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La importancia y el placer de leer a Marshall McLuhan no debe de ser subestimado. Un buen lugar para empezar en nuestra era de la distracción es con la genial entrevista que le hizo Playboy en 1969.

MASSAGE

Embebidos en los medios, en una especie de pecera electromagnética de información, es difícil reflexionar sobre cómo cada medio o cómo la tecnología misma nos afecta --amplifica o amputa--; cómo esta extensión sensorial y cognitiva generada por el hombre también es parte de un bucle de retroalimentación y se vuelve parte también de un proceso psíquico internalizado. O, generalmente, debido al estupor y al asombro que sobreviene a la implementación de un nuevo medio, que es un nuevo lenguaje, esta reflexión llega demasiado tarde, una vez que el entorno y sus habitantes ya han sido radicalmente modificados. Pocos han sido capaces de captar o hasta anticipar la modificación mental intrínseca a los medios de comunicación en tiempo real, extirpar dentro de la confusa masa de signos --que se mueve a la velocidad de la luz y se replica en la bóveda de ecos de la conciencia planetaria-- la brújula semántica del cambio que está siempre gestándose, proceso perenne, en un presente que, sin embargo, contiene ya en su campo informático el mapa del futuro. Para hacerlo hay que aprender a "surfear" los ríos de datos, conectar vectores de información aparentemente dispar y reconocer patrones; hay que conocer el pasado en sus fuentes (más allá del leteo de lo nuevo, de la hiperactualización) y hay que saber leer el metatexto de la cultura como un organismo vivo. El gran analista de nuestros tiempos, si consideramos que estos están definidos por nuestra interacción con la tecnología y los medios electrónicos, es Marshall McLuhan, la primera persona en clarificar, algo que hoy nos puede parecer obvio, que nuestras tecnologías y los medios con los cuales nos comunicamos intrínsecamente afectan nuestra naturaleza.

McLuhan es recordado por su frase "el medio es el mensaje", frase que exhibe por primera vez conciencia de que los entornos mediáticos no son sólo canales de los mensajes que les imbuimos sino que connotan en sí mismos un mensaje y, como tal, son medios ambientes  con un clima particular, con un lenguaje de programación específico. Esta emblemática frase derivaría más tarde en la máxima de Douglas Rushkoff: "programa o serás programado", finalmente un llamado a tomar conciencia de que quien interactúa de manera pasiva e irreflexiva con la tecnología, está siendo programado por ésta y apilando una serie de efectos colaterales. Ya lo había dicho de otra forma McLuhan: "somos robots cuando nos involucramos acríticamente con nuestras tecnologías". 

Si bien se enseña a McLuhan en todas las universidades en donde se estudia comunicación, generalmente se enseña de manera superficial, a veces porque se piensa que sus textos son un tanto herméticos y están llenos de figuras retóricas. McLuhan, recordemos, era profesor de literatura y tenía un afilado sentido del placer estético literario, dueño de una prosa electrizante, por momentos evocando, dentro de un marco analítico, un stream of consciousness: a fin de cuentas un discurso intuitivo O jugando también con la era del mass media (donde el medio es también el masaje: mass-age) y la publicidad creando juegos de palabras que pueden leerse también como slogans, como el famoso: "tune in, turn on and drop out", que tomó de él Tim Leary.  Para aquellos que buscan familiarizarse con las ideas de McLuhan pero que se arredran ante la lectura de sus libros, seguramente la mejor opción es la brillante entrevista que McLuhan concedió a la revista Playboy en 1969, cuando ya algunos le apodaban el "Sumo Sacerdote de la Cultura Pop" o el "Metafísico de los Medios".

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McLuhan prontamente hace hincapié en que "en los últimos 3500 años del mundo occidental, los efectos de los medios --ya sean la comunicación oral, la escritura, la imprenta, la fotografía o la televisión-- han sido sistemáticamente desapercibidos por los observadores sociales". Esta falta de análisis, es el resultado de lo que llamó "narcisismo-narcótico", en el que encantados por la novedad cuasi-mágica de los medios de comunicación que hemos creado dejamos a un lado los posibles efectos negativos que pueden ejercer sobre nosotros --además de que, en muchos casos, nos es prácticamente imposible detectarlos, ya que suceden demasiado rápido para la reflexión común y corriente o porque estamos comprometidos con ese mismo entorno que estamos observando. Hablando hace casi 50 años, McLuhan se lee como si estuviera escribiendo para Wired o algo así:

Todos los medios, desde el alfabeto fonético a la computadora, son extensiones del hombre que causan cambios profundos y duraderos en él y transforman su ambiente. Y tal extensión es una intensificación, una amplificación de un órgano, sentido o función y, cuando sea que ocurre, el sistema nervioso central parece instituir un entumecimiento de autoprotección en el área afectada, aislando y anestesiándolo de una conciencia alerta de lo que le está sucediendo. Es un proceso similar al que ocurre cuando el cuerpo está sometido a un shock o a condiciones de estrés, o algo equivalente al concepto freudiano de represión. Llamo a esta forma peculiar de autohipnosis, Narcissus narcosis, un síndrome en el que el hombre permanece tan inconsciente de los efectos psíquicos y sociales que trae una nueva tecnología como un pez del agua en el que nada. Como resultado, precisamente en el punto en el que un ambiente inducido por un nuevo medio se vuelve hiperpermeable y transforma nuestro balance sensorial, se vuelve invisible.

La teoría de la comunicación de McLuhan puede leerse también como una alquimia psicológica a la manera de Jung, donde es vital tomar conciencia de los procesos psíquicos colectivos que inducen los medios, alejándonos de nuestra individuación: "avanzar hacia una conciencia del inconsciente, hacia una realización de que la tecnología es una extensión de nuestros cuerpos... hasta esta era, esta conciencia ha sido sólo reflejada por el artista, aquel que tiene el poder --y el coraje-- del vidente para leer el lenguaje del mundo exterior y conectarlo con el mundo interior".

McLuhan advierte que la mayoría de las personas vive adherido a una visión "de espejo retrovisor" del mundo, en la que lo que sucede sólo es visible una vez que el ambiente en el que se vive es sucedido por un nuevo ambiente, por lo que la mayoría de nosotros vivimos un paso atrás.

En el pasado, los efectos de los medios eran experimentados de manera más gradual, permitiendo que el individuo y la sociedad pudieran absorber y amortiguar su impacto hasta cierto punto. Hoy, en la era electrónica de la comunicación instantánea, creo que nuestra sobrevivencia, o al menos nuestra comodidad y felicidad, está predicada en entender la naturaleza de nuestro nuevo medio ambiente, porque a diferencia de otros cambios ambientales previos, los medios electrónicos constituyen una transformación total y casi instantánea de nuestra cultura, valores y actitudes. Este trastorno genera gran dolor y una crisis de identidad, la cual puede ser aminorada sólo a través de tomar conciencia de su propia dinámica. Si entendemos las transformaciones revolucionarias causadas por los nuevos medios, podemos anticiparnos y controlarlos; pero si continuamos en nuestro trance subliminal autoinducido, seremos sus esclavos.

Para los que saben leer inglés, recomendamos mucho la entrevista con Playboy, donde McLuhan habla sobre la retribalización de la sociedad a través de la TV, la revolución sexual, su  cuasiarresto por conocer a Tim Leary y de la llegada de la "telepatía global".

[Entrevista McLuhan-Playboy 1969]

También en Pijama Surf: Marshall Mcluhan, profeta del Internet y místico de la comunicación

Twitter del autor: @alepholo

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"Un canto de amor": la película profundamente erótica de Jean Genet censurada por la moralidad de su época (VIDEO)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/05/2013

En esta ocasión compartimos "Un chant d'amour", película de Jean Genet filmada en 1950 que, por su temática homosexual y su profundo contenido erótico, ofendió a las buenas conciencias de su época.

Dentro de la vasta constelación de intelectuales y artistas franceses que pusieron en entredicho la moralidad de la época que les tocó vivir (y padecer en no pocos casos), el nombre de Jean Genet destaca con particular brillo, paradójicamente, en el claroscuro de la élite literaria de mediados del siglo XX, ésa que surgió de los prostíbulos y los bajos fondos, en medio de los clochards y las cocottes.

Genet fue hijo de una prostituta y vagabundo antes de encontrar su vocación en las letras. Transitó entre diversos hogares y desde los 15 años fue residente más o menos habitual de las prisiones francesas: en algunas ocasiones por robo, otras por uso de documentación falsificada, algunas más por prostituirse, vida que después rememoró en su Journal du voleur (en este enlace, una versión en inglés del libro). Eventualmente, sin embargo, su talento literario, su inclinación a la escritura y su sensibilidad existencial lo llevaron a los caminos de la poesía y la narrativa, también al de los círculos intelectuales, pues él mismo se presentó ante Jean Cocteau llevando consigo su novela Notre Dame des Fleurs (en español en este enlace). Se dice que Cocteau quedó tan impresionado con el vigor narrativo de Genet, que puso en marcha los mecanismos de la influencia para pedir a Vincent Auriol, entonces presidente de Francia, que le otorgara el indulto por diez sentencias a muerte contra las que Genet batallaba judicialmente. En esta petición también participaron Sarte y Picasso. Auriol concedió la suspensión de los cargos y Genet jamás volvió a prisión.

Entre la diversa obra de Genet —incursión también en el teatro y en la crítica de arte— se encuentra un ejercicio cinematográfico que, como en el caso de Beckett, fue el único consumado: un cortometraje en blanco y negro de 26 minutos de duración que llamó Un Chant d'Amour (Un canto de amor), en el cual se explora el fantaseo erótico que se suscita al interior de una cárcel entre prisioneros y el guardia que los cuida.

El filme, por supuesto, fue prohibido en su época, censura que además se mantuvo durante varios años. A pesar de terminarse en 1950, todavía en 1966, durante una proyección programada en California, la policía local acudió al lugar de la función con la orden de confiscar la cinta y arrestar al responsable.

El deseo, sin embargo, se abre paso, empujado por el ímpetu insobornable de la potencia sexual que reclama siempre su tributo de vida y placer. Y quizá por eso compartimos y celebramos ahora este canto de Genet.