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Camina la palabra (mejor guardar silencio antes de pronunciar palabras que no quieras caminar)

AlterCultura

Por: Mitsy Ferrant - 06/12/2013

Nuestra realidad es esencialmente lenguaje, es en la palabra donde se encuentra la posibilidad de transformarla, de hackearla. ¿Por qué no entonces volver consciente el uso que hacemos de ellas?

sagrada

Existen posiblemente tantas realidades como existimos seres vivos. Todo siempre tan relativo; caleidoscopios de realidad espejeando según el ojo que lo mira. Lo que es bueno/bonito para mí, puede ser lo contrario para ti, existimos en un mundo de opuestos y complementos. Millones de posibilidades desdoblándose continuamente en universos paralelos que logran, sin embargo y pese a todo, proyectarse, nacer, ser, co-existir y comunicar. Y dentro de este infinito y maravilloso fractal, existen dos códigos sagrados que todo engloban: la palabra y el lenguaje de la naturaleza, la Geometría Sagrada. 

Ambos códigos dan forma a nuestra realidad (la que cada uno percibe y se traduce a sí mismo), transformando información y emociones en acciones; creando, reproduciendo, materializando esa sincronía tan maravillosamente compleja que llamamos y experimentamos como vida.  Co-existimos con ellos desde el día en que somos concebidos, y nuestra percepción de ellos estará en constante evolución a lo largo de nuestra existencia. Sin ellos no somos. 

Terence McKenna nos recuerda: “El verdadero secreto de la magia es que el mundo está hecho de palabras. Y cuando sabes las palabras de las que el mundo está hecho, puedes hacer de él lo que quieras… si el mundo está hecho de código, entonces lo podemos hackear.” 

Las palabras que usamos para narrar nuestra historia configuran nuestro escenario. Somos entonces  completamente responsables de nuestro entorno —aunque generalmente tenemos poca conciencia de las palabras que escogemos para encarnar. Ignoramos el enorme poder que involucra el pronunciarlas, el papel que jugamos en la creación de nuestra realidad. 

Vivimos en un mundo donde el silencio es casi imposible de experimentar. Como sociedad tememos y huimos esos momentos/espacios que nos obligan a escuchar (-nos, el entorno, la naturaleza, nada). Y para evitar confrontarnos vomitamos palabras sin conciencia, creando realidades que luego llegamos  a cuestionar y percibir estupefactos, sorprendidos de las consecuencias que tenemos que pagar. 

El lenguaje es sagrado, en todas sus formas. La palabra es ritual, semilla de vida, creación mágica. Y cuando se abusa de ella, como de todo, se genera atrofia, se crea caos, nace la confusión en todos los planos posibles y concebibles. Siempre es mejor guardar simple silencio, permitirse observar, escuchar, sentir, absorber todos los elementos que configuran nuestras circunstancias  para luego hablar, y por lo tanto crear —incluso comerciales televisados en los 90’s nos recordaban contar hasta 10 antes de actuar. Se nos olvida constantemente que lo que pronunciamos no solo configura nuestra realidad sino que se vuelve circunstancia de los que nos rodean —Todos Somos Uno, espejos co-creadores entrelazados infinitamente. Todo existe. Todo es. Todo lo que puedes nombrar ya tiene vida en algún plano. Todo es posible con tan solo pronunciarlo. 

¿Por qué entonces seguir configurando escenarios que no queremos experimentar? Si cada uno es responsable de la realidad que encarna, de las palabras que pronuncia, y de las circunstancias del que lo rodea, ¿por qué estamos escogiendo vivir en esta realidad —que sinceramente parece estar un poco de cabeza? Vivimos rodeados de violencia, abuso, miedo, intolerancia, culpando siempre al otro de lo que es o no es… Y casi nunca nos paramos para observar, casi nunca callamos antes de hablar. Pronunciamos maldiciones por doquier, configuramos inconscientemente y egoístamente sin pensar en las consecuencias, como si fuéramos entidades aparte de todo. Re-accionamos en vez de actuar, eternas victimas de nuestras reacciones/sensaciones. Hablamos sin caminar la palabra, sin rendirle honor como se merece. 

¿No es mejor acaso paramos un poco para observar, asimilar, traducir la data, antes de crear escenarios que no deseamos experimentar? Todo es un proceso, todo toma tiempo  –cosa que extrañamente no existe (me imagino que eso puede jugar un factor en que se nos complique esta dinámica). En la vida, todo encaja perfectamente, engranaje Divino del que somos parte afortunadamente. Para recibir hay que dar, todo se retro-alimenta y nace para hacer posible la existencia de otra entidad. Sofía espejea y mapea, replica, evoluciona, multiplica, siempre generando vida. Si queremos cambiar algo de lo que vivimos, se trata simplemente, creo yo, de tener la claridad suficiente para poder percibir aunque sea susceptiblemente el mundo que quieres experimentar, para poder entonces pronunciar las palabras que le den forma a la realidad que realmente quieres materializar y respaldar desde tu corazón. No importa que sea lo que queramos proyectar mientras retomemos conciencia de nuestro papel como creadores y asumamos la responsabilidad del impacto que tienen las palabras pronunciadas, las características configuradas por nosotros en nuestra realidad. 

Observemos pues los mecanismos que utiliza nuestro entorno para evolucionar, los tiempos/espacios que se da para ser. Sintonicemos con el lenguaje de la naturaleza, re-conectando con la esencia, con el silencio, con el movimiento natural. Recordemos que aunque no queramos somos parte de ella, réplicas exactas del macro-cosmos. Probemos tomarnos el tiempo  de entender cómo estamos reflejando, potencializando y resintiendo ese momento exacto y único que estamos viviendo antes de dictaminar nuestro próximo escenario. Todo está ahí, la Geometría Sagrada es el código de vida rector, el primer lenguaje, con ella nace la forma. En ella están todas las respuestas, en ella y gracias a ella existen los mapas que nos permiten tomar conciencia de nuestro territorio de juego. “A través de la Geometría descubrimos el poder, la sabiduría y la bondad del Gran Creador del Universo y observamos con deleite las proporciones que conectan a la máquina” (advierte un texto Masónico del siglo XVI). Si tenemos suerte y nuestro esfuerzo lo amerita, es muy probable que descubramos en ella las palabras necesarias para crear un mundo que realmente espejee nuestros deseos mas sinceros y puros. La naturaleza como eterna y divina maestra, facilitadora de esos espacios sagrados que uno necesita para volverse a encontrar. Mamá Natura, impecable, paciente y exquisita; características que parecen escasear en nuestro escenario contemporáneo.  

¿Será que ahí está la clave para hackear nuestra realidad? 

Recordemos que somos alquimia pura, pulsando a través de reacciones químicas directamente ligadas con nuestro entorno. “Toda acción provoca reacciones”,  dice Lao Tse, es realmente así de básico y sencillo. Podemos ser actor o victima de nuestras vidas… y la clave probablemente está en tomarte el tiempo/espacio de escuchar, observar y elegir conscientemente la palabra que pronunciaras. Quizá así podamos realmente empezar caminar la palabra y recordar que el camino se goza. Ojalá*

Twitter de la autora: @ellemiroir

Evocamos a Purusha, el hombre cósmico, compañero del sol, guardían de la conciencia en el ojo de la luz y exploramos ese placer singular de encontrar metáforas para describir al universo --o a la divinidad.

purusa

La principal herramienta que tiene el ser humano para comprender el mundo es el lenguaje --al menos de que nos elevemos a las estrellas como pulpos telepáticos... La mayor sofisticación, pero también la mayor eficiencia --en tanto a que comunica una mayor cantidad de información-- que hemos desarrollado en cuanto al uso de las palabras es la metáfora, o el símbolo con una añadida dimensión no-verbal. Resulta lógico, entonces, que busquemos metáforas y símbolos para comunicar nuestras experiencias. Algunas experiencias tienen una cierta cualidad inefable en tanto a que nos remiten a atisbos cognitivos que desafían los límites de la expresión (como la secuencialidad y la temporalidad), pero no por ello dejan de desear comunicarse. Se dice que sólo podemos entender lo que podemos describir --a veces incluso se dice que no entendemos lo que no podemos explicar a un niño. Conceptos tan complejos como la divinidad, la inconmensurabilidad, el infinito, son difíciles de comunicar --a veces es más fácil evocar una imagen que una definición o un discurso filosófico y confiar en que en la imagen, en su fuerza simbólica o en su sugestión sinestética, se imbuya y transfiera un significado y un sentido profundo.

El hombre es deseo de ser dios, se dice, pero también el hombre es deseo de comunicar el dios sentido. El ansía existencial por encontrar sentido nos lleva no sólo a buscar experiencias místicas que penetren el territorio del misterio, también a encontrar estructuras conceptuales que  articulen lo secreto y acaso sirvan como mapas de navegación --en las regiones invisibles de la conciencia, los símbolos son los postes en el camino.

La poesía comparte con la física la noción de que la teoría más elegante, la que tiene una mayor armonía estética, como principio, se acerca más a la verdad y merece mayor aceptación. El misticismo se sirve de la poesía para referirse a lo divino, posiblemente jugando a los espejos. La experiencia mística o visión divina suele establecerse a través de la belleza --en la belleza encaja un orden misterioso. La palabra poesía significa originalmente "crear", el servicio más puro del hombre a la creación, a la divinidad, es crear. Las metáforas de la divinidad son recreaciones de la divinidad, hálitos animistas que a través del lenguaje buscan reestablecer una relación con lo divino o lo sagrado. Podemos comulgar o no con una visión teísta del universo o no, pero es indudable que la transmisión de una visión del orden o de la belleza del universo nos brinda un sentido existencial, una experiencia estética, intelectual o espiritual. Esto tienen en común la teoría de la relatividad, un poema de William Blake y los Vedas.

Existen algunas metáforas que han logrado superar el paso del tiempo con mayor fortuna. Una de ellas es el collar de perlas de Indra, el cual representa la interconexión de cada fenómeno:  "Ahí cuelgan las joyas brillando como estrellas de primera magnitud, una suprema visión que sostener. Si seleccionamos arbitrariamente una de estas joyas para inspeccionar y la analizamos de cerca, descubriremos que en su superficie azogada se reflejan todas las demás joyas de la red, infinitas en número. No solo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya también está reflejando todas las otras joyas, así que hay un número infinito de procesos de reflejo" (Francis Harold Cook, The Jewel Net of Indra). Borges en algunos de sus ensayos se dedicó a recopilar este tipo de metáforas; la más memorable, el pájaro Simurg, un misterioso especímen compuesto por plumas que eran cada una aves individuales (anticipando el concepto de los fractales). El mismo Borges aportó a la historia una metáfora que se antoja imperecedera: el Aleph, ese punto mínimo en el espacio que contenía o transparentaba todos los puntos. Roberto Calasso detectó en su estudio del hinduismo un episodio similar, visión que podemos llamar holográfica, cuando Krishna, anticipándose a un inminente regaño, le brinda a su madre una visión de la totalidad dentro de su boca.

Las religiones han concebido numerosos dioses para identificarse con la totalidad del universo. Dioses que en el sentido más estricto son conceptos o metáforas del universo. En los himnos del Rig-Veda se hace mención de Purusha, la primera manifestación de Shiva, conocido como "el hombre cósmico", el hombre que contiene el universo. Purusha es descrito como un gigante de innumerables cabezas y ojos, tan inmenso que sólo una cuarta parte de su cuerpo es el mundo que conocemos --lo restante es lo inmanifiesto. En su libro Structure and Dynamics of the Psyche, Jung hace referencia a la aparición metahistórica de Purusha:

Aparece como una lluvia de brillos reflejados en un espejo, la cola de un pavorreal, los cielos tejidos de estrellas, las estrellas reflejadas en el agua oscura, esferas luminosas, lingotes de oro o arena dorada esparcida en la tierra negra, una regata en la noche, con linternas en la superficie del mar, un ojo solitario en la profundidad del mar o la tierra...

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Antes de la creación de este mundo ya existía la mente, que descansaba en las aguas. Este mundo eran las aguas que fluían en si mismas, "en la ola indistinta". Hasta que: "Las aguas desearon. Solitarias, ardieron. 'Ardieron el ardor'. En la ola se formó una concha de oro. Esto, el uno, nació por la potencia del ardor", escribe Calasso en Ka. Este deseo o ardor (tapas), que brota del "irreductible plural femenino" que son las aguas, se manifiesta como una chispa, como un resplandor que enciende la cresta de una ola trémula, que alcanza el rabillo del ojo como una flecha... como un fuego que enciende el alma y da lugar al mundo --sólo una historia de cómo esa luz en el agua hizo que la mente se materializará para perseguir ese ardor que parecía flotar fuera de ella.

Esta imagen, la de la luz en al agua o la de un  fuego líquido es la imagen central de la alquimia erótica de todas las eras. Por eso existe una particular belleza en la descripción de Jung, de la avatárica y arquetípica manifestación en el mundo de Purusha, "el de los mil ojos". En cada partícula de luz yace un ojo por donde el universo no sólo se ve a sí mismo, se deleita (de-lights) en lo otro, juega el eterno juego de escondidllas consigo mismo. Se seduce con esos brillos salvajes de pureza, que hoy hasta se confunden con el romanticismo de una regata con su procesión de luces líquidas por el río. Este desfilar de la luz en el agua, que es un tipo de glamour sensual de la naturaleza y sus artificios, es en el fondo la encarnación de la divinidad en el mundo. La luz que es la conciencia penetra el agua que es la potencia del ser. Los ojos de Purusha, distribuidos por el mundo como un traje de brillantina que va derrámandose sin jamás deshacerse, son los nodos que integran la red de la conciencia del universo. 

Twitter del autor: @alepholo