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Adicción y voluntad nos acompañan cotidianamente en un enérgico diálogo que puede definir una buena porción de nuestra realidad.

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La adicción y la voluntad son dos aspectos del ser humano que, desde temprana edad, me fascinan. Durante muchos años mi libro de cabecera fue Diario de una desintoxicación de opio, de Jean Cocteau. La forma en que narra los placeres del opio y el poder que este ejercía sobre él me pareció hipnótica; pero lo que más me marcó fue su manera de transcribir su proceso de desintoxicación, desmitificándolo por completo… Se trata simplemente de atacar las causas primarias de tu adicción.

Con esta obra, curiosamente, nació una oda al opio –“No esperen de mí que traicione. Naturalmente el opio sigue siendo único y su euforia superior a la de la salud. Le debo mis horas perfectas”. Pero también, paralelamente, una oda a la voluntad –problema y solución, siempre de la mano. 

En el sentido tradicional de la palabra, la adicción es una dependencia hacia una sensación. Todo ser humano ha sido adicto a algo en algún momento de su vida, en mayor o menor grado; pocos son los afortunados que realmente pueden declararse libres de dependencias.

Vivimos en una sociedad que se rige por el deseo, que incita al apego, le huye al sufrimiento y cae en el abuso constantemente. Estamos siempre a la espera del mañana, buscando lo que no tenemos aún, lo que no percibimos en estados naturales… e intentando evadirnos de lo que sí sentimos, de lo que sí es. El deseo como pasión, como pulsión de vida –Eros.

Para Goethe “el amor y el deseo son las alas del espíritu de las grandes hazañas.” Spinoza definía al deseo como la verdadera esencia del hombre y afirmaba que cuando esa pulsión se apagaba, llegaba la muerte –Tanatos.

Según Jean Paul Sartre, el ser humano se encuentra condenado a una búsqueda sin fin, “el hombre es fundamentalmente el deseo de ser dios” –objetivo obviamente inalcanzable.

Para John Locke, el deseo es la ansiedad que surge como consecuencia de la ausencia de algo que  creemos, nos provocaría la sensación de deleite.

Mientras que Buda enseñaba que el deseo es la fuente principal de infelicidad, te mantiene dependiente de factores externos por más pequeños e insignificantes que creas que son: “Por pequeño que sea un deseo, te mantiene atado, como el ternero a la vaca”.

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¿Entonces, está el deseo inevitablemente condenado a convertirse en adicción? 

En lo personal  creo que sí, en mayor o menor grado claro.

El deseo, como las adicciones, viene de la mano con nosotros.

Es más, creo que son ellas las que definen nuestra individualidad y nuestro camino; ellas y nuestra relación con la voluntad –porque definitivamente no creo que estemos condenados a la búsqueda sin fin.

Pareciera sin embargo, que estamos constantemente generando círculos viciosos infinitos. Al sentirnos infelices o insatisfechos se genera en nosotros un sentimiento de rechazo que deseamos evitar a toda costa; buscamos entonces provocar sensaciones de placer –generalmente a través de la ayuda de elementos externos a nosotros – de las cuales nos volvemos dependientes… generando más infelicidad a largo plazo. 

En la mayoría de los casos, no es la sustancia o el elemento externo el que nos vuelve adictos o dependientes –claro como siempre hay excepciones a la regla; es la sensación que en nosotros provocan. 

Somos adictos a las sensaciones y le tenemos pavor al ahora, al dolor y a la muerte –se podría decir que somos bastante cobardes en general.

Edgar Allan Poe nos explica: "No tengo absolutamente ningún placer en los estimulantes a los cuales a veces me entrego tanto. No ha sido en la búsqueda del placer que he puesto en peligro la vida y la reputación y la razón. Ha sido en el desesperado intento de escapar de los recuerdos tortuosos, de un sentimiento de soledad insoportable y del temor de una extraña muerte inminente. "

¿Cómo romper con esos círculos viciosos? ¿Cómo logramos apagar el deseo sin apagar el pulso de vida? 

A estas alturas probablemente sabes que todo es posible, o lo supones.  

Existe siempre un equilibrio perfecto –y es posible alcanzarlo.

¡Bendita vida donde para todo existe un opuesto, y por lo tanto un centro, y todos los puntos posibles entre ambos!

En la Canasta de los Discursos de Buda Sutta Nipata, encontramos el siguiente consejo: "Mata la sensación; mira del mismo modo el placer y el dolor, la ganancia y la pérdida, la victoria y la derrota".

* Traducción literal: Alcanza la Ecuanimidad.

Lo sabemos bien, se nos ha repetido en todas las formas e idiomas posibles a lo largo de esta vida y tantas otras: Escúchate, apaga la mente,  auto-obsérvate, y date cuenta a través de esa observación, que todo pasa. ¿Entonces para que reaccionar y buscar huir del momento?

Solo a través de la auto observación podemos reconocernos.

Solo así logramos escucharnos e identificar nuestras sensaciones y por lo tanto nuestros deseos. Y solo así, podemos entender cómo y por qué estamos buscando saciar esa sensación de insatisfacción causa del deseo.

Pero no solo basta con observarse para  matar al deseo, tiene que haber voluntad; voluntad de observarse y de aceptar lo que aprendamos de esa observación –sea lo que sea, nos guste o no. Solo observando entendemos que todo es temporal; lo cual nos genera a su vez tranquilidad –nada es permanente, ni lo bueno ni lo malo. Sólo así podemos vivir todo tal como es, una transición, pura percepción.

Pero tampoco podemos olvidar que todo responde a algo; y mientras no ataquemos la raíz del problema, seguirá surgiendo. Una lección se repite hasta que la hayamos aprendido, no hay de otra, no hay donde huir, lo veas como lo veas, estés donde estés.

Y ahí entra la voluntad de hacerse cargo de uno mismo, de las consecuencias de nuestras decisiones/acciones y por lo tanto de la configuración de nuestro entorno. Somos responsables de nuestra realidad, todo es reflejo –universo de espejos fractales – lo que damos se nos regresa, sin más sin menos. Si quieres vivir otro escenario que el que estás experimentando el cambio solo está en ti. 

¿Entonces cómo “hackeamos” nuestra realidad y nos libramos de la raíz del problema para intentar alcanzar la tan deseada paz suprema?

Santosh Kalwar, poeta nepalés, nos dice que la clave está en cambiar nuestra manera de pensar –siempre esa mente. “Somos adictos a nuestros pensamientos. No podemos cambiar nada si no podemos cambiar nuestra manera de pensar”.

Parece entonces, que no queda más que armarse de valor y voluntad,  sacudir las estructuras mentales, cambiar paradigmas, despertar cada día más al corazón, y crear magia, uno por uno, poco a poco. 

Al ser yo la que escribe esta reflexión, creo que es justo y necesario empezar a caminar la palabra –“walk the talk” dicen sabiamente. Comienzo entonces por reconocerme –y por lo mismo reconocerme frente a ti y a reconocerte. Me acepto hoy día adicta, en mayor o menor grado, a las sensaciones que generan en mí el tabaco –y sus variantes – el consumo de leche Santa Clara, Coca-Cola e Internet.  También me he cachado dependiente de lo que provoca en mí amar y ser amada, y de ciertos patrones emocionales que definitivamente tengo que romper. Una vez hecho consciente – y público – esto, si quiero generar un cambio en mí y en mis experiencias, debo seguir observándome y mis sensaciones, para así identificar la raíz del problema –el porqué estas sensaciones provocadas por agentes externos me generan placer o alivio, como un placebo. Y una vez identificadas las causas, trabajar en  resolverlas –me tome el tiempo que me tome.

Quizá logre en esta vida ese acto mágico, digno de los grandes guerreros, quizá no (me gustaría pensar que sí, que por fin en esta, estaré lista para transmutar).

Me gusta fantasear que una vez resuelto te iluminas y te liberas, multiplicando la infinidad. ¿Pero quién sabe de cierto nada? Todo al fin y al cabo son presunciones y asunciones, reflejos de nuestra esencia más íntima que le dan color a nuestra realidad.

“Sé un auténtico guerrero y mata el deseo,

que es el más poderoso de los enemigos del alma”

Bhagavad Gita 

Twitter de la autora: @ellemiroir

En este enlace puedes descargar una versión en PDF de "Opio. Diario de una desintoxicación", de Jean Cocteau.

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"Comenzó a sentirse extraño": hijo de Albert Hofmann relata la primera experiencia con LSD de su padre

Por: pijamasurf - 04/22/2013

Algunas historias acerca del LSD-25, a 60 años de su descubrimiento accidental.

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Andreas Hofmann es uno de los cuatro hijos de Albert Hofmann, el químico que descubrió accidentalmente el LSD. En una entrevista reciente, Andreas lamenta el hecho de que su padre (quien trabajara de 1927 al 71 para la farmacéutica suiza Sandoz) sea sólo recordado como "el Sr. LSD", dejando de lado otros importantes aspectos de su investigación en ingredientes activos de plantas medicinales tradicionales; sin embargo, no puede culparse a nadie por las implicaciones que suscitaría el primer experimento accidental con LSD-25 el 16 de abril de 1943, hace 70 años, en un tranquilo paseo en bicicleta.

Hofmann (padre) tenía 37 años por entonces y había estado trabajando con ácido lisérgico algunos años sin resultados útiles. "Mientras trabajaba con la sustancia", relata Andreas, "la más pequeña cantidad debió entrar en su cuerpo de algún modo a través de la piel --es posible que él hubiera rozado su piel con la punta de una pipeta-- y esto dio origen a los síntomas que todos conocemos bien."

En esa época, prosigue Andreas, era normal que en la investigación farmacéutica los científicos utilizaran en sí mismos las sustancias en las que trabajaban, además de utilizar a sus compañeros de laboratorio como "conejillos de Indias"; pero este no había sido el caso con Albert Hofmann, al menos en lo relativo al LSD-25, un accidente afortunado o desafortunado, según se vea. "[Los síntomas del LSD] surgieron cuando volvía a casa en su bicicleta. Siempre llevaba su bicicleta al trabajo por entonces, eran ocho kilómetros hasta la oficina, y en su viaje de regreso comenzó a sentirse extraño..."

El médico de la familia sólo pudo recetarle analgésicos, pero fue incapaz de establecer un diagnóstico. Tal vez nadie hubiera podido --a no ser un chamán: Albert Hofmann estaba realizando el primer viaje alucinógeno con LSD sintetizado artificialmente en la historia. Andreas lamenta que con el advenimiento de la cultura hippie de los 60 el descubrimiento de su padre, así como los efectos enteógenos del LSD, hayan pasado a formar parte de la cultura popular como el resto de las drogas recreativas.

En realidad la investigación se detuvo por una crítica moral de los gobiernos (especialmente de EU y Suiza) al criminalizar la sustancia en lugar de tratar de entender sus potenciales efectos terapéuticos --especialmente en el campo de la psiquiatría, donde se le sigue investigando bajo estrictas normas de seguridad. ¿Pero Hofmann padre habría aconsejado que sus hijos tomaran LSD como hacen, por ejemplo, los padres rarámuri con sus hijos durante las ceremonias del hikuri (peyote)?

Considerado como un medicamento y no como una "sustancia", Albert Hofmann educó a sus hijos para entender el funcionamiento del viaje y decidir por sí mismos si querían experimentarlo, cosa a la que al menos Andreas se ha negado hasta ahora: "Estuve en los EU durante los 60 y vi lo que esta droga tiene el potencial de causar --también hay malas experiencias. Pero mi padre siempre me dijo lo importante que era prepararse a sí mismo para tales experimentos y experiencias, y si no lo hacías podría presentarse una mala experiencia. 

"Y siempre estuve asustado de potencialmente tener una mala experiencia", prosigue Andreas. "También supe por amigos en EU... Sus experiencias no fueron necesariamente malas, pero lo que experimentaron dejó su marca en ellos por el resto de sus vidas. Así que, en resumen, no quería una mala experiencia que pudiera influir en el resto de mi vida."

Numerosos científicos e investigadores han realzado el potencial del LSD para hacer que la conciencia como la conocemos se despersonalice y los sentidos se agudicen. Los flashbacks pueden presentarse y también los "malos viajes", pero lo que es cierto es que, como dice Hofmann hijo, la decisión de prestarse a tales experiencias debe ir acompañada de la conciencia de los efectos y la responsabilidad sobre la propia salud y experimentación. 

[DW]