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Hemingway leyendo desnudo el periódico y otras imágenes íntimas de escritores en su hogar

Arte

Por: pijamasurf - 03/02/2013

La fascinación que ejercen un escritor sobre sus lectores se debe, parcialmente, al hecho de que este realiza el milagro estético con algo que todas las personas utilizan a diario y en todo el momento: el lenguaje. Esta materia aparentemente tan pedestre y usual queda transformada por los grandes escritores en el fundamento de su magia y la realización de la improbable experiencia estética.

Con todo, lo interesante es que a pesar de moverse por los reinos de lo sublime y lo admirable, los escritores no dejan de ser personas comunes. Es cierto: quizá cuando escriban rocen por un instante los límites de la trascendencia, pero pronto vuelven a los círculos del mundo y, un poco como dice Pierre Michon jugando con la dualidad que se atribuía al cuerpo del rey en la Edad Media, la del cuerpo perecedero del hombre en sí y el cuerpo imperecedero de la monarquía, de nuevo son esas personas que bien podrían pasar por el tendero de la esquina, el hombre que pasa a cobrar la renta, la mujer que nos vende nuestro víveres.

Para ejemplificar esta contradicción inherente a prácticamente todos los artistas, compartimos estas imágenes en que se ve a 20 escritores distintos en actividades propias de su vida diaria, esa cotidianeidad en la que son y no son autores y también en esa misma que nuestra mirada, acostumbrada a verlos situados en determinado estatus, imputa cualidades que quizá no haya: el gesto simplón e insignificante de encender un haban0 adquiere de pronto una importancia vital si quien lo hace es el gordo Lezama, por ejemplo.

Algunas imágenes, así como el pretexto para realizar este post, provienen de esta galería en el sitio The Atlantic, pero en buena medida la memoria y nuestras propias inclinaciones literarias nos llevaron a incluir otros retratos, una selección que, vanamente, quisiera ser amplia, pero que, sabemos de sobra, será siempre insuficiente.

También en Pijama Surf: Proust y Joyce y eso que llamamos su encuentro anticlimático.

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Carteles soviéticos contra el alcoholismo: la preocupación del Estado por los vicios del individuo

Arte

Por: pijamasurf - 03/02/2013

Una de las maneras más elementales, pero también más certeras, para definir una adicción, asegura que esta adquiere tal estatus en la vida de una persona cuando obstruye su cotidianidad y le impide realizar tareas de las que de otra manera sería responsable. Recoger a sus hijos de la escuela, asearse, tender la cama, visitar a un pariente, etc. Como expresión de nuestra pulsión autodestructiva, la conducta adictiva tiende a eso: a minar paulatina pero inexorablemente la existencia.

De ahí que, como una suerte de cláusula del contrato social, esa entidad colectiva que llamamos Gobierno en algún momento de la historia, por razones de salud pública, de bienestar común, haya entendido que no hay ningún beneficio en que una buena parte de la población caiga en las adicciones, pues por lo regular, fácticamente, esto impacta negativamente en el desarrollo de una sociedad. Como lo demuestran varios ejemplos históricos, cuando una civilización alcanza su punto más bajo en la decadente satisfacción de los apetitos, su fin está pronto.

La galería que compartimos en esta ocasión se compone de carteles que buscaban desalentar el alcoholismo en la Rusia soviética, una campaña que algo tiene de paradójica o aun de inútil en un país conocido por su elevado consumo de alcohol per cápita.

Asimismo, los afiches destacan por motivos gráficos e ideológicos, por su singular estética ―que algo tiene de decimonónica y de moralina, de cruelmente ingeniosa en algunos casos e incluso un tanto vanguardista en otros― y por su manejo del discurso, recurriendo a confrontaciones directas, a comparaciones entre la vida turbulenta y atribulada del alcohólico y esa otra más sosegada y quieta del sobrio, la de aquel que vive como un cerdo y este otro que disfruta de la paz familiar.

Propaganda, a fin de cuentas, pero quién sabe, quizá más de un ruso, al mirarse en el espejo de los colores y las formas, de los arquetipos transformados en publicidad, decidió cambiar de vida ―y abrazar la más emocionante de los excesos sensuales.

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