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Tropical Data VI: El incansable festín de copyleft de los piratas tropicales

Arte

Por: Rafael Toriz - 04/04/2013

El festín de links sobre literatura, arte y la exaltación de los sentidos de Rafael Toriz tiene su sexta entrega. Una retórica del hipervínculo que conduce con exceso y generosidad.

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Tropical Data VI. Adelantándonos a los hechos antes de que sucedan o de porqué los piratas tropicales no descansan nunca.

 

Todos estamos conscientes (tal vez demasiado) de la infinita maravilla de Clarice Lispector: sus cuentos y novelas han consolidado muy bien, desde hace varios años, toda su magia y terrible belleza. Sin embargo, quien esto escribe, nunca se había topado tan de cerca con su fascinante humanidad: extensa, lúgubre, despiadada y nocturna. Y a la vez maternal.

Clarice, quien es una forma de nombrar al infinito, nos ayuda a sentirnos más humanos, es decir, perfectamente extraños. Eso es lo que he experimentado al leer el maravilloso compendio de sus artículos y crónicas para la prensa titulados Revelación de un mundo y Descubrimientos., publicados en castellano por Adriana Hidalgo.

Podría detenerme en cada una de sus imágenes y sus momentos, que son sublimes y pavorosos, pero prefiero que lo descubran ustedes.

No somos pocos los lectores fanáticos de Enrique Serna; por tal razón, es motivo de regocijo saber que recientemente ha publicado un nuevo tomo de cuentos. La ternura canibal explora los personajes y circunstancias a las que nos tiene acostumbrados: miserables, pendencieros, alevosos, histéricas y cretinos, muchísimos cretinos. Serna ha perfeccionado como pocos el relato cruel y para prueba consigno la mayoría de los cuentos del libro. No pude conseguirlos todos por la red, pero casi. Así que no esperes más y disfruta como yo madrugando al madrugador de madrugadores.

Van por título: La vanagloria,

Entierro maya

Drama de honor

 Cines Cosmos 

El converso

La incondicional

Y para acabar con la tanda de libros de este mes, consigno El complot mongol de Rafael Bernal; los Cuentos completos de Bernardo Couto Castillo, decadente mexicano; Textos críticos de Machado de Assis; Los once de la tribu de Juan Villoro; Contraexplosión –un libro extravagante y vanguardista hasta el día de hoy de Marshall McLuhan y un libro de ensayos del argentino Juan Terranova que responde al título de La masa y la lengua.

En caso de que no hayas quedado satisfecha, todavía podrás perderte en las maravillas textuales que sofocan y se pierden en la red.

La música, qué duda cabe, es la mamá de los pollitos. Por eso, mientras te entretienes con estas retóricas del hipervínculo, escúchate al viejo Les Claypool & his fancy band.

Ahora que si verdaderamente estás buscando ritmos nuevos (y te desvela el hecho de tener qué clasificarlos), en este enlace escucharás unos de los mixtapes más extraños de los últimos tiempos: extravagancia asegurada (te vas a asustar…).

Origami mon amour. O el arte de la encuadernación japonesa.

Conversaciones entre Borges y Arreola. Para que tengas claro porqué el viejo bardo de Palermo sostuvo, cuando le preguntaron de qué habían hablado, que Arreola era un tipo muy atento, pues le había dejado intercambiar un par de silencios en su conversación. Se siente gacho, pero ni cómo ayudarle al maestro de Zapotlán el grande.

Por su parte, en la esquina, regañado como siempre aparece Derrida.

Michel Foucault y sus contemporáneos. Un libro harto recomendable, casi tanto como las estupenda biografía de James Miller: Las vidas de Michel Foucault.

 Un cuento de Germán Maggiori. “Suerte, muerte, suerte, muerte. ¿Es la muerte mala suerte?¿O es la suerte la que nos aleja de la muerte?¿O es una suerte que haya muerte?¿O es la suerte un tipo de muerte?”.

 Bienvenidos al desierto de lo real, dijo un orate hace unos años.

Desafortunadamente, no le estábamos prestando atención.

 América Latina o el imperio de lo frito. Un viaje por los bordes de la manteca a cargo de Alberto Salcedo Ramos.

 La evolución del libro. Un camino minado y fascinante imposible de prever.

Mucho mejor que cualquier narcótico o alucinógeno…o casi.

 

Nos vemos en mayo.

Twitter del autor: @Ninyagaiden

Escribir puede considerarse una tarea o una necesidad profundamente egoísta, pero en el fondo, en su propósito último, puede ser que culmine en una de las maneras más auténticas de tender un lazo con el mundo.

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Una página de los diarios de Kafka

Socialmente (y efectuando una generalización posiblemente injusta) el escritor puede considerarse un ser egoísta, ególatra, misántropo incluso. Cuántas historias no se conocen de escritores y escritoras que prefieren la paz de estos desiertos, la soledad y el aislamiento y que aun encontrándose acompañados parecen ausentes y distantes, ensimismados, habitando las regiones inaccesibles de su vida interior. Cuántas historias no se conocen de escritores que, geniales en su vida intelectual (o por lo menos destacados) son sin embargo un desastre en su vida emocional, incapaces como parecen (o son) de establecer un lazo con el prójimo, con el semejante, entregados como dicen estar a nada más que su obra (que, visto desde fuera, no parece otra cosa más que una extensión de sí mismos).

Puede ser, en efecto, que esto sea cierto. Al menos en parte. Los escritores tienen el defecto social de poseer una intensa vida interior: lo que viven lo viven quién sabe si docenas o cientos de veces, recreando un suceso hasta dar con la fabulación que satisfaga su visión de mundo o la visión de mundo que quisieran transmitir (y ese, quizá, sea el lazo último que redime al escritor: la voluntad de transmitir). En cierta forma esa es la razón de su autismo (permítaseme la licencia médica): un corpúsculo en la mente del escritor que lo impulsa, a veces sin él quererlo, a dejar de vivir en el mundo para vivir en su mundo, una potencia que lo toma y lo arrastra no fuera de sí, sino a sus propias profundidades, lo arroba pero no en un sentido místico, sino en sentido negativo, a un fondo en el que posiblemente no encuentre nada —para, pese a todo, convertir esa nada en algo.

Pero si hago del “escritor” el sujeto de estas divagaciones la verdad es solo por comodidad discursiva. Lamentablemente ese es un estado del espíritu que ahora se considera exclusivo de unos cuantos a quienes convencionalmente se considera escritores profesionales, a pesar de lo contradictorio que pudiera sonar dicha noción. Escritor, a fin de cuentas, es quien escribe por la sola razón romantizada de tratar de entender la contingencia y el caos de la existencia, su carácter absurdo. Escritor es quien suple el diván y la charla con el psicoanalista o el amigo con una libreta y una pluma. Quien gracias al ejercicio de la escritura (o a pesar de este) consigue aclarar o enturbiar aún más los conflictos de los que se cree preso.

En este sentido, uno de los comportamientos antonomásticos del escritor, también uno que podría caer, al menos superficialmente, en el rubro de la egolatría, es el de tener un diario, actualizarlo más o menos día a día, reservar una de sus horas para pasar por el filtro de la escritura (transcribir) hechos que originalmente fueron presencia, gestos, sucesión inasible del tiempo. ¿Qué comportamiento más egoísta, más solipsista, que guardar para sí ese fragmento ínfimo de la realidad que presuntuosamente el escritor cree que le tocó vivir solo a él? “Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí”.

Y por si esto no fuera suficiente, hay quienes añaden una derivación a esta conducta, una suerte de corolario escritural, de subcategorización, que consiste en practicar la escritura de sueños. Tomar la pluma o sentarse frente a un teclado para rememorar tan fielmente como sea posible lo recién soñado, para, en una fase ulterior, encontrar o inventar las conexiones entre las fantasías oníricas y lo realmente vivido. ¿Por qué esta persona en este sueño? ¿Por qué en este lugar? ¿Por qué un tablero de ajedrez?

Pero si ya antes aventuré que la disculpa para el misantropismo o egoísmo del escritor pudiera encontrarse en su propósito último de transmitir algo —de él mismo redimir a otros por la vía de su sufrimiento convertido en escritura, en comunicación, con todo el mesianismo que esto conlleva— en el caso de este último aspecto de la vida del escritor tal vez haya un significado todavía más trascendente —y al mismo tiempo profundamente íntimo.

Pienso qué tan egoísta o narcisista puede considerarse la escritura o recreación de un sueño, aparejado con el sostenimiento de un diario. Me digo ―a la luz de lo último que yo mismo escribí o descubrí, a lo cual no hubiera llegado, posiblemente, de otro modo― que, después de todo, poco o nada, al menos si se considera que ambas tareas redundan ―socrática, vedánticamente― en el mejor conocimiento de uno mismo, acaso también en la paz con uno mismo, la condición necesaria para ser capaces de conocer otras cosas, acaso también para entrar en paz con otras personas.

Twitter del autor: @saturnesco