmente manifestarse en episodios de inimaginable extravagancia.

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Romance, cibercultura, sinestesia, sensibilidad futurista son algunos de los ingredientes que componen este peculiar caso. Es una especie de historia de amor holográfica o de empatía fractal, que detona interesantes reflexiones en torno a la naturaleza humana y las posibilidades de un futuro en el que la sensibilidad y la tecnología entablarán una relación cada vez más íntima.

La protagonista es una adolescente de Houston, cuyo nombre desconocemos, pero que reporta una singular modalidad de sinestesia: experimenta las sensaciones y emociones de cualquier objeto mecanizado que la rodea, por ejemplo, una computadora, un reloj o unas escaleras eléctricas. Y si bien parece que más que una historia real es una adaptación sci-fi, poligámica, de Romeo y Julieta, al menos el caso ha resultado lo suficientemente convincente para ser investigado. 

Desde un plano médico, estaríamos ante uno de los casos más extravagantes, jamás registrados, de una variante sinestésica que se conoce como "tacto-espejo", la cual consiste en que un individuo es capaz de experimentar las sensaciones físicas de otra persona como si le estuviesen ocurriendo a él –con la diferencia de que en este caso se trata de objetos calificados como inanimados. A pesar de lo inusual de esta condición, lo cierto es que existen al menos un par de premisas que podrían justificar su existencia. La primera alude a que el mecanismo psicológico detrás del tacto-espejo sería el mismo para un ser vivo que para un objeto inanimado –por ahora nos abstendremos de entrar a la discusión de si este objeto podría realmente estar traduciendo información del ambiente en sensaciones. Mientras que la segunda se refiere a la evolución de condiciones mentales, desde desórdenes hasta habilidades cognitivas, en respuesta a la tecnologización de la sociedad, de nuestros hábitos y de la forma en que concebimos la realidad. 

Hoy sabemos con certeza que las "nuevas" tecnologías, o mejor dicho sus manifestaciones prácticas, han permeado ya nuestra vida cotidiana, incluidos hábitos laborales y relaciones sentimentales, así como los recursos creativos y los modelos organizacionales, entre otros. Sin embargo, aún es relativamente poco lo que se discute en torno a las repercusiones biológicas, fisiológicas, y emocionales. Desde el caso, ciertamente patológico, del tipo que fornica con automóviles o la proliferación comercial de novias robóticas (fembots), hasta especulaciones cinematográficas en torno a un romance entre un software y una persona, lo cierto es que la convergencia entre sentimientos humanos y las máquinas ya es parte de la realidad contemporánea. Por cierto, el lado romántico es concebir este fenómeno como la sensibilización de la máquina, pero visto a la inversa se trata también de la mecanización de los sentimientos o, inclusive, de un grotesco extremo de materialismo acendrado . 

Regresando al caso de la quinceañera sinestésica, el cual a mi gusto es sin duda el más poético entre los mencionados anteriormente, el Dr. Anton Sidoroff-Dorso, miembro de la comunidad de especialistas que estudian este fenómeno en Rusia, advierte que:

Si se verifica este caso, lo ubicaría como uno de los más reveladores de la naturaleza humana. Esto por mostrar el grado en el que las personas podemos apropiarnos del mundo observable, hasta el grado de empatizar con seres no vivientes [...]. Estudios neurocientíficos recientes han demostrado que el cerebro humano reacciona de manera similar ante el maltrato de un robot de juguete que ante el abuso contra otro ser humano. Así que en este caso estaríamos hablando de la máxima integración funcional y fenomenológica (o el caso más profundo de integración emocional).  

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Intrigada por el caso, Maureen Seaberg, autora de un libro sobre sinestesia, publicó en el sitio Psychology Today una entrevista con la joven que "siente lo que las máquinas sienten". Y aunque en lo personal me pareció un poco pobre la sesión, existen algunas respuestas que al menos complementan la panorámica del caso: 

Siento una conexión con prácticamente todo lo que incluye algún componente de funcionamiento mecánico. Esto incluye automóviles, robots, escaleras mecánicas, cerraduras, palancas, etc.

La forma en la que siento el movimiento de la máquina depende de dónde esté ubicada en relación a mi cuerpo. Si está cerca pero sin tocarme, o el contacto es indirecto, entonces la percibo como si fuesen parte de mis extremidades [...]. Puedo sentir lo que sienten como si estuviésemos conectados, pero mantengo conciencia de mi propio cuerpo, sin convertirme en ella. 

En fin, es muy probable que a estas alturas del texto te estés preguntando algo así como ¿por qué estoy leyendo esto? –al igual que yo recién me pregunté, ¿por qué estoy escribiéndolo? Pero por alguna extraña razón al leer sobre el caso, sentí un impulso, quizá autoterapéutico, de compartirlo. Y a pesar de que todo este escenario me resulta tan desconcertante como a ti, considero que además de la potencial poiesis implícita en el fenómeno, también representa un genuino recordatorio para reflexionar sobre la relación emocional que, probablemente, estamos entretejiendo con esos artículos e instrumentos que nos rodean, por ejemplo, la computadora o el teléfono mediante el cual lees estas líneas.

  

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Cómo el dinero cambia a las personas

Por: pijamasurf - 01/08/2014

Numerosos estudios se han dedicado a trazar los pequeños y grandes cambios que diferencian a las personas ricas de las de bajos recursos. Estos son algunos de los resultados.

 

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Todos sabemos que el dinero puede alterar nuestras vidas; para algunos es la cumbre del deseo mientras otros, siguiendo principios morales o religiosos lo consideran "la raíz del mal". Sabemos también que las clases sociales altas se ven a sí mismas muy diferentes a los demás (con un aire de superioridad) y que en algunos casos las clases de menores recursos desarrollan complejos de inferioridad o resentimiento. Pero no necesariamente sabemos de qué maneras específicas el dinero puede cambiar la mentalidad y el comportamiento de quien lo tiene. Los psicólogos que estudian el impacto de la riqueza económica y la desigualdad en el comportamiento humano han encontrado que el dinero puede influenciar poderosamente nuestros pensamientos y acciones en maneras que a veces pasamos por alto. Sobre todo, lo que estos estudios concluyen es que el dinero provoca aislamiento, y ese aislamiento hace que las personas desvíen su moral y su concentración de lo que realmente importa en la vida, y que sufran toda clase de desórdenes mentales.

Aquí hay siete cosas que deberías saber acerca de la psicología de la riqueza. 

 

Más dinero, menos empatía

Varios estudios han mostrado que el dinero no se lleva muy bien con la empatía y la compasión. Investigaciones publicadas en el diario Ciencia y Psicología también encontraron que las personas con estatus económico menor son mejores para leer las expresiones faciales –un marcador importante de empatía–, que las personas más ricas. Otro estudio, publicado en el TIME, Encontró que “los ambientes de clases sociales bajas son muy distintos a los ambientes de clases sociales altas. Los individuos de clase social baja tienen que responder crónicamente a un número de vulnerabilidades y amenazas sociales. Realmente tienes que depender de otros y eso te hace más perceptivo a las emociones.

Estas repuestas se reflejaron también en el juego de Monópoli: el jugador más rico comenzó a actuar más agresivamente, acaparando más espacio y moviendo las fichas ruidosamente, e incluso a tratar mal al jugador con menos dinero. Así, imaginario o no, el dinero hace que perdamos empatía por el otro.

 

El dinero puede nublar el juicio moral

Un estudio de UC Berkeley encontró que en San Francisco –en donde las leyes requieren que los autos se paren en cruces peatonales—los conductores con autos de lujo fueron cuatro veces menos respetuosos con los peatones que aquellos con autos menos caros. También fueron más proclives a meterse en las filas de autos en el tráfico. Esto ilustra muy bien el empañamiento ético que sufren algunas personas con mucho dinero.

 

El dinero en sí puede volverse adictivo

La persecución de dinero puede volverse adictiva e incluso puede volverse un comportamiento compulsivo. Además, mientras estás buscando dinero a como dé lugar, estás olvidando cosas mucho más importantes como tu comportamiento con otras personas o tu propio bienestar. Este tipo de compulsión y adicción, que no es química, involucra una adicción a sentirte bien cuando recibes dinero o posesiones, y a sentirte mal todo el resto del tiempo.

 

Los niños ricos podrían tener mucho más problemas psicológicos

Los niños que crecen en familias ricas parece que lo tienen todo, pero tenerlo todo puede ser a un costo muy alto. Los niños más ricos pueden están más afligidos que los niños de bajos recursos, y tienen alto riesgo a la ansiedad, depresión, abuso de substancias, desórdenes alimenticios, ser tramposos y robar. Las investigaciones también han encontrado que el aislamiento de otras personas (ya que no las necesitan) causa todo tipo de perturbaciones mentales.

 

Tendemos a percibir a los ricos como “malignos”

Del otro lado de la moneda, los individuos de menos recursos tendemos a juzgar y estereotipar a los ricos como “fríos”, “idiotas”, "malignos”. Las personas ricas tienden a ser fuente de envidia y desconfianza. Esto, aunado a que no necesitan de nadie para sobrevivir, los aísla aún más de otras personas, y les genera más problemas psicológicos.

 

Asociamos el dinero con la felicidad y ése es realmente el problema

No hay una relación directa entre el dinero y la felicidad (aunque es verdad que las penas con pan son menos). Después de cierto nivel de ingresos, el dinero no hace diferencia en el bienestar general de una persona, y si hace algo, lastima nuestro bienestar. Las personas realmente ricas, de hecho, sufren de índices mayores de depresión. El caso es que el dinero, per se, no causa insatisfacción, sino que la búsqueda constante de dinero y posesiones materiales puede llevar a la depresión. Las personas que tienden a poner su energía en el dinero. por fuerza están quitando esa energía de elementos vitales más importantes como los placeres sencillos, las relaciones respetuosas, la inspiración en la naturaleza o la música, inhalar y exhalar con tranquilidad.