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La parafernalia y el andamiaje místico de Santa Claus y sus renos voladores sugiere una conexión simbólica entre el chamanismo y el uso del amanita muscaria.

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Es con cierta inclinación psicodélica que en Pijama Surf consideramos el caso de Santa Claus, los renos voladores y los hongos alucinógenos como un clásico navideño que otorga más sentido y hasta "espiritualidad" a estas fiestas donde reinan los significados trastocados, el marketing, la simulación y el consumismo, salvo algunas excepciones.

Desde hace algunos años circula en Internet, a manera de meme, la historia de los renos voladores de Santa Claus y los hongos amanita muscaria, como una pregunta sobre su consumo o hasta atisbo hermenéutico en el que se sugiere, en broma, pero también como explicación simbólica, que sugiere que estos renos habrían sido propulsados hacia el el firmamento elevados por una dosis de hongos alucinógenos. Esta misma historia se conecta con la noción de que el Árbol de Navidad es en realidad el Axis Mundi, o árbol de la vida, ligado en la tradiciones chamánicas con la estrella polar (el Polo Norte donde Santa y sus duendes hacen regalos mágicos) y la misma interpretación de que entonces Santa Claus es en realidad un chamán que cruza realidades.

El origen de este meme, según traza el profesor de biología de la Universidad de Harvard, Donald Pfister, data de una conexión realizada por colegas de Gordon Wasson, el famoso antrópologo que dio a conocer a María Sabina y que sugirió que el hongo amanita muscaria era el antiguo soma, la bebida de los dioses védicos. Wasson había registrado que la amanita era usada por chamanes de Siberia, sus colegas notaron que en esta región tanto los chamanes como los renos consumían estos hongos (y algunas personas incluso beben la orina de los renos para intoxicarse). Y, también, que los colores del amanita muscaria, que tiene propiedades psicoactivas y venenosas, son los mismos que los de Santa Claus, el rojo y el blanco: un código de complicidad.

A esta relación se le puede añadir el hecho de que según la tradición popular los chamanes son capaces de volar, ya sea como un desdoblamiento astral,  sirviéndose de un espíritu animal o como un "fuego fatuo" (también generalmente representados como luces rojas). De igual manera, los chamanes suelen formar alianzas con seres elementales como los duendes o los gnomos y obtener regalos de estos seres. Por otro lado, al incluir el ingrediente de la amanita muscaria, la Navidad, con sus tradiciones desgastadas, también puede ser interpretada como una gran alucinación.

Aunque según la mayoría de los historiadores Santa Claus, el viejo bonachón que zurca el cielo en un trineo de renos, fue en realidad inventado por Clement Clarke Moore en 1822 al imaginarlo en un poema a San Nicolás de esta forma, en temas de orígenes de personajes religiosos y populares y de fechas como la Navidad, la desinformación y la incertidumbre imperan. Una leyenda como la de un Santa Claus chamánico que utiliza los portales dimensionales de los hongos para conectar con la naturaleza y llevar regalos que siguen la ley del karma y rodean como un perímetro sagrado al Árbol de la Vida, en el día del renacimiento en el que Sol reinicia su ascenso y las noches dejan de ser tan oscuras, quizás sea más apropiada para lo que se quiere creer es "una noche mágica". Y es que tal vez estos significados paganos de tiempos remotos eran mejores: la Navidad también es la fiesta cristiana que impusieron los emperadores romanos para substituir a las Saturnalias que se celebraban los mismos días con fiestas orgiásticas que se alegraban del renacimiento de la luz después del solsticio y sacrificaban para el dios de la agricultura, para suscitar la fertilidad venidera. Hoy, ese espíritu parece mucho más domesticado y desprovisto de la excitante energía que, uno sospecha, podía vertirse en aquellas fiestas para los dioses.

Twitter del autor: @alepholo 

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

Anciana celebra su cumpleaños 103 con un tatuaje y una victoria en el casino

Por: pijamasurf - 12/24/2013

Anciana de Estados Unidos festejó sus 103 años con una visita a un casino de Seattle, un restaurante y finalmente el estudio de un tatuador, en donde dejó constancia de esta significativa fecha.

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Para algunos, cumplir años es motivo de angustia: cada aniversario del arribo a este mundo es una suerte de memento mori que vuelve pesaroso el hecho de vivir cada día un poco más.

Para otros, sin embargo, es todo lo contrario: motivo de celebración, a veces incluso de desenfreno, un pretexto para festejar y recordar que, a fin de cuentas, si ya nos encontramos en este mundo, lo más razonable parece disfrutar el viaje y entregarnos a sus placeres y sus delicias en cada oportunidad posible.

Tal podría ser el caso de Evelyn Kottman, una anciana residente en Seattle, Estados Unidos, que recién alcanzó la increíble edad de 103 años, algo que acaso se considere un logro y que Evelyn conmemoró con tres acciones notablemente hedonistas, significativas (se creerá) en razón de su edad.

Acompañada de sus nietos, la mujer primero fue a un casino, en donde apostó 103 dólares, todo lo que le quedaba, a las negras de la ruleta; para su fortuna, ganó, por lo cual después se dirigió a un buffet para comer plato tras plato y finalmente culminar su día con un tatuaje.

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El curioso día de cumpleaños de Evelyn comenzó a conocerse por medio de Reddit, en donde Jennifer, una de sus nietas, compartió la historia. “¿Cuál es su secreto?”, preguntaron otros miembros de la popular red social. “Si ustedes le preguntan, ella responderá una de dos: carne y papas o YOLO”, escribió Jennifer.

Al final, puede ser un lugar común decir que sÓlo se vive una vez (significado de las siglas YOLO, del slang anglosajón), pero qué importa. A veces el temor al lugar común, al cliché, la exigencia de la originalidad, nos impiden vivir real o debidamente, o vivir a secas ―sin darnos cuenta que, en otro sentido, con cierta frecuencia la consecución de la autenticidad pasa por el camino de la normalidad, de lo que creemos que todos hacen y lo que todos son.

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Acaso el secreto de la longevidad sea encontrar el precario equilibrio entre satisfacer nuestros deseos, hacer caso a nuestras vocaciones y nuestros llamados más íntimos y más irrenunciables y, por otro lado, cuidar nuestro cuerpo, el vehículo de esa satisfacción y sin el cual sería imposible sentir el placer disponible en este mundo.