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De piñatas y latigazos: la evangelización de los indios en Nueva España

Por: Úrsula Camba Ludlow - 12/05/2013

Los frailes quieren enseñar a los indios las virtudes cristianas: pobreza, castidad, fe, esperanza, caridad. Esos conceptos no existen en el mundo prehispánico. No, al menos, como los españoles los entienden.

conversion indios Mexico rLlegaron los españoles a México-Tenochtitlán. Mataron y esclavizaron a miles de indios, evangelizaron por la fuerza a los sobrevivientes. Esa es casi la única imagen que tenemos del nacimiento de la Nueva España. Lo que desconocemos es: ¿cómo lograron los españoles la conversión de esos cientos de miles?, ¿cuáles fueron sus métodos?, ¿cómo penetraron en las conciencias de esos seres humanos con los que no compartían concepciones morales, religiosas, sociales, económicas?, ¿cómo hacerles comprender nociones como pecado, arrepentimiento, confesión, cielo o infierno, inexistentes en el mundo prehispánico?, ¿cómo arrancar la abominable costumbre de sacrificar y comer seres humanos? Éstas son algunas de las incógnitas con las que los españoles se toparon y que despejaremos brevemente en el presente artículo.

Empecemos por lo más elemental, pero que por su obviedad pocas veces nos detenemos a reflexionar. No hay un lenguaje común entre españoles e indios. Ni hablado, ni escrito, los indios desconocen la escritura. Los españoles intentan entender, como pueden, ese mundo que les es completamente ajeno. Así, los primeros franciscanos que llegan son doce, como los apóstoles de Jesús. No es una casualidad. Todo conlleva una simbología, un sentido. Esos religiosos desembarcan en Veracruz con una misión gigantesca a cuestas: salvar a millones de almas que viven sin conocer al verdadero Dios. Realizan el camino a pie desde Veracruz a pesar de que Cortés les envía caballos para evitarles la fatiga. Uno de esos primeros franciscanos, fray Toribio de Benavente,  descalzo y con el hábito raído es llamado por los indios: “¡Motolinía!, ¡Motolinía!” que quiere decir “el pobre”. Fray Toribio, de ahí en adelante y hasta su muerte se hará llamar “Motolinía”. 

Los frailes quieren enseñar a los indios las virtudes cristianas: pobreza, castidad, fe, esperanza, caridad. Esos conceptos no existen en el mundo prehispánico. No, al menos, como los españoles los entienden. En efecto, los religiosos saben que a falta de un lenguaje compartido, tienen que utilizar la mímica y los gestos; será a través de rituales y aspavientos ejemplificadores y contundentes que intentarán penetrar la conciencia de los indios. 

Así, se ensayan una serie de estratagemas. Como no se les enseña el castellano a los indios, para no “contaminarlos” de los vicios españoles, los sacerdotes deben aprender la distintas lenguas (náhuatl, maya, mixteco, tarasco, zapoteco, etc.). Los religiosos pasan horas observando a los niños jugar. Aprenden poco a poco las palabras. Se reúnen por las noches y a la luz de las velas comparten y discuten lo que aprendieron durante el día jugando con los chiquillos. Hacen diccionarios, confesionarios y sermonarios exhaustivos para catequizar a los indios. 

El Padre Nuestro es, en un inicio, enseñado fonéticamente y debe ser memorizado, no comprendido. Es decir, los frailes buscan palabras “similares” en náhuatl y castellano y enseñan a los indios a rezar, aunque sea un sinsentido, por ejemplo: Pater (padre) Noster (Nuestro) se enseña como Pantli Nochtli, pantli es bandera y nochtli es nopal. ¿Qué pensarían los indios mientras repetían metódicamente esas palabras que no significaban nada para ellos? No lo sabremos nunca. 

Esos niños con los que los frailes comparten juegos y que pronto aprenden los rudimentos del cristianismo serán los que después vigilarán que sus padres y abuelos abracen la fe católica. Aquellos que se rehúsen a la conversión serán hostigados y acusados por sus propios hijos, sobrinos o nietos, con el sacerdote, y serán azotados públicamente en el atrio de la iglesia. Mismo trato recibirán aquellos que se nieguen a acudir a la misa dominical. Utilizar a los niños como catequizadores y espías trastocó irremediablemente las estructuras familiares y sociales ya que en el mundo prehispánico los ancianos eran depositarios de sabiduría y respeto. 

Por otro lado, los religiosos saben que la música es pieza clave para apoyar la conversión de los indios, quienes son afectos a la ésta y a los bailes desde tiempo inmemorial. En efecto, las iglesias son, en un principio, pequeñas y de adobe, en cambio, los atrios son enormes y ahí se oficia la misa, se hacen procesiones con flores, música y bailes. Los frailes no se engañan, saben que los indios cantan y bailan, pero nunca tienen la certeza de en honor a quien lo hacen, queda siempre una sombra de duda. 

Hay otras técnicas tan terroríficas como efectivas: para mostrar a los indios las penas que les esperan a los pecadores que no se arrepienten y van al infierno, algunos religiosos encienden grandes hogueras en las cuales arrojan perros y gatos vivos

PIÑATA-MURAL-DIEGO-RIVERALos frailes idean recursos uno tras otro: Las piñatas deben ser de 7 picos. Porque son 7 los pecados capitales: ira, gula, lujuria, soberbia, pereza, envidia y avaricia. Hay que pegarle a la piñata, para “pegarle” a los pecados y acabar con ellos. 

Por otra parte, las pastorelas son una representación que permite a los indios identificarse con los pastorcillos, humildes y devotos y huir de las garras de demonios y diantres. A su vez, las obras de teatro son increíblemente vívidas. Para la representación de la caída de Jerusalén (tan sólo unos cuantos años después de consumada la Conquista), se llenó el zócalo de troncos, plantas, tierra y pájaros. Tantos eran los pájaros que trinaban que hubo quejas de que los diálogos eran imposibles de escuchar por el canto de las aves. ¿Qué entendían los indios de esas representaciones?, ¿cómo imaginaban Jerusalén? Tampoco tenemos la respuesta.

Pero ese impulso evangelizador sólo dura unas décadas.  Las epidemias arrasan con la vida de miles de indios, los pueblos quedan desiertos; la Corona española, temerosa del poder creciente de los frailes, comienza a arrebatarles atribuciones. Va muriendo de a poco ese entusiasmo inicial por la conversión de los indios, pero esa es otra historia.

 

Fuente:

Fray Bernardino de Sahagún. Historia general de las cosas de Nueva España, México: Porrúa, 1956.

 

Twitter de la autora: @ursulacamba

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición de Pijama Surf al respecto.

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"Leer absortos un texto narrativo o poético equivale a tener una auténtica experiencia de realidad virtual, ya que en nuestro cerebro se activan las mismas áreas que utilizamos al procesar estímulos sensoriales en la vida real." Bronstein nos habla de éste y otros beneficios que conlleva el acto de lectura en nuestra mente.

La lectura es a la mente lo que el ejercicio al cuerpo.

-Joseph Addison. 

 

Instrúyanse porque necesitaremos toda nuestra inteligencia.

Conmuévanse, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo.

Organícense, porque necesitaremos toda nuestra fuerza.

-Antonio Gramsci.

 

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A principios de los años 90, el psicólogo evolutivo Howard Gardner renovó el paradigma de las ciencias cognitivas a partir de su teoría de las inteligencias múltiples. Gardner consideró por primera vez la inteligencia no como una única capacidad, fijada e innata, dada de una vez y para siempre en cada persona, sino como una serie de habilidades cognitivas en distintos campos de la experiencia humana, habilidades que son susceptibles de continuar en proceso de desarrollo durante la totalidad de la vida. De manera inversa, pueden malograrse o permanecer estancadas, como un músculo que nunca o casi nunca se lo trabaja o estimula. Una de las inteligencias principales que Gardner categorizó es la denominada inteligencia lingüístico-verbal; concretamente, la inteligencia relacionada con el pensamiento y el lenguaje. No son pocos los autores que han considerado que, de todas las características que nos separan del reino animal, el lenguaje (la capacidad de “significar”) es la principal.

En un brillante libro sobre la evolución de los circuitos cerebrales humanos, el psicólogo, guerrillero ontológico y profuso escritor Robert Anton Wilson nos deja una concisa definición de inteligencia, que se ajusta muy bien a la inteligencia lingüístico-verbal de Gardner: “La inteligencia es la capacidad de recibir, decodificar y transmitir información de manera eficiente.” (Robert Anton Wilson, Prometeo Ascendiendo, 1983). Basándose en las nociones de Claude Shannon (conocido como “el padre de la teoría de la información”) y del creador de la “semántica general”, Alfred Korzibsy, Wilson nos dice que “información” equivale a cualquier conjunto organizado de datos que implican una novedad significativa para el sistema de creencias y la totalidad de la información previa que tiene interiorizado un sujeto. Nuestro modo central de transmitir y recibir información es a través del lenguaje; es decir, a través signos lingüísticos significativos (palabras que expresan pensamientos, ideas y conceptos). Tanto para Wilson, como para el enfoque constructivista del conocimiento iniciado por Lev Vigotsky, el impacto de la información en el sujeto implica un complejo proceso de integración dentro de su sistema de creencias y datos o “mapa cognitivo”.

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Y si la integración y la transmisión de información es inteligencia, como estos autores sostienen, sin duda una de nuestras herramientas más poderosas para desarrollarla individualmente, así como para amplificarla colectivamente, es la lectura. “La lectura [...] es un proceso emergente de construcción de significado que ocurre cuando la información topicalizada por el texto se sintetiza con el conocimiento previo como parte de un proceso general de interacción mediada con el mundo” (Michael Cole y Bárbara Means, Cognición y pensamiento, 1986).

En los últimos años, desde el ámbito de la neurociencia, han surgido fuertes confirmaciones de estas teorías, principalmente a partir del concepto de “plasticidad neuronal”, que implica que nuestro cerebro no es una unidad estática, sino que se trata de un continuo proceso de cambio y adaptación de redes sinápticas, las cuales organizan y reorganizan nuestra cosmovisión y nuestra percepción general del mundo. Para este complejo proceso, el hábito de leer se convierte en uno de sus catalizadores más poderosos.

En un estudio llevado a cabo durante un programa de alfabetización en Colombia, el doctor Manuel Carreiras del Centro Vasco de Cognición, Cerebro y Lenguaje comprobó que las personas alfabetizadas mostraron un importante incremento frente a las no alfabetizadas en dos áreas relacionadas con el procesamiento visual, fonológico y semántico de la información en un texto: la materia gris (la densidad neuronal) y la materia blanca (encargada de conectar los dos hemisferios del cerebro).

Guillermo García Ribas, Coordinador del Grupo de Estudio de Conducta y Demencias de la Sociedad Española de Neurología (SEN), concluyó que “la lectura es una de las actividades más beneficiosas para la salud, puesto que se ha demostrado que estimula la actividad cerebral y fortalece las conexiones neuronales”. La lectura constante y prolongada mejora nuestra capacidad de razonamiento, nuestra agilidad mental, nuestra concentración y nuestra memoria, al tiempo que amplía nuestros recursos lingüísticos y la profundidad de nuestras ideas.

La lectura no sólo nos hace pensar, sino que nos permite pensar en términos nuevos o más complejos para nosotros. Y una de las formas en que lo hace es ampliando considerablemente nuestro vocabulario, al ir incorporando palabras o expresiones nuevas que antes no usábamos. El escritor argentino Héctor Tizón no hablaba metafóricamente cuando sentenció: “el empobrecimiento del lenguaje es el empobrecimiento de las ideas.” Al leer, nuestro cerebro dialoga constantemente con el texto, se encuentra con nuevas concepciones de la realidad, piensa y considera en la profundidad del lenguaje y del pensamiento del autor, relacionando continuamente este pensamiento con el suyo propio, complejizándolo o poniéndolo en cuestión.

Otra escritora argentina, Mori Ponsowy, rescata el valor único de los textos literarios, al preguntarse en voz alta: 

¿Por qué leer? Para huir de las grandes abstracciones y las palabras simples. A diferencia del derecho, las ciencias y la política, la buena literatura está hecha de profundidad, de detalles [...] pues, antes que nosotros, el escritor se tomó el trabajo de buscar lo que realmente importa en medio del desorden informe de nuestras vidas, y de encontrar las palabras exactas para desplegarlo ante nuestros ojos, iluminando detalles y matices que nos despiertan del letargo y la costumbre […] ¿Por qué leer? Para sumergirse en lo particular y único de cada vida. Para huir de los prejuicios de las grandes palabras… Leer en serio es un modo de negarse a ser ovejas en un rebaño, ovejas que no están muy seguras de qué piensan o en qué creen -o que. si lo están, es porque otros se lo han dicho-, para convertirnos en individuos con rasgos peculiares, con claridad de pensamiento, con ideas propias y precisas… ¿Por qué leer? Para descubrir quiénes somos. ¿Por qué leer? Para poder pensar.

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En una investigación realizada mediante escaneos de actividad cerebral durante la lectura de textos literarios, el doctor Jeffrey Zacks, director del Laboratorio de Cognición Dinámica de la Universidad de Washington, concluyó que leer literatura es una forma de ampliar nuestro espectro de experiencias sensoriales. Leer absortos un texto narrativo o poético equivale a tener una auténtica experiencia de realidad virtual, ya que en nuestro cerebro se activan las mismas áreas que utilizamos al procesar estímulos sensoriales en la vida real. Nuestro cerebro crea (imagina) una simulación mental vívida de sonidos, imágenes, sabores y sensaciones que enriquecen nuestra relación con el mundo. “Solemos pensar que la realidad virtual es algo que involucra computadoras, cascos y dispositivos extravagantes pero, en un sentido bastante serio, contarnos historias a través de la escritura y la lectura, es una forma de realidad virtual […], al leer adquirimos experiencias virtuales que después pueden formar la base para asimilar otras experiencias y otras lecturas”, afirma Zacks.

Ampliando esta idea, el multifacético artista chileno, y autodenominado “psicomago”, Alejandro Jodorowsky declara: “La novela es una literatura inmensa que contiene todo… es como presentar un mundo paralelo. Para mí, todas las novelas, por muy realistas que sean, son de ciencia ficción, son de lo imaginario. No se puede crear un mundo real a través de la literatura, es la diferencia entre un mundo real, con paisajes, y un mundo de mapas. La literatura es un mundo de mapas de la realidad. Entonces cada cual crea un mundo y a nosotros nos enriquece. Una novela… te va presentar otra posibilidad del mundo, otro punto de vista. Cada ser humano tiene un punto de vista diferente de la realidad y cada ser humano vive en una realidad diferente. Un novelista muestra esa realidad diferente”.

Todo esto vuelve evidente, también, que cualquier texto no tendrá el mismo efecto o será igualmente enriquecedor para cada uno de nosotros, por lo que lógicamente no es comparable el impacto de un texto que nos resulte profundamente significativo con la suma de muchos de los textos que, saltando de un vínculo a otro, consumimos diariamente a través de Internet. Sin embargo, obviamente tampoco deberíamos subestimar el efecto que el hábito de la continua lectura virtual podría significar en la complejización colectiva de la mente humana.

La información, plantea Robert Anton Wilson, “se acelera más rápido en la evolución humana que en la evolución pre-humana porque a través del circuito semántico (la cultura) y sus símbolos (palabras, mapas, ecuaciones, etc.) somos capaces de pasar información (entropía negativa, coherencia) de generación en generación.” (Ibid, 1983). Lo que puede considerarse, en términos generales, un proceso dialéctico que conduce gradualmente a un desarrollo evolutivo de la inteligencia humana. Primero con la escritura, luego con la imprenta, y actualmente con la prácticamente ilimitada virtualidad, este proceso se ha venido acelerado cada vez más.

Pero este desarrollo encuentra sus trabas, nos dice también Wilson, en el ejercicio de la censura y el poder concentrado:

Estamos sobre una ola del aumento de conciencia y de la expansión de la inteligencia que se está acelerando, nos guste o no. En general, a la mayoría de la gente (y especialmente las élites gobernantes) no les ha gustado este factor de aceleración [...] En todas partes y en todas las épocas, los gobernantes de la sociedad han tratado de poner un freno al circuito semántico, para desacelerar la función de aceleración, para establecer límites en lo que se puede imprimir, discutir, o incluso pensar. El mito griego de Prometeo encadenado (el titán que trajo la luz a la humanidad y que es eternamente castigado por ello) es la sinécdoque, el símbolo perfecto de cómo el circuito semántico ha sido manejado en la mayoría de las sociedades humanas. (Ibid, 1983)

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A partir del siglo XX, podemos ver este desarrollo de la inteligencia colectiva cada vez más eclipsado con el avance paralelo de los medios masivos de comunicación y  su “secuestro” o concentración en manos de poderes económicos y políticos, que han venido empleándolos para colonizar la subjetividad de las masas y adecuarla a sus intereses. “Podríamos decir que en otras épocas la colonización se ejercía sobre los cuerpos, como en la esclavitud. Hoy lo que se coloniza y domina son nuestras mentes. Es nuestra psicología la que está ocupada, es nuestro inconsciente el que se alinea con los intereses que nos perjudican. Si hablamos de los viejos imperialismos, hay que decir que la conquista ya no pasa tanto por la posesión u ocupación de territorios sino por el control de las ideas, el pensamiento de los pueblos y sus voluntades. Sin tantas armas, ahora se trata de ejercer el control de las almas […] Los medios de comunicación aparecen, de esta manera, como los nuevos disciplinantes de la comunidad. Superada la etapa en la que los poderes tradicionales avasallaban a los pueblos a través de la vía militar, la televisión y los diarios, los canales de noticias y las emisoras radiales son hoy por hoy las nuevas fuerzas de ocupación… Porque ocupan nuestras mentes para imponernos sus modelos, sus relatos, sus 'próceres' y sus desvalores.” (Claudio Díaz, "El papel de los medios como nuevos disciplinantes sociales").

La clase dominante, como nos dice tan claramente el político español Julio Anguita, “tan sólo recurre a la coacción física -policía, ejército, fascismo- cuando falla la coacción ideológica”. La televisión y los nuevos medios digitales en creciente expansión, no parecen haber venido funcionado colectivamente como un complemento de la riqueza de los textos escritos, sino como su trágico reemplazo. En irónica alusión a su novela Fahrenheit 451, Ray Bradbury comentaba: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee”.

Es en este mismo sentido que la poeta y lingüista Ivonne Bordelois exclamó: “Si la palabra está bajo fuego enemigo es porque la fuerza y el poder de la palabra son temibles, y de allí la necesidad de aniquilarla. De la palabra nacen el espíritu crítico y la inspiración creadora... Y si se la quiere destruir con tanto ahínco es porque se necesita una sordomudez fundamental para aceptar la inmensa cantidad de chatarra política, comercial y mental que nos rodea y nos asfixia sin cesar”. 

Surfear en el océano de la información, aprendiendo a distinguir lo significativo de lo intrascendente y lo auténtico de lo espurio; volvernos lectores activos de la información, no receptáculos pasivos de los discursos monolíticos del poder; volvernos lectores críticos, profundos, abiertos, poéticos; cultivar nuestro pensamiento, nuestro lenguaje y nuestra inteligencia discursiva… quizás sean algunos de los mayores desafíos y de las mayores esperanzas de nuestro tiempo. La lectura, con su infinito abanico de desconocidos mundos e impensadas perspectivas, sigue siendo uno de nuestros principales recursos para lograrlo.