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Randolph Carter, el alter ego de Lovecraft que puede acceder al mundo de los sueños y enfrentar sin miedo a las espeluznantes criaturas ideadas por el autor por excelencia de literatura de terror.

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Pocas obras literarias han sido tan influyentes en el siglo XX como la de Howard P. Lovecraft. Sus historias, estén o no bien escritas, tienen un estilo único y parecen resonar profundamente en algunas habitaciones del inconsciente, cuyas puertas y ventanas fueron redescubiertas en la época del escritor: el miedo a lo desconocido no apunta únicamente a seres monstruosos más allá del tiempo y del espacio. De hecho, de acuerdo con Lovecraft, hay un círculo especial del infierno no sólo para los monstruosos adoradores de Cthulhu sino también para los físicos que postularon la física cuántica y los matemáticos responsables de las geometrías no euclidianas.

El terror a cualquier elemento que pueda tan sólo poner en duda por unos instantes el orden más estricto del sentido común y la completa demonización del caos dan cuenta de que, de haber estado en la Matrix, no sería difícil saber qué bando habría elegido. El mundo de Lovecraft es el mundo de la razón aristotélica y la física newtoniana, en la que existen manzanas que caen, y de la geometría euclidiana, en la que sabemos que dos líneas paralelas entre sí no se cruzarán nunca -pero los tentáculos de Cthulhu son paralelos y aún así se cruzan en los sueños de los dementes.

Los antiguos habitantes del universo, cuya sola vista causa terror, se comunican con la humanidad mediante los sueños -es una constante en los cuentos del Cthulhu Mythos. Y una de las curiosidades más interesantes del universo lovecraftiano es que, de hecho, la mayoría de las ideas se le ocurrieron a Lovecraft en sueños. Muchas noches (oscuras y frías, obviamente) el escritor despertaba a gritos de terribles pesadillas que terminarían poblando sus historias. Nyarlalothep (la "personificación" del caos mismo), por ejemplo, fue una pesadilla que se convirtió en poema y terminó en la mitología. Lovecraft soñaba cotidianamente (al igual que algunos de sus personajes) con cúmulos de esferas ultra dimensionales, seres paramitológicos con tentáculos y sombras que susurran mensajes incomprensibles. Al doblar ligeramente los límites entre realidad y ficción, el escritor parece no hacer más que confirmar la oscuridad y el terror que se siente en sus historias. Y así sería, de no ser por Randolph Carter.

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Carter es, más que un personaje, un alter ego de Lovecraft y protagoniza una serie de historias que transcurren dentro del mismo universo que las historias más conocidas del autor, o casi. Donde en un mundo abunda el realismo más recalcitrante (realismo que es enfatizado por la emergencia prometida de Cthulhu) en el otro reina la fantasía. En The Dream-Quest of Unknown Kadath, Carter, anticuario, ocultista y escritor, sueña con una ciudad, pero cada vez que se acerca a ella despierta. Decide entonces comenzar un viaje a la morada de los dioses del sueño con el fin de solicitarles el acceso a esa ciudad misteriosa. En el camino, Carter se encuentra en varias ocasiones a Nyarlatothep, en un rol bastante distinto al habitual: si bien se trata de un personaje oscuro, lejos está del terror irracional al que estamos habituados y se comporta como un trickster que guía al escritor al centro del universo: antes de enfrentar a Azathot, Lovecraft (o Carter, o ambos) recuerda que no es más que un sueño y despierta.

En otra historia, que transcurre varios años después, Carter ha olvidado los métodos para acceder al mundo de los sueños y, para recuperar ese poder, recurre a una llave especial y a una cueva, en la que viaja por tiempos y dimensiones en las que se convierte en chico otra vez y se encuentra con Yog-Sothoth, quien le explica que todos los seres son manifestaciones de otros seres, superiores a ellos y que él mismo, Yog-Sothoth es Carter y es Lovecraft. Carter termina su viaje en el cuerpo de una raza alienígena del planeta Yaddith, haciéndose pasar por un Swami de la India -su última aparición, en un museo donde se encuentran los restos aparentemente momificados de un mago extraterrestre que se enfrentó a una de las deidades de Yuggoth, es en la década de 1880, un par de años después de que su cuerpo físico naciera, quizás mientras llevaba a cabo sus primeras aventuras en el mundo de los sueños.

Lejos del destino común de prácticamente todos los personajes de Lovecraft (distintas formas de locura), Carter encuentra la llave al mundo de los sueños y esa llave le permite no sólo viajar a distintos tiempos y dimensiones, sino también enfrentarse a los dioses exteriores y a sus propios sueños sin miedo. La llave, plateada, quizás sea uno de los aportes más importantes (y subestimados) del autor de Nueva Inglaterra, al permitirnos ver el Mythos detrás de escena, más allá de unas cortinas rojas que parecen salidas de la filmación de Twin Peaks y descubrir que lo que se encuentra detrás no es causa de terror, después de todo. Lo que vemos es a Nyarlatothep desnudo, y en ese momento nos damos cuenta que somos todos manifestaciones del caos reptante.

Twitter del autor: @ferostabio

 

Una crónica híbrida de un viaje alucinado por la literatura y por el espacio geográfico en la que la reseña se funde con la experiencia.

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La ciudad se narra a sí misma. Aunque parecen infinitas, en el Distrito Federal conviven y se forjan millones de historias, individuales y colectivas. Como los cauces de un río amplio y majestuoso, cada historia se multiplica, se cruza y se corrompe al mezclarse con otras. El ser humano es un ser narrativo.

En octubre Rafael Toriz, amigo y colaborador de este espacio, presentó La ciudad alucinada, su fantástico quinto libro, una rara mezcla de géneros que dibujan más el paisaje interno del autor que una realidad urbana o la definición de un país desde un punto de vista extranjero, porque como bien dice:

No debemos entender la ciudad como un espacio cerrado y permanente, puesto que su sitio verdadero, el instante de su acontecer, ocurre en el desplazamiento, en sus distintas aceleraciones y en su abigarrada contingencia: ninguna ciudad es una maqueta.

Habla en particular sobre Buenos Aires, con algunas pinceladas sobre la cultura argentina, pero por añadidura habla también de México, del Distrito Federal o de Xalapa, su ciudad natal. Exiliado por decisión propia en ese país del sur, en su libro despotrica de todos los lugares. El narrador no se contenta con nada, y es ese tono desfachatado y que lleva la contraria lo que ilumina sus páginas.

Digo "el narrador" pese a que el libro está configurado a base de fragmentos: el diario, la crónica y el ensayo, quizá con algunos retazos de ficción indistinguibles del resto. Sin embargo se lee como novela. Al final escribe:

La vida es una novela, una suerte desquiciada de crisoles alucinantes y sensaciones contradictorias: mi existencia ha sido trepidante, desconsolada y hasta dichosa. Soy un personaje dividido en esquirlas. Una conciencia en un laberinto de espejos: barcos henchidos con velas de lumbre. [...] Mi vida es una novela... Me encantaría titularla La ciudad alucinada.

Hay un autor, un narrador y un personaje, que no necesariamente se apellida Toriz, aunque así parezca. Al menos esa es la impresión que me dejó la lectura.

Portada

La manera en que está estructurado recuerda al clásico contemporáneo de Claudio Magris, descrito en la cuarta de forros como sigue:

El Danubio, que ha sido calificado como "un maravilloso viaje en el tiempo y el espacio", enlaza con el "tourisme éclairé" de un Stendhal o un Chateaubriand, e inaugura un nuevo género, a caballo entre la novela y el ensayo, el diario y la autobiografía, la historia cultural y el libro de viajes. En palabras de su autor, el libro es "una especie de novela sumergida: escribo sobre la civilización danubiana, pero también del ojo que la contempla", y fue redactado "con la sensación de escribir mi propia autobiografía".

El libro de Toriz concuerda más con esta descripción que con el libro como tal. La prosa espesa de Magris es el polo puesto de la de Toriz, que vuela y relampaguea mientras la otra se estanca. La sensibilidad tropical del escritor veracruzano contrasta con la mirada fría de la Europa mediterránea, a la que los argentinos se sienten tan apegados. 

Uno de los personajes reales que habitan esas páginas alucinadas es Samuel Covarrubias, fina muestra de esos escritores marginales que poca gente ha leído, que en ocasiones se mencionan en las aulas y cuyos libros se esconden en las librerías de viejo, pues ya nadie los edita. En un texto reciente, Covarrubias confiesa:

Mi relación con la narrativa, que acaso habría podido sacarme de pobre, fue también un tema complicado. Si bien en alguna beca, cuando era más joven, algún tutor vio en mí capacidades para la construcción ficcional, todo se fue al carajo por el exceso de una de las mayores virtudes que puede tener un escritor pero que usada sin moderación es un cáncer en el colon: la ironía, como el amargo de angostura, es necesaria para preparar un buen Martini, pero usada en demasía avinagra la existencia.

La influencia de Covarrubias en Toriz es evidente, junto con Gombrowicz, Wilcock y Fonseca, otros personajes de la misma alucinación.

Más allá de la originalidad del libro y de la prosa que avanza danzando me pregunto cuál es la relación del ser humano con la narrativa. Queremos que nos cuenten historias, que una línea dramática, por llamarla de otro modo, guíe nuestros pasos, quizá porque la vida acaba siendo una narración en sí misma, y la historia de la humanidad se cuenta igual. Al hablar del universo se empieza por el principio de la trama, el big-bang, y las cifras kilométricas que significan fechas nos dan una idea, aunque sea vaga, de su historia, con las perspectivas a futuro como posibilidades narrativas. Fuera de eso sólo queda la especulación. ¿Hay otros universos? ¿El nuestro es parte de algo más grande o no hay nada más? Las leyes de la física que gobiernan este universo parecen claras, y trazan un camino narrativo que podemos entender. Los número tejen su propia historia. Lo demás no lo entendemos, o al menos no como entendemos nuestra vida, la de la humanidad, la de la Tierra y la del universo. Y entonces todo son historias, con su grado de realidad y de ficción.

David Foster Wallace se debatió siempre entre la no-ficción y la ficción. En una carta escribió: "Volveré a ser un escritor de ficción o moriré en el intento"; y en otra: "No sé por qué la comparativa facilidad y el placer de escribir no-ficción siempre confirma mi intuición de que la ficción es realmente Lo Que Tengo Que Hacer, pero es así, y ahora estoy aquí de regreso azotando continuamente (en todos sentidos de la palabra) y alimentando mi bote de basura". Declaraciones notables para un escritor tan dotado para el ensayo. Quizá sintió que la ficción tiene un mayor alcance, o que abre la puerta a ciertos rincones ocultos de la psique y el corazón humanos, como sucedió con Krzysztof Kieslowski cuando dejó de hacer documentales para hacer ficción, por razones similares.

La llegada de Toriz a México coincidió con la orfandad de Breaking Bad, la serie que será recordada como un hito en la historia de la televisión. Se puede recurrir a The Wire, el abuelo, o a The Sopranos, el padre, si es que no se han visto, pero los personajes de Breaking Bad y sus poquísimos momentos estáticos han sido, en mi opinión, hasta ahora imbatibles. El ritmo de la creación de Vince Gilligan no deja tiempo para respirar. Como en las series de televisión el guionista es rey, y el director un empleado más de la franquicia, las historias que ahí se cuentan comienzan a devorarse al cine, su progenitor.

La ciudad alucinada fue para mí un paliativo necesario ante la ausencia de Walter White y Jesse Pinkman: "Vi pasar la soledad del mundo por el quicio de mi ventana".