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Homo sapiens farmakon, un nuevo nombre para nuestra especie

Por: Andrés Cota Hiriart - 10/26/2013

¿Será acaso que la ruptura tecnológica que nos separa de los protagonistas de La Guerra del Fuego podría justificar una alteración de la clasificación biológica con la que nos autodenominamos?

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África, hace aproximadamente ciento sesenta mil años. Bajo el arduo sol de la estepa se manifiesta un acontecimiento que cambiará por completo la historia del planeta (por lo menos durante la era geológica presente): la aparición de los primeros Homo sapiens. Desde entonces, todos los herederos de los genes de esos abuelos universales de la humanidad integramos un árbol genealógico compartido. La noción imperante es que pertenecemos a un linaje evolutivo continuo que, hasta el día de hoy, no ha rebasado el pulgar oponible, la locomoción erguida y el uso de leguaje simbólico complejo.

¿Pero realmente aún somos miembros de la misma especie de homínidos que abandonaron África para poblar el mundo? ¿No se ha suscitado un cambio perceptible que nos diferencie de aquellos humanos primigenios para los cuales una calculadora sería inconcebible? ¿Será acaso que la ruptura tecnológica que nos separa de los protagonistas de La Guerra del Fuego podría justificar una alteración de la clasificación biológica con la que nos autodenominamos?

Quizás sea ya tiempo de echar más leña a la hoguera científica y modificar nuestra filogenia de los llamados simios superiores. Después de todo, la taxonomía es una disciplina que tiene como fundamento aceptar el cambio; así es que no tenemos porque ser conservadores, sacudamos el paradigma anquilosado de la evolución humana y replantemos, de una vez por todas, la identidad de nuestra especie.

La manera más popular para definir una especie es: “un grupo de organismos que bajo condiciones naturales se reproducen entre si y producen descendencia fértil”. Este concepto, acuñado por Dobzhansky y Mayr, es el que goza actualmente de mayor consenso. Sin embargo, para el naturalista versado, no será difícil detectar que dicha definición resulta inoperante para comprender a una buena fracción de los habitantes del planeta. Casos de organismos que se le escapan hay muchos, por ejemplo, los híbridos de las plantas, los seres poseedores de los secretos de la partenogénesis y ni que decir del amplio espectro viviente donde domina la reproducción asexual. Pero no nos detendremos a discutirlos, eso es material para otro ensayo, conformémonos con recalcar el punto de que la demarcación de conjuntos discretos de seres vivos no es una tarea tan fácil como lo pondría sugerir el sentido común y recordemos que la verdad es que las especies no existen como tales; finalmente no son más que grupos artificiales que utilizamos para elaborar clasificaciones subjetivas desde nuestra limitada concepción primate del mundo natural. Tampoco es que haya mucho que podamos hacer por evitarlo, la biología, como todas las demás ciencias, siempre estará permeada por nuestra imposibilidad de escape de nosotros mismos.

Pero no seamos tan estrictos y juguemos por un momento a la sistemática; a fin de cuentas, el hecho de que las especies respondan al carácter de conjuntos interpretativos inventados, no implica por fuerza que fallen completamente a reflejar algo importante del mundo que nos rodea.

Dado que el humano es un mono que nombra las cosas en múltiples idiomas, para ser capaces de proponer un nuevo nombre para la especie, será necesario primero definir un lenguaje particular. Desde que Carlos Linneo, padre de la sistemática, sentará las bases unificadoras para nombrar a los distintos grupos de individuos, el nombre científico cobró la responsabilidad de fungir como título internacional de la identidad biológica. En su aclamado Systema Naturae, el dedicado botánico sueco propuso que las especies fueran bautizadas bajo un sistema binominal, en el cual el primer término se refiere al género del organismo y el segundo hace alusión a alguna particularidad que lo destaque (como si se tratara del nombre de una persona donde el apellido se escribe primero y el nombre propio responde a una finalidad descriptiva). La convención es que esta tarjeta de presentación orgánica debe ser escriba en latín con una tipografía distinta al resto del texto (generalmente letra cursiva). Así, el cocodrilo del Nilo es denominado como Crocodylus niloticus, el champiñón blanco como Agaricus bisporus y la amapola, de donde se extrae el opio, como Papaver somniferum. En el caso de especies sumamente emparentadas existe la posibilidad de incluir un tercer término. El lobo, por ejemplo, es denominado como Canis lupus y los muy cercanos perros domésticos como Canis lupus familiaris.

Tras este breve repaso académico, volvamos al tema que nos atañe. Aunque es cierto que en términos morfológicos no nos diferenciamos rotundamente de nuestros antepasados inmediatos, es innegable que bajo un enfoque de comportamiento pertenecemos a un grupo completamente distinto. Nada tiene que ver la vida cotidiana de nuestros ancestros cazadores-recolectores con el actual día a día promedio plagado de computadoras, coches, transgénicos y centros comerciales.

Es sabido que la etología particular de un grupo de individuos es fundamental para generar el aislamiento reproductivo que tanto auge tiene entre los taxónomos a la hora de diferenciar especies. Con respecto a esto, podemos preguntarnos que tan compatibles serían los extremos históricos que integran al Homo sapiens. ¿Realmente existiría atracción sexual entre un Godines de la del Valle y una mujer paleolítica? ¿Suponemos que un cazador de mamuts del estrecho de Bering encontraría a una señora gorda prediabética como pareja digna para producir descendencia? ¿Qué tanto comparten los humanos tempranos para los cuales el dominio del fuego era una novedad, con su congéneres modernos que guisan la cena en horno de microondas?

Hace mucho tiempo que abandonamos las presiones selectivas que nos separaron del Homo cromañón y que posteriormente nos brindaron con la capacidad de acabar con nuestros competidores más cercanos: los Neandertales, Floresiensis y Denisovans. Las innovaciones evolutivas del tipo lenguaje simbólico complejo, dominio de la agricultura y división del trabajo parecen hoy obsoletas para definirnos como grupo, pues hace rato que rebasamos el momento en que esto implicaba una ventaja decisiva contra conjuntos homólogos. Actualmente nuestras aportaciones como especie responden a otro carácter: el tecnológico. Desde que comenzamos la carrera técnica-mecánica-científica nos precipitamos por el espacio-tiempo trepidantemente, alcanzando un grado de desarrollo no compartido con ningún otro ser vivo.

¿Cuál fue el factor determinante de esta explosión adaptativa? ¿Qué aspecto fundamental nos abrió el abanico de posibilidades? Podríamos afirmar que en gran medida el éxito y a la vez yugo actual de nuestra especie subyace en la condición de poder burlar a la muerte. Es innegable que la humanidad cambió drásticamente a partir de que aumentamos el repertorio de herramientas para nuestra supervivencia. No hay duda alguna: la llegada de la medicina marcó un evento que transformó profundamente las reglas del juego evolutivo.

Los humanos contemporáneos, entiéndase por esto de un par de miles de años para atrás hasta el momento presente, figuramos como los únicos entes conocidos que sanan sus afecciones fisiológicas y mentales por medio de sustancias externas. Arreglamos desperfectos congénitos, combatimos invasiones patológicas y nos reproducimos prácticamente todos los miembros de la estirpe. Ya sea por medio de plantas, fármacos, drogas o puro y rudimentario efecto placebo, hemos perfeccionado la virtud de la curación a tal grado que alteramos los patrones naturales y sobrepoblamos el planeta. No es precisamente que hayamos escapado totalmente del ciclo mortuorio, pero sí conseguimos estirar sus límites hasta grados inverosímiles. Sobrevivimos a casi todo, con la condición de ingerir unas cuantas píldoras cotidianamente, doblamos la edad alcanzada por la generación anterior. En unos cuantos siglos la expectativa de vida media pasó de treinta y cinco años, a cerca de ochenta. La fuente de la eterna juventud no figura ya como un misterio, desde hace varias décadas se encuentra contenida en los anaqueles de la farmacia.

Podríamos proponer entonces que el nuevo nombre científico para nuestra especie sea: Homo sapiens farmakon. Porque si bien es la tecnología la que nos ha proyectado desenfrenadamente como grupo taxonómico, es la medicina la que nos ha otorgado la capacidad de evadir el sistema darwiniano de selección natural.

Quizás pueda parecer algo extremo afirmar que sin sistema de salud no habría nada. Pero imaginemos un mundo en el que no existieran sus beneficios. No estoy decretando si este sería mejor o peor, simplemente que la totalidad de la experiencia humana se vería gravemente afectada si aún muriéramos de viejos a los treinta. Habría que cotejar la probabilidad de contar con internet, arte abstracto, carne de soya, naves espaciales y Google si no tuviéramos antibióticos y vacunas. O si se prefiere bajo un marco histórico más amplio, sin el repertorio de remedios que fuimos desarrollando nunca hubiera sido posible establecernos en comunidades más grandes que tribus. Porque hasta las epidemias más inocuas habrían barrido con nuestros asentamientos. Y entonces sí, la cultura, la literatura, la tecnología y demás disciplinas que se desee enumerar, jamás podrían haber alcanzado su nivel actual.

Como suele suceder con todas las cosas que nos distinguen, nos las hemos arreglado para llevar la medicina moderna hasta sus últimas consecuencias. La era de esplendor del Homo sapiens farmakon está marcada por una diversidad casi absurda de medicamentos y una población de individuos definitivamente exagerada. Somos muchos y seremos más, y cada vez la fracción humana correspondiente a la ancianidad será más grande: según la O.N.U. en el 2050 alcanzará el dieciséis por ciento de la población global. Se calcula que los adultos mayores consumen, en promedio, entre tres y cuatro comprimidos al día. Tomando en cuenta que aproximadamente el ocho por ciento de la población terrestre cuenta con sesenta y cinco años o más, estamos hablando de dos mil millones de pastillas diarias. Y si a esta cifra agregamos a los niños, enfermos crónicos, alérgicos e infectados por patógenos, entonces, la cantidad de medicamentos utilizados diariamente por la humanidad, aumenta exponencialmente. Los números no son fáciles de estimar, pero con facilidad se rebasan los cuatro mil millones de unidades por día .

Sin embargo, por mucho que avance la ciencia, nunca podremos eludir el viejo proverbio: polvo somos y en polvo nos convertiremos. Al menos en un sentido químico así es: moléculas somos y en átomos libres nos disgregaremos. Mientras nuestra certera extinción llega a su momento, sigámosle tupiendo con gusto a los fármacos que nos dan identidad…

 

 

¿Las teorías de conspiración ponen en riesgo la democracia?

Por: pijamasurf - 10/26/2013

Es posible que una de las cosas de las que las teorías de conspiración se alimentan, a la vez que el silencio, es de un exceso de información.

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¿Qué pensamos al escuchar "teorías de conspiración"? ¿Pensamos en que los alunizajes de la NASA fueron falsos, en que hubo un segundo tirador en el asesinato de JFK, que la CIA descubrió la manera de teletransportar a sus agentes dentro y fuera  de espacios privados? En nuestros días y con la creciente paranoia relativa a proyectos como PRISM de la NSA, que virtualmente permite que el gobierno de EU tenga acceso a la información privada de cualquier persona del mundo (incluidos primeros mandatarios como Enrique Peña Nieto de México o Angela Merkel de Alemania), el uso privado que se hace de información pública, así como la justificación para tener acceso a dicha información, es lo que constituye la moderna teoría de conspiración. En otras palabras, ¿qué información está en legítima posesión del gobierno, cuál no, y para qué la quieren?

Vivimos en una era dorada para el crecimiento y reproducción de estas teorías: asumimos que las autoridades siempre tienen segundas agendas, o que un comunicado de prensa arroja siempre pistas falsas para encubrir la verdad. ¿Pero es un asunto de desconfianza en el gobierno o de que los gobiernos en realidad forman un bunker informativo a su alrededor con el objetivo de ocultar la verdad a la gente? El columnista y académico John Naughton explica que "la razón por la que tenemos teorías de conspiración es porque en algunas ocasiones los gobiernos y las organizaciones, de hecho, conspiran."

Naughton es uno de los tres investigadores principales en un nuevo proyecto de la Universidad de Cambridge para investigar el impacto de las teorías de conspiración en las democracias actuales. La idea es comparar las modernas teorías, altamente influenciadas por el acceso a la información en Internet, con teorías "clásicas" de conspiración, como el asesinato de John F. Kennedy o el 9/11. En una charla dentro de dicha universidad, Naughton afirmó que "en el minuto en que llegas a lo de JFK, y en el minuto en que metes la nariz en lo del 9/11, comienzas a perder las ganas de vivir." 

Sir Richard Evans es otro de los investigadores de las teorías de conspiración en su relación con la democracia; el objetivo del estudio, afirma, no es probar o desaprobar teorías particulares, sino simplemente estudiar su impacto en nuestra cultura y sociedad. Pero es David Runciman, el tercero de los investigadores del proyecto, quien nos da una pauta más terrestre y menos paranoica de lo que puede explicar el auge de las teorías de conspiración: 

"Existe un punto de vista convencional de que están estos conspiradores, quienes son personas siniestras y malignas que saben lo que hacen, y están los teóricos de la conspiración, quienes en ocasiones tropiezan con la verdad, pero que están totalmente paranoides y locos. [Pero] de hecho, los conspiradores a menudo son los teóricos de la conspiración, paranoides y locos, porque en su tentativa de cubrir sus fracasos, se ven envueltos en una red en la que la autojustificación presupone una conspiración gigante tratando de exponer su conspiración."

Este esquema de Runciman (el político inhábil que trata de ocultar una mentira con otra mentira) es congruente "en la mayoría de escándalos políticos, incluyendo el Watergate." ¿Cómo esperar, entonces, que los gobiernos actuales, que se pretenden democráticos, permitan un mayor acceso a la información así como a la transparencia en la rendición de cuentas, ingredientes básicos para un país democrático? Para Runciman, no es asunto sencillo:

"Es posible que una de las cosas de las que las teorías de conspiración se alimentan, a la vez que el silencio, es de un exceso de información. Y cuando existe una masa de información ahí afuera, se vuelve más fácil para la gente el encontrar un camino hacia la conclusión que desean encontrar."

"Además", continúa Runciman, "no tienes que ser especialmente cínico para creer que, en la era del gobierno abierto, los gobiernos serán mucho más cuidadosos en mantener secretas las cosas que desean mantener secretas. La demanda de mayor apertura siempre produce, además de mayor apertura, mayor secreto."

Al referirse a las teorías de conspiración, el guionista de cómics y escritor inglés Alan Moore decía que tal vez las teorías de conspiración existen para darnos la sensación de que "alguien" tiene el control de lo que está pasando, de los eventos a nivel mundial, del estado actual de la civilización, para darnos a través de ellas la sensación de que el mundo no es un completo caos; pero podríamos agregar que lo terrible puede ser que, de hecho, las teorías de conspiración funcionen en escalas geográficas y temporales limitadas, en el margen de un gobierno o una coyuntura política precisa: que tal vez formen parte del arsenal de herramientas políticas de los que los gobiernos echan mano, y que, aunque nos parezca aterrador, debajo del halo de misterio y secrecía existe más de lo que el ojo puede ver a simple vista.