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Queen James: adaptación gay de la Biblia que busca prevenir interpretaciones homofóbicas del texto

Sociedad

Por: corrector - 12/19/2012

Tomando como base la llamada Biblia del King James, grupo de editores decidió revisar aquellos pasajes que potencialmente pueden justificar interpretaciones homofóbicas de este que es el texto más sagrado de la tradición judeocristiana.

Con el propósito de sortear los pasajes poco claros o ambiguos de la Biblia que parecen referirse a la homosexualidad, un grupo de editores decidió publicar la primera versión abiertamente gay de este que es libro sagrado de la tradición judeocristiana, tomando como referencia la llamada Biblia del Rey James (King James), que recibe este nombre por haber sido traducida al inglés entre el reinado de Henry VIII y James VI de Escocia, I de Inglaterra, a inicios del siglo XVII. El monarca inglés ordenó en su época esta traducción para legitimar la jerarquía de la Iglesia Anglicana, fundada por su predecesor en 1534, 70 años antes de que esta “nueva” Biblia fuera dada a la imprenta.

Esta versión, sumamente popular en los países anglófonos, es la que han tomado los editores de The Queen James Bible, que, dicen, toma su nombre por la fama homosexual que el rey James tuvo en vida, los muchos amantes hombres que tuvo y por lo cual ya en su época se le adjudicó dicho mote, “Queen James”.

Cabe resaltar que el objetivo de esta edición no es manipular el texto bíblico para justificar la homosexualidad, pero tampoco para denostarla gratuitamente. “Hemos editado la Biblia para prevenir interpretaciones homofóbicas”, dicen claramente los editores.

La Queen James intenta sortear esos pasajes o palabras difíciles que por diversas circunstancias abren la posibilidad de dar sustento a actitudes violentas para con la comunidad homosexual. Como sabemos, la Biblia es una suma de textos escritos en distintas épocas, algunas sumamente remotas, en idiomas que en poco o nada pueden equipararse a los que hablamos actualmente, en regiones con costumbres y valores específicos de cada época, con traducciones realizadas después que introdujeron sutiles pero decisivos cambios en los textos (de ahí que, en otro sentido, este libro tenga consigo una amplia tradición exegética e interpretativa, sea el ejemplo por antonomasia de los límites y las imposibilidades que residen en el corazón del lenguaje).

Por poner un ejemplo, los editores recalan en la palabra “abominación”, frecuente sobre todo en el Antiguo Testamento, para sustituirla por otras que carezcan de esa carga negativa que posee actualmente y que originalmente no tenía (en hebreo, abominación se encuentra más cercana a términos como “escandaloso” e incluso “tabú”, dependiendo del contexto).

Para más información, recomendamos consultar la nota de los editores, donde se explica con más detalle las características de esta Queen James Bible.

[Huffington Post]

Ocultarse, desaparecer, tener secretos, son conductas que algunas sociedades permiten más que otras: en el siglo XIX los resquicios que aún tenía el sistema de control social hizo posible esta broma que, se dice, pusieron en marcha Poe, Sir Arthur Conan Doyle y personajes de la política.

Para algunos el humor es cosa seria, un asunto que, por lo menos, requiere ingenio, en proporción directa a la cantidad de diversión que desee recogerse después. De ahí el empeño que a veces se pone en planear una broma, los pocos o muchos hilos que se tienden en torno a una situación con la esperanza de que, al cumplirse lo planeado, el resultado sea una risotada sonora o la secreta satisfacción de la burla bien lograda.

Se dice que Sir Arthur Conan Doyle, el creador del legendario Sherlock Holmes y autor de otros relatos no menos memorables como El mundo perdido, ideó y efectivamente ejecutó el siguiente escenario:

Una noche, aburrido y jugueteando ociosamente con malos pensamientos, decidió enviar un recado a cinco de sus amigos. La nota se entregó anónimamente, sin firma ni información. Solamente decía: “Nos descubrieron. ¡Huye!”. En una cena posterior, su círculo social estaba agitado con la repentina y total desaparición de una de las personas a quienes envió el recado, persona de quien ya nada se volvió a saber.

Traduzco la versión de la broma según la relata Esther Inglis-Arkell en el sitio io9, quien agrega que Conan Doyle o no fue el autor de esta o no fue el único escritor a quien se le ocurrió. Al parecer Edgar Allan Poe ―que en algún modo podría considerarse pariente espiritual del autor inglés, no por nada dio vida al primer detective sedentario de la literatura, Auguste Dupin― también puso en marcha este mismo mecanismo, aunque en un medio significativamente menos respetable que el de Sir Arthur, dadas las compañías que Poe solía frecuentar.

Asimismo, quizá menos como una forma de entretenimiento que como un recurso propio de los cómplices y los conspiradores, en la política y la jerarquía religiosa también hay testimonios de mensajes similares enviados a miembros de un partido opositor antes de una votación importante o a sacerdotes involucrados en actos corruptos.

Sin embargo, como todo chiste que valga la pena ser contado, escuchado o realizado, su verdadera importancia radica más allá de la posible diversión que suscite y, de acuerdo con la característica más importante del humor, en aquello que deja al descubierto una vez que se somete al examen del intelecto.

En este caso, como también señala Inglis-Arkell, la broma podría utilizarse como una suerte de “encuesta sociológica” que “ilumine la vida secreta que cierto porcentaje de la población lleva”. ¿Cuántos de los que recibiríamos ese mensaje anónimo no dudaríamos ni un instante y, apenas tomando lo necesario, o quizá ni siquiera eso, quizá solo con lo que llevamos puesto, saldríamos de inmediato hacia donde fuera? Muy pocos, es cierto, pero aun así, la sola fantasía de que esto fuera posible nos impulsa a reflexionar sobre nuestra propia vida y la cantidad de luz y sombra que la ilumina y la oculta o, visto en perspectiva, la posibilidad de tener secretos que esta época y la sociedad en que vivimos permite.

En este último sentido, no menos importante es el hecho que tanto Poe como Conan Doyle pertenezcan más o menos a un mismo tiempo en que era más factible eso: salir huyendo, sin que nadie fuera capaz de seguir un rastro ni encontrar eventualmente al desaparecido. Como sabemos, los relatos de Sherlock Holmes están llenos de personajes que en algún momento de su vida ficticia se perdieron en un país africano o americano, en las selvas de Brasil o Centroamérica o en las minas de Sudáfrica, en las colonias británicas en Asia, en Bombay, en puntos exóticos y casi inalcanzables según las condiciones del momento, de regreso después entre la civilización europea, a veces con otra identidad, llevando consigo experiencias terribles o tremebundas, producto de su estancia en tan apartadas latitudes.

Pero incluso ocultarse no requería de decisiones tan extremas. Como el Wakefield de Nathaniel Hawthorne, la huida bien podía consumarse viviendo apenas a un par de calles del que podría considerarse el rumbo habitual y acostumbrado. ¿Por qué? Sencillamente porque los mecanismos de la sociedad así lo hacían posible (al menos en la fantasía): el control era o intentaba ser férreo, pero aún existían resquicios por los cuales escapar a dicho control.

Ahora, ¿quién con una tarjeta de crédito podría desaparecer absolutamente? Aunque, por otro lado, una tarjeta de crédito es uno de los mejores recursos para sobrevivir incluso en un país desconocido y diametralmente opuesto al natal.

Es una exageración, claro, pero simbólica de ciertas paradojas esenciales de nuestro mundo.

Con información de io9

Twitter del autor: @saturnesco