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Elogio del humor vs Peña Nieto; cuando las cosas solo se pueden decir en una envoltura de comedia, aún así la crítica horada y abre la conciencia. ¿Es Peña Nieto el triunfo masculino de Sarah Palin y la impunidad malinchista de OJ Simpson? Blogs estadounidenses juegan con esto.

Para aquellos que estaban preocupados de la imagen de México en el mundo propiciada por tener un próximo presidente prácticamente iletrado, fabricado como (robótico) galán de telenovela y con una veta siniestra —además, obviamente, de elegido en un proceso que el alquimista electoral de 1988, Manuel Bartlett, llama "uno de los más sucios de la historia", alguien que, más allá de filias coyunturales, sabe lo que dice— encontramos hoy en uno de los mejores blogs de Internet, Dangerous Minds, el "brainchild" de Richard Meztger, antiguo socio fundador de Disinfo, uno de los mejores titulares del año: Is Mexico's President Elect the Male Sarah Palin or the Gay OJ Simpson of Politics? el cual traducimos literalmente y expandimos aquí.

El título evidentemente se basa en la especulación que circula  en algunos blogs y que ha sido retomada en la llamada "guerra sucia"; pero más allá de que Enrique Peña Nieto haya o no asesinado a su esposa —o sea propenso a la violencia de género— e incluso sea un homosexual de clóset, curtido a la vieja usanza de los machos de rancho, la pregunta es sintomática, como la punta hiperbólica de un iceberg de miasma, que es la personalidad de Peña Nieto y el pestilente eco(atávico) sistema que lo rodea.

La comparación con Sarah Palin, la telegénica candidata a vicepresidente a la que se recurrió como revulsivo de la sosa e inveterada candidatura presidencial de John McCain, es más que justificada. Como Peña Nieto, Palin mostró una cultura provinciana con notables pifias en cuanto a su conocimiento de geopolítica —que sin embargo apelaba a un sector de la población: aquellos que gustan de ponerse lipstick para alimentar a los cerdos o ir a McDonalds, cargar con rifles y cazar alces, y los viejos valores conservadores americanos. Palin se construyó como una figura mediática, un sex symbol (MILF politiks), una apuesta de marketing (su hija incluso pasó a ser estrella de reality de TV).

Peña Nieto con su esposa de telenovela, y él mismo con un look que podría haberse fraguado por las maquillistas de Televisa San Ángel, con su gran sonrisa del tamaño del televisor y sus ademanes entrenados por gurús de PNL, con su precaria cultura, es sin duda una versión mexicana masculina de Sarah Palin. Se puede decir que los expertos del aparato de poder mexicano tomaron nota de la elección estadounidense (incluyendo su temparana apuesta por un equipo digital) y descubrieron que en México una versión aún más llanera y telenovelesca podía funcionar.

El tema de Peña Nieto como un "OJ Simpson gay de la política" viene de su famoso lapsus en una entrevista con el periodista de Univisión, Jorge Ramos, en el que ni siquiera pudo recordar la causa de muerte de su esposa. Los rumores abundan y se alimentan por sus hijos fuera de matrimonio y las acusaciones de sus ex mujeres, así como su misma apariencia (ese doble juego de reflejos que anulan su personalidad, reproduciendo un simulacro, un ente hiperreal) que lo sitúa entre el cacique y el galán de telenovelas del Canal de las Estrellas (el dinosaurio metrosexual), y con una mirada que parece tener cargada toda la atroz historia del PRI, lo cual trasluce cuando su sistema operativo entra en estado de reposo, o cuando lo sacuden los glitches de su programa.  Peña Nieto, "el presidente que mató a su esposa", oscura latencia que engloba en su mera especulación toda la sombra apuñalada de la psique mexicana. ¿Y si México fuera una mujer?

El caso más radical y cómico, porque en México la homosexualidad —país represo, y los estudios indican que los homofóbicos responden con mayor excitación al sexo gay— es el relevo y el coqueteo cómico por excelencia, es de la supuesta homosexualidad de Peña Nieto. Esto según ha sido difundido por un tal Agustín Humberto Estrada Negrete, un maestro de escuela que sostiene haber documentado los ardientes pormenores de su relación homoerótica. Misma persona que también ha difundido que Peña Nieto golpeaba a su esposa (la actriz Laura Zapata también culpó a Peña Nieto de golpear a su actual esposa, Angelica Rivera "La Gaviota") y que cree que es responsable de su muerte. El sitio The Wonkette examina todo estos abyectos chismes, dando una óptica internacional al culebrón mexicano.

Algunas personas podrán pensar que no es serio mencionar en un medio de comunicación estos alegatos en contra de Peña Nieto. Ciertamente primero habría que llamar a investigar a fondo estas cuestiones antes de hacer una acusación categórica. Pero, por otro lado, resulta ridículo y retrógrada que no se pueda hablar de estos temas, simplemente porque podrían herir la investidura de una figura presidencial —el viejo autoritarismo que hace de México un país en pañales—, como quedó patente en el caso de Carmen Aristeguí y el supuesto alcoholismo del presidente Calderón. En Estados Unidos, un país experto en la manipulación mediática y que vive también en una colusión entre el Estado y las empresas, al menos es posible bromear sobre estas cosas en las grandes cadenas de TV. Podemos ver en John Stewart, Colbert o Saturday Night Live, siempre parodias y bromas a costa del presidente (George W. Bush fue parodiado años en SNL como un retrasado mental controlado por sus oscuros colaboradores y con una enfermiza inclinación a la guerra). Aunque estas críticas difícilmente alcanzan niveles amenazantes, especialmente porque son paliados por el sello de ser "comedia", al menos revelan una capacidad de discutir de manera inteligente temas como los que se plantean aquí. ¿Veremos en el sexenio de Peña Nieto alguien en la televisión que toque estos temas, o que se burle sensiblemente del presidente  y de los que se dice de él, materia prima del trabajo cómico? Seguramente no lo veremos en Televisa. Habrá que ganarse los medios, hacer surgir la chaska (esta parte casi zen que tiene el chascarillo, la risa cósmica)  y arrojar sobre el aparato de control masivo estas puntadas: parafraseando a Aldous Huxley, si los robots no saben reír no saben hacer nada, y entonces el mundo es nuestro.

 

Twitter del autor: @alepholo

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La simplificación del mundo como mecanismo de control social

Política

Por: pijamasurf - 09/05/2012

El mundo es infinitamente más complejo de como lo quieren mostrar entidades que hacen de su simplificación un mecanismo elemental —pero sofisticado y sutil— del control social.

El control social no es una idea: es una realidad. El control social es también una de las estrategias elementales de quienes ejercen el poder, básica aunque al mismo tiempo sumamente sofisticada y sutil —porque para ser eficaz, no puede ser de otro modo.

Aunque no es reciente, el control social ha encontrado en los últimos años un fuerte apoyo en la noción de “trivialización”. Paradójicamente, a la complejidad de nuestra realidad contemporánea se opone sistemáticamente una voluntad de reducirla la realidad misma a un inmenso aunque desdeñable incidente sin importancia. Conflictos sociales que se multiplican en diversas partes del mundo, aumento en las tasas de crímenes, pérdida de derechos que antes se creían impermutables, situaciones que, en general, podrían considerarse algún tipo de síntoma, la señal de que las cosas no van tan bien como algunos aseguran, y sin embargo son asimiladas en el discurso dominante como anomalías simples pero esperadas, o limitadas a ideas que, como el concepto de “depresión”, se repiten en incontables ocasiones hasta volverlas huecas y carentes de sentido.

Es cierto que, en cierto nivel, la vida cotidiana requiere de la simpleza para desarrollarse. Para vivir necesitamos ser parcialmente simples. Pero, como propone Colin Todhuntern en el sitio del Centro para la Investigación de la Globalización, cuando dicha necesidad vital por lo simple es tomada por los medios de comunicación y los políticos, por personas y grupos que tienen poder y lo ejercen para su beneficio o el de sus intereses personales o de clase, entonces la simpleza se convierte en una de las formas de la manipulación.

La banalización, la simplificación, la trivialización: métodos que se ponen en marcha, iterados, para hacer parecer que una situación determinada, si no es parte de la norma, tampoco merece más atención que la que se le da a cualquier hecho nimio de la vida cotidiana.

Tómese como ejemplo la conversión a veces disimulada, a veces evidente, que los propagandistas del statu quo —en la vida económica, la social, la cultural, la política — hacen de palabras o consignas históricamente identificadas con grupos subversivos o disidentes. Canciones pop que toman como motivo la rebeldía de generaciones pasadas; programas de televisión que, so pretexto de la parodia, transforman la vida política de un país es una gracejada; eslóganes políticos que vuelven cliché o lugar común lo que alguna vez fue exigencia novedosa y radical; productos que al comercializarse transforman en objeto de todos los días —para consumirse y desecharse— la irrupción de la disidencia en el orden social.

Así, los asistentes a una protesta pública son personas sin ocupación fija, rijosos, inconformes que no tienen razón para estarlo, vándalos que al recibir esta u otras denominaciones pierden toda oportunidad de exponer sus motivos, sus intenciones, los fines que persiguen.

Así, realidades complejas como la inmigración, asuntos de salud pública como el aborto o el suicidio, la precaria situación laboral de los países subdesarrollados, la pobreza creciente de los supuestamente desarrollados, el asesinato por parte de las autoridades de personajes juzgados previamente como “malvados” por la opinión pública dominante, en última instancia son “cosa de todos los días” o, si extraordinarios, sepultados en el olvido del siguiente canal sintonizado, de la siguiente página pasada, del siguiente hecho que la lógica de la sociedad del espectáculo eleva a los nuevos titulares. Por poner un ejemplo, ¿cuánto tiempo se le ha dedicado en los noticieros con más auditorio, cuánto espacio en las revistas o los periódicos de más tiraje, a la pesadilla diaria que viven miles de migrantes que buscan llegar a los Estados Unidos pasando por Centroamérica y México? ¿Cuánto en comparación con un hecho más o menos aislado, pero infinitamente más comprensible y asequible intelectualmente, que un hecho más propio de la nota roja o de las páginas del corazón?

¿Qué mejor manera de controlar una población —escribe Todhuntern— que induciendo la apatía y la banalidad y promoviendo la trivialización de las causas, ideas o situaciones difíciles de algunos? ¿Qué mejor manera de controlar a los disidentes que ridiculizándolos o, si esto no funciona, en el caso del gobierno indio, levantando cargos de sedición contra 7 mil legítimos manifestantes antinucleares en Kudankulam —simples aldeanos y pescadores?

Es cierto, parcialmente cierto, que en la vida diaria no podemos vivir angustiados por la descomunal miseria que el mundo lleva consigo —y, de alguna manera, tampoco podemos hacernos responsables de ella. Pero quizá este sea un enfoque equivocado (que, además, incluso incurre en esa misma trivialización: quejarnos como hábito y modo de vida, ¿no es también una manera de reducirlo todo a un vasto problema sin solución ante el cual solo queda resignarse?).

Quizá la salida de este callejón sea dar la vuelta y comenzar no a angustiarnos ni preocuparnos, sino a actuar: en la medida de nuestras posibilidades y en el horizonte a nuestro alcance. Y parte de esto es entender que el mundo no es tan simple como otras entidades con sus intereses propios intentan presentarlo.