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Hitler era vegetariano: revelación de la mujer que probaba la comida del Führer

Sociedad

Por: pijamasurf - 06/08/2013

El periódico alemán Spiegel entrevistó a Margot Wölk, joven que por azar terminó probando la comida de Adolf Hitler en caso de que esta estuviera envenenada; en su experiencia descubrió que el Führer era vegetariano.

hitler_vegetarianoDesde tiempos remotos los grandes hombres de poder han tenido a su lado a personas con el encargo de probar alimentos y bebidas destinadas originalmente al tirano, rey, gobernante, dictador o quien sea que al mismo tiempo que tiene necesidad de comer y beber, siente temor de que dichos alimentos estén envenados. Como bien señaló Elias Canetti en su lúcido Masa y poder, la posición de preeminencia de una persona sobre otras viene acompañada, casi indisociablemente, de una aguda paranoia, el miedo incesante no a perder la vida o a ser dañado, sino más bien a perder ese poder, la raíz verdadera del miedo.

En este sentido, pese a la idea que posiblemente tenía de sí mismo, Adolf Hitler era un sujeto bastante regular, un individuo con las mismas reacciones y comportamientos que casi cualquiera que por uno u otro motivo se encuentra en esa rara encrucijada existencial que termina por otorgar poder a una persona.

En su caso la persona encargada de probar los alimentos del Führer era un grupo de 15 mujeres quienes realizaban dicha tarea por obligación. Entre estas se encontraba Margot Wölk, entonces de 24 años, quien luego huir de Berlín a causa de los bombardeos de 1941, encontró refugio en Gross-Partsch (una ciudad en Prusia que ahora pertenece a Polonia con el nombre de Parcz), sin imaginar que ese sería el cuartel de los nazis en el Frente Este. Una mañana, oficiales de la SS llegaron a casa de Wölk y se la llevaron consigo.

A partir de entonces la muchacha pasó a formar parte del equipo que probaba los alimentos del Führer, en buena medida por los rumores crecientes de que los Aliados planeaban envenenarlo. Sus labores comenzaban desde temprano siempre y cuando Hitler se encontrara en Wolfsschanze, la “Guarida del Lobo” que fue también uno de los mayores cuarteles nazis de la Segunda guerra mundial.

Recientemente el conocido periódico alemán Spiegel realizó un amplio reportaje sobre Wölk, destacando cómo, más allá de la metáfora, su vida pendía de un bocado. Si de verdad había veneno en la comida o la bebida de Hitler, la mujer sería una de las primeras en saberlo.

Entre las revelaciones más sorprendentes de los hábitos alimenticios del Führer destaca su vegetarianismo. Cuenta Wölk que la comida en Wolfsschanze provenía de Krausendorf, donde se cocinaba. En el cuartel el resto del personal al servicio de Hitler completaba los platillos con vegetales, salsas, fideos y frutas exóticas, para después llevarlos a una habitación donde los colocaban en una gran mesa de madera, el preámbulo para que los probadores hicieran su trabajo.

“Nunca había carne, porque Hitler era vegetariano. La comida era buena, muy buena, pero no podíamos disfrutarla”, recuerda Wölk.

[Spiegel]

Miles de brasileños exigen justicia y dignidad en las calles, mientras alrededor del mundo millones de personas les aplauden desde su cómoda rutina cotidiana.

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En años recientes Brasil se ha convertido en un ícono de dualidad. Por un lado, apoyado en algunos aciertos estratégicos y en sus dimensiones –tanto geográficas, como demográficas–, se ha perfilado como una de las economías con mayor crecimiento, encabezando por amplio margen a Latinoamérica. Mientras que otra de sus facetas, y seguramente la más palpable para el grueso de la población, lo cierto es que Brasil sigue destacando por la inseguridad que reina en sus mayores ciudades, por la corrupción generalizada entre sus gobernantes, y por la notable pobreza en la que se encuentra sumergida una buena parte de sus habitantes. 

A un año de que se celebre la Copa del Mundo en este territorio, tal vez el más futbolero del planeta, y mientras se lleva a cabo la Copa Confederaciones, miles de brasileños aprovecharon la atención mediática para manifestarse en contra de los costos que implicará organizar en 2014 el mayor torneo de futbol (13 mil millones de dólares tan solo en renovar estadios), en contraste con las malas condiciones de vida que imperan en este país –aunado a demandas contra la corrupción de la clase política, el incremento en el costo del transporte público, etc. 

Generalmente la FIFA (acrónimo que, por casualidad, se lleva fonéticamente bien con la palabra 'mafia'), suele enfatizar en los beneficios económicos que conlleva para un país auspiciar este magno torneo. Sin embargo, creo que sería relativamente fácil probar que el verdadero beneficio termina en las arcas de las grandes marcas y corporaciones que danzan alrededor de los vencedores y los vencidos, mientras que la derrama en la población local termina por ser efímera.

En su columna "El Inversor", publicada semanalmente en este medio, Pablo Doberti, quien además radica en Brasil, advirtió:

No percibo aires transformadores en las mareas humanas que han salido a las calles en estos días en Brasil. Y serían necesarios. No presiento por debajo de esa peregrinación espontánea y voluntaria ningún proyecto. No los siento ilusionados con nada. Tal vez decepcionados, pero no es lo mismo. Veo mucho ímpetu, muchas energías desplegadas a favor de no se sabe bien qué. Pero tienen voluntad. Y son miles de miles. [...] Ni unos ni otros tienen un proyecto de transformación social hondo. No hay por debajo un debate político significativo. Son tensiones funcionales –diría- al modelo imperante. Son juegos dentro del mismo paradigma político. Discuten eficiencia y moral, no proyecto.

Y confieso que comparto con Pablo la idea de que, más allá de emotivas demostraciones de denuncia y hartazgo, lo que realmente necesitamos –Brasil, México, todos–,  es editar a fondo las estructuras que nos rigen. Es más, ni siquiera soy particularmente devoto de salir a la calle a protestar –creo que es una trinchera que, aunque no inútil, en cambio si gastada y bastante medida ya por el sistema. Pero por otro lado no puedo evitar sentirme contagiado por el clamor de los brasileños, manifestación que me parece aún más significativa si consideramos que ellos, sonrientes apasionados del futbol, advierten a su gobierno, y al resto del mundo, que fácilmente cambiarían la organización de esta 'fiesta', por condiciones de vida más dignas. En cierto sentido me emociona comprobar que el 'circo' es una herramienta cada vez más endeble para aletargar a una población castigada.

En fin, más allá de la empatía que me han producido las manifestaciones registradas en Brasil, y de mi escepticismo ante el valor "transformacional" de este tipo de recursos, creo que a fin de cuentas el mensaje es claro: mientras miles de brasileños salen a las calles  ¿tú qué estás haciendo?

Twitter del autor: @paradoxeparadis