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¿De dónde viene la voz interior? La neurología enfrenta las alucinaciones auditivas

Por: pijamasurf - 12/10/2013

No es necesario ser esquizofrénico o padecer síndrome de Tourette para notar que las palabras a veces se manifiestan por sí mismas en nuestros cerebros.

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¿Las voces que escuchan los esquizofrénicos y los fanáticos religiosos tienen alguna relación con el origen de la conciencia en el cerebro o con el fenómeno del "monólogo interior"? En un estudio clásico sobre el tema, Julian Janes imaginaba que los antiguos escuchaban de hecho voces en sus cabezas, a las cuales ceñían personalidades y atributos sobrenaturales, confundiéndolos tal vez con expresiones vocales de su propia conciencia. ¿Pero qué pasa con las experiencias de alucinación sonora o con el síndrome de Tourette, en el que la gente es incapaz de controlar las palabras que salen de su boca? 

Vaughan Bell del King's College, en Londres, publicó un interesante acercamiento a este antiguo fenómeno, buscando un enfoque diferente para entender nuestra función neurolingüística. Se parte de que damos por sentado que nuestras acciones y nuestra narrativa interna son congruentes en todo momento, ¿pero cómo se establecen estas coherencias en los sordos de nacimiento, quienes nunca han escuchado palabras?  ¿O bien en los esquizofrénicos, cuya noción de coherencia podría resultarnos "patológica"? Bell afirma que las teorías neurocognitivas tienden a ignorar cómo aquellos que oyen voces adquieren lo que el investigador describe como "actores sociales interiorizados".

Estos actores internos no son sino modelos de interacción social que interiorizamos debido a su poder significante en nuestras vidas. Los role models como padres o profesores (aquello que un psicoanalista encuadraría en el superego), en algunos individuos, adquieren presencia y preeminencia al grado de manifestarse en la conciencia a través de alucinaciones sonoras; por otra parte, la localización del origen de estas voces en el cerebro no está subordinada a los dos hemisferios: como dijo el poeta Walt Whitman, un hombre puede contener multitudes, y podríamos añadir que cada "individuo" de esa multitud inconsciente puede tener su propia voz, su propio tono y su propio lugar dentro de la jerarquía de nuestra mente.

Desafortunadamente, teorías como la de Bell quedan en el terreno de la suposición, pues no existen mecanismos que permitan registrar el cerebro con la precisión requerida sin ser absolutamente invasivos. La esperanza de los neurocientíficos es que nuevas herramientas del futuro permitan analizar a uno de los posibles candidatos de este ágora mental: la intersección temporoparietal que, por su localización geométrica en el área cortical, podría desvelarnos los misterios de las voces que pueblan (voluntaria o involuntariamente) nuestro silencio.

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Bastan unos pocos objetos de uso cotidiano, algo de cinta adhesiva y un título que evoque la imaginación de los teóricos del arte: ¡listo!, ya eres un artista.

A pesar de los acres y furibundos comentarios que la crítica de arte Avelina Lesper hace a través de su columna, creemos que tiene un punto: el arte contemporáneo (por llamarlo de alguna manera) se ha vuelto repetitivo, aburrido y predecible.

Tras la estela de las vanguardias históricas y su pretendida democratización de la práctica artística (al poner en crisis el espacio museístico como admisión al cánon estético), el arte se convirtió en un juego de provocaciones que en algún momento hicieron temblar las nociones preestablecidas o clásicas acerca de la belleza, el gusto, el estilo o la ejecución de una pieza; sin embargo, esta tendencia parece haber llegado a un punto de inmovilidad o impasse: el punto de Duchamp ha quedado probado, no se necesita ser un "artista" (en el sentido de dominar un ars, una técnica) para hacer arte.

El método duchampiano (y sus posteriores epígonos, como Merda d'artista de Piero Manzoni) fue interesante porque nadie lo había hecho, además de porque pudo seguirse haciendo; colocar una roca o una bacinica en una galería parece sencillo, y el "mérito" del arte contemporáneo parece residir en hacer cosas que nadie ha hecho antes, pero ¿en qué momento la infinita productividad de un método se vuelve reproductibilidad vacía? ¿Cuándo un método deja de ser significativo como práctica artística? Probablemente haya que ver casos particulares, como las obras que presentamos en esta selección.

Bastan unos pocos objetos de uso cotidiano, algo de cinta adhesiva y un título que evoque la imaginación de los teóricos del arte (aunque siempre se puede recurrir al inefable Untitled) para tener una pieza cotizada y exitosa en el mercado internacional.

Como desde hace 11 años, la ciudad de Miami alberga una vez más el Art Basel, una de las ferias más importantes del circuito artístico debido al capital económico que se desplaza en ella. He aquí algunas de las "piezas" sobre las que probablemente podrían escribirse sendas disertaciones teóricas pero que, sin embargo, son muestra también del agotamiento de la provocación como motor del arte. Sin pretender llegar a un punto definitivo a este respecto, nos preguntamos: si vivimos en los días en que todo es arte, ¿qué es arte entonces? 

En el documental The Mona Lisa Curse, Robert Hughes propone que el primer viaje de la famosa obra de Leonardo da Vinci fuera del Louvre cambió la forma en que la gente veía el arte: Hughes afirma pertenecer a la última generación de personas que veían arte sin preguntarse cuánto cuesta. En nuestros días el arte parece medirse principalmente por eso: una paleta chupada o una pelota sin aire son "obras de arte" (es decir, objetos considerados valiosos) simplemente porque hay gente que está dispuesta a pagar exhorbitantes sumas de dinero por ellas. Aquí el documental de Hughes: