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Estudio comprueba que las mentes de narrador y escucha se sincronizan, compartiendo idénticas funciones en diversas regiones de sus cerebros.

Tal vez habrás reflexionado ya sobre la neuro-empatía que se genera en las mentes de dos interlocutores. Llevado a un plano íntimo, lo anterior queda en evidencia cuando leemos y sentimos una particular conexión con esa ‘entidad’, aparentemente distante, que nos está narrando algo –o incluso, más allá del autor, con el propio protagonista de la narración, el personaje.

En el caso de la lectura, Aeolus Kephas, en su memorable ensayo “Escritores en el cielo de Hades”, advierte:

Una combinación entre buena escritura con buena (atenta) lectura crea en nosotros un estado de trance que involucra un empalme entre nuestro estado mental y aquél del autor al momento de escribir… contenida dentro de las propias palabras, existe una carga de información oculta que sobrevive a cualquier número de traducciones o reimpresiones y permanece invisible e indetectable en el texto mismo. Lo que hace a Dostoievski un gran escritor… es que su frecuencia cerebral se sintonizaba con la de los personajes imaginados, lo que provocaba que hubiese una mínima distancia entre el creador y su creación.

También, probablemente, habrás notado que cuando conversas con alguien la transmisión de información va mucho más allá de la simple comprensión de las palabras que se están empleando. Existe una danza de emociones compartidas, de flujos sinergéticos –del caos al orden, y de regreso–, que sumergen a los participantes en una comunión meta-lingüística.

Un estudio reciente, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, expuso a once personas a la grabación de una historia. Los investigadores Greg Stephens y Uri Hasson comprobaron que la actividad cerebral de la narradora y la de los escuchas, era la misma –exactamente las mismas regiones del cerebro que se activaban, al mismo tiempo, en ambos casos.

Si bien en este estudio las activaciones eran simultáneas, también se ha registrado que, en otros casos, la activación cerebral del narrador ocurre segundos antes que en los escuchas o, incluso, situaciones donde estos últimos parecen anticipar la continuación de la historia y experimentan la actividad neuronal antes que el propio narrador.

Un eslabón importante dentro de esta dinámica son las neuronas espejo, células del cerebro que son activadas cuando hacemos algo, pero también cuando observamos a otra persona hacer la misma acción –como una especie de eco memético que genera una eufórica interconexión entre tú y todos aquellos con quienes interactúas. Las neuronas espejo reflejan al interior de una persona, lo que está sucediendo en a su alrededor, como si el observador fuese (y creo que en verdad lo es), el protagonista.

Por ahora hay que reconocer que, a pesar de la emoción que nos genera la aventura neurocientífica, esta aún se encuentra alboreando. Los investigadores desconocen en buena medida el papel de las regiones activadas mediante narraciones, y las deducciones en torno a la sincronización cerebral entre narrador y escucha aún mantiene múltiples enigmas –como un afortunado jardín secreto. Pero, como suele suceder en estos casos, no deja de resultar delicioso, al menos para la región convencional de nuestra psique, confirmar que muchos (y eventualmente quizá todos) esos pequeños y apasionantes fenómenos, como sincronicidades, pinceladas telepáticas, o algoritmos emocionales, a fin de cuentas si están impresos también en este plano, que son medibles, y comprobables.   

*Gracias por leer este breve texto, espero que también hayas disfrutado la sintonización de nuestros cerebros, como un masaje compartido.

Twitter del autor: @ParadoxeParadis 

 

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Si la natureleza puede considerarse un campo de memoria viva, entonces es posible entenderla como un texto y un lienzo; leerse y escribir sobre ella.

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«El verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras, y si conoces las palabras de las que está hecho el mundo puedes hacer de él lo que quieras».-Terence Mckenna

En la primera parte de este artículo exploramos la posibilidad de que el agua sea capaz de almacenar una memoria, siendo esencialmente un conducto de información que puede tomar cualquier forma–potencia pura. En esta segunda y última parte jugaremos con esta idea, científicamente discutible pero no por ello menos fascinante, y la ligaremos con la idea de que la naturaleza en sí misma es una red de memoria viviente. Abriendo la posibilidad de que, bajo el dominio de un arte secreto o de una poderosa intención, el ser humano pueda escribir ya no sólo sobre páginas sino también sobre ríos, piedras y lugares que amalgaman sus diversos elementos de manera unitaria, como puede ser una montaña y un jardín. Nos aventuramos a una cifra pagana, a un código arcano: la posibilidad de  utilizar al tiempo como materia prima y dejar codificados momentos, con toda su riqueza multisensorial, que pueden ser sintonizados y experimentados en el futuro.

Buena parte de la cosmogonía de la antigüedad se construye en torno a la noción de que los lugares albergan ciertas energías o ciertos espíritus y pueden ser usados como puertos de comunicación que codifican una memoria resonante. Sin duda, mucha de las construcciones de culturas como la egipcia, la maya o la inca, por citar algunas, aunque aún mantienen un origen y un propósito misterioso, pueden ser entendidas como espacio activadores de una memoria o un estado de conciencia particular, esto a través de la conjunción armónica de diferentes elementos como la luz, el sonido, las formas geométricas de la arquitectura, las imágenes labradas y los símbolos, tanto numéricos como iconográficos. La idea rectora del mito que encarna en la arquitectura ceremonial es que  lo que sucedió en el origen sigue informando lo que sucede en el presente: el tiempo es una representación dinámica de la eternidad o de lo sagrado. "Lo que pasó sigue pasando”, dijo Octavio Paz. Lo que ha pasado antes tiene mayor posibilidad de volver a pasar, explica  Rupert Sheldrake, desde la biología, en su teoría de la habituación y la resonancia morfogenética. De aquí se desdobla que lo sagrado es aquello que logra conservar una intención --un código alineado a los principios del cosmos, al código fuente. Una piedra, un templo, una puerta, un muro, pero también la red de relaciones que forman, pueden ser los sucedáneos de un lenguaje que revela su hermenéutica a aquel que conoce los signos o que puede percibir sus trazos. El mensaje no está sólo en los glifos, en las piedras en los árboles, en la luz del sol, en el agua del río, etc., está en todas partes, en una suma que supera a sus elementos.

La posibilidad de que la naturaleza sea un libro o una cámara de ecos que registra nuestras firmas (energéticas o etéreas) puede resultar inverosímil para algunos. Sin embargo, debemos recordar que dentro de la mayoría de las comosvisiones más antiguas, culturas tan avanzadas como la maya e incluso la griega, como pequeñas comunidades inclinadas al chamanismo, la naturaleza y todos sus elementos son percibidos como un concierto de signos. Incluso podemos hablar de una jerarquía protagonizada por aquellos que logran entablar una comunicación más desarrollada con la naturaleza y sus ciclos: tanto los reyes como los sacerdotes son fundamentalmente puentes y traductores de estos mensajes, provengan de la tierra o de los cielos. 

La cosmovisión moderna cientificista, racional y apuntalada en la tecnología, sugiere que, en palabras de Sartre, la naturaleza es muda.  Sin embargo, también es posible que la naturaleza no sea muda, sino que nuestros hábitos nos han alejado de su interlocución. (Aunque de cualquier forma la utilizamos para comunicarnos: las computadoras y teléfonos que ubicuamente nos sirven para comunicarnos después de todos son parte de la matriz natural de la tierra, son elementos planetarios transformados en aparatos de intermediación). Si concedemos que la naturaleza de alguna manera se comunica, habla o susurra, tiene un lenguaje y un mensaje, entonces debemos de suponer que también escucha --ya que para que exista una comunicación debe de haber un proceso bidreccional). Este es el centro de la tesis que exploramos: se abre el lienzo, como un jardín entre dos hileras de árboles. Escribió Terence Mckenna

El análisis racional nos dice que la materia sólo está compuesta de átomos moviéndose en el espacio obedientes a leyes matemáticas invariantes y toda la creatividad, todo el sentido de conexión que experimentamos como seres vivos contemplando la naturaleza como miembros de la sociedad es negado. Y esto llega a su culminación en una frase de Jean Paul Sartre, que dijo “la naturaleza es muda”. La naturaleza no da claves, el hombre está solo en el universo, con sus complejos y obsesiones, él confiere el significado. Yo rechazo esto, creo que el mensaje de la experiencia pisodélica es que la naturaleza se está comunicando, todo ser está lleno de lenguaje.

¿Podemos escribir en los ríos? Grabar pensamientos, intenciones y hasta símbolos en páginas líquidas, en cuerpos transparentes que revelan su texto a aquellos que han aprendido a hablar un lenguaje --el lenguaje vivo de la naturaleza. Ríos que quizás de todas maneras están diciendo, como el río en el que Siddartha comprendió el secreto del mundo, y despertó, consciente de la impermanencia, escuchando el murmullo de la eternidad... Ríos que han sido dioses desde el albor del mundo; han llevado nombres que evocan una personalidad, una cierta cualidad de conducir y reflejar estados. Hay ríos que lavan las penas, ríos de la muerte, ríos de la vida, ríos de la luz y la oscuridad, ríos que provocan el olvido o que rejuvenecen a los que se bañan o beben de sus aguas.

Existen dos acercamientos a la escritura fluvial, hacer de los ríos textos o de los textos ríos.  El mejor ejemplo de un acercamiento desde la literatura es Finnegans Wake, esa obra total, obsesionada con los ríos, experimento de demiurgo de cifrar el mundo y permitir su reconstrucción no sólo a través del texto sino del flujo: si somos capaces de penetrar el proceso, no de segmentarlo en bloques sino de sumergirnos en él, entonces somos ese mismo Logos que aleteó como una serpiente en las aguas primordiales y que sigue corriendo a través del mundo. La literatura, como las civilizaciones, se erige al costado de los ríos.  Por otro lado es concebible que existan esrcitores cuyo nombre se ha fundido con el mundo, quizás como algunos de los ollaves druidas que decodificaron el alfabeto de los árboles y cuya poesía era indisociable de la naturaleza y sus transformaciones, como el legendario Taliesin.

 

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La escritura es una forma de memoria. En su origen incluso se debatía si debíamos de prohibirla para no afectar nuestra capacidad mnemotécnica. Un debate similar se ha dado con el surgimiento de Google. Esta sanción resulta un poco absurda si creemos que en realidad la memoria está en todas partes, el cerebro sólo es el órgano más sofisticado para agruparla y sintonizarla. Las cosas son memoria. Hay quienes en las paredes blancas ven fantasmas, hay quienes en el silencio escuchan voces que se repiten o extraen cierta música del viento entre los árboles. Nuestra personalidad misma, más que una entidad fija, puede entenderse sólo como una memoria activa. Más que ser una esencia inalterable somos lo que recordamos que somos. Platón encontró una identidad entre el alma y la memoria: recordar era conocer aquello que somos, algo fundamentalmente espiritual. Una memoria más sutil que habla sobre nuestra propia identidad o que nos llama hacia otro tiempo, podría estar inscrita en la naturaleza.

El ejercicio imaginativo de entender el agua como un paquete de memoria y el flujo como una coordenada de texto es sumamente rico. Podemos imaginar que  una ola es un signo específico, si bien se alimenta de la totalidad del mar, como cada plabara que se refiere a otra y así infinitamente en una red estructuralista, carga con un significado que se revela en el momento (la ola como la eclosión del mar: un monumento al momento). La naturaleza se revela como un texto, según Omraam Mikhael Aivanhov.

Para el iniciado, leer significa poder descifrar las dimensiones sutiles y ocultas de los objetos y seres vivientes,interpretar los símbolos y signos colocados en todas partes por la Inteligencia Cósmica en el gran libro de la naturaleza. Escribir significa dejar nuestra marca en ese gran libro, actuar sobre las piedras, plantas, animales y hombres a través de la fuerza mágica de nuestro espíritu.

Proyecta tus imágenes en el río de un dios, dice la poeta @deja_raconte, este es el acto cumbre de la imaginación, que toma a la naturaleza como aliado en la creación. Una creación ya no sólo de un texto o de un templo, sino de una experiencia cifrada. La misma literatura antigua sugiere quer así los dioses crearon el mundo: proyectando sus imágenes en el agua, otredades que luego persiguieron, un ardor entre las olas.

En su ensayo Escritores del Cielo en Hades, Jason Horsley hace un tratado psicológico de lo se necesita para poder escribir nuestra propia historia sobre el mundo e individuarnos. "Lee la escritura en el cielo", dice Horsley, lee las palabras del agua, las letras de las aves... sobre este proceso de leer el texto de la naturelaza y escribir sobre ella:

Esto los remodela con la opción, ahora que se han reducido a la nada y han entrado en el todo, de cambiar el guión y reescribir el programa de creación. Los chamanes se convierten entonces no solo en los autores de su propia realidad, sino también de la de todos los demás a través de esa transmisión empática cuya fuente es la fusión a cuerpo completo con el colectivo, para el bien de todos. Los soñadores lúcidos dentro del sueño despierto de la mente grupal están en el mundo pero no son del mundo. Estos chamanes no solo son caminantes del cielo, son escritores del cielo.

Twitter del autor: @alepholo