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Sociedades humanas y colonias de hormigas son cada vez más parecidas

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 05/07/2012

Investigador del comportamiento ecológico encuentra semejanzas entre las sociedades humanas y las colonias de la hormiga argentina, sobre todo en lo que respecta a la pérdida de la individualidad entre grupos multitudinarios.

Durante mucho tiempo las abejas y las hormigas se han utilizado como el ejemplo máximo dela organización colectiva, la excelencia en el mundo natural de lo que puede lograrse con una coordinación perfecta entre los individuos de una misma especie: subordinación, disciplina y obediencia del individuo cuya importancia se sacrifica por el bienestar de la comunidad.

Estas fabulaciones fueron en cierta época retomadas por científicos serios para establecer un comparativo entre la sociedades humanas y las de estos insectos, deseosos quizá de encontrar la clave de su éxito para aplicarla en nuestro propio medio.

Dichas ideas fueron después desestimadas, argumentando que la naturaleza humana y la animal son diametralmente opuestas por nuestra presunta capacidad de decisión, de libertad, de la cual carecen los seres que, se dice, actúan solo por instinto.

Paradójicamente, podría darse el caso de que teorías expuestas hace un par de siglos vinieran a confirmarse ahora, pues de acuerdo a un investigador del comportamiento ecológico, las sociedades humanas se parecen cada vez más a colonias de hormigas y termitas que funcionan en conjunto de manera similar.

Lo anterior lo propone Mark Moffett, quien se sorprende que la organización colectiva de nuestra especie tenga mayor similitud con la de dichos insectos que con la de otros animales más cercanos evolutivamente como, por ejemplo, los chimpancés.

De acuerdo con Moffett, esto se debe en una medida al alto número de individuos que integran nuestras poblaciones, la mayoría de las cuales superan siempre el millón de personas. Estos números son inconcebibles en una sociedad de primates fuera de la nuestra, pero, en cambio, entre las hormigas es bastante común. Como estas, los seres humanos hemos encontrado las formas para lidiar con muchos de los incidentes que se originan en las sociedades multitudinarias: salud pública, infraestructura, distribución de bienes y servicios, economía de mercado, problemas de tránsito masivo, líneas de montaje y trajo en equipo complejo, agricultura, domesticación animal, guerra y esclavismo, según enlista el investigador del Instituto Smithsoniano.

“Las hormigas han desarrollado comportamientos enfocados en todos estos problemas”, afirma Moffett, haciendo énfasis en que, en la biodiversidad planetaria, solo nosotros y dichos insectos  poseemos y ponemos en práctica una idea clara de conflicto bélico.

El estudio de Moffett se centró en la hormiga argentina (Linepithema humile), cuyas colonias se forman por cientos de miles de individuos que se extiende igualmente por una gran superficie. Y si bien la especie es natural del país sudamericano, actualmente se le encuentra en casi cualquier región del planeta.

De acuerdo con el investigador, las colonias de esta hormiga pueden alcanzar tan gran tamaño porque en su funcionamiento la pertenencia a una sociedad se da anónima y no individualmente. Esto es, sus miembros se identifican como tales a partir de señales específicas y compartidas y no por su identidad individual: químicos naturales en las hormigas, conceptos abstractos en los seres humanos (la idea de nacionalidad, por ejemplo).

[Discovery]

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Las plantas tienen memoria, se comunican y sienten, sostiene el investigador Daniel Chamovitz

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 05/07/2012

El investigador Daniel Chamovitz, que lleva varias décadas investigando el desarrollo de las plantas, confirma que su inmovilidad no significa que sean insensibles, antes bien ha descubierto en ellas la capacidad de oler, memorizar y comunicarse, casi a la manera de otros organismos más complejos.

Las plantas, lo sabemos de sobra, están vivas, sin embargo, no es así de común que las asociemos con cualidades como el pensamiento o las sensaciones que, de acuerdo con la fisiología canónica, son capacidades exclusivas de los organismos dotados de un sistema nervioso más o menos avanzado.

Con todo, el investigador Daniel Chamovitz, director del Centro Manna para la Biociencia de las Plantas de la Universidad de Tel Aviv, sostiene que las plantas pueden sentir, ver, percibir olores y quizá también pensar y recordar.

Chamovitz, que lleva desde mediados de los 90 interesado en el desarrollo del mecanismo por medio del cual las plantas sienten la luz. Desde entonces el científico ha realizado varios descubrimientos que contribuyen a una mejor comprensión de la sensibilidad en las plantas, siendo uno de los más importantes un grupo de genes gracias a los cuales una planta distingue si se encuentra en la oscuridad o en un ambiente luminoso.

Pero todavía más sorprendente es que el ser humano y otros animales también poseen estos mismos genes que cumplen una función similar de regular la respuesta a la luz (no de la misma manera que las plantas, sino en nuestro reloj biológico y nuestros ritmos circadianos), además de estar involucrados en otros procesos como el crecimiento axonal de neuronas y el funcionamiento correcto del sistema inmune.

“Esto me llevó a darme cuenta de que la diferencia genética entre plantas y animales no era tan significativa como alguna vez había creído ingenuamente”, declaró Chamovitz en entrevista, agregando además que “solo porque veamos que las plantas no se mueven, no significa que no haya un mundo sumamente rico y dinámico en su interior”.

En cuanto a sensaciones específicas comprobadas en las plantas, Chamovitz no duda en hablar de olfato, oído e incluso comunicación. Pero el investigador nos previene contra calcar nuestra manera de percibir dichas sensaciones para la naturaleza de las plantas. Son capacidades análogas, no idénticas.

El olfato, por ejemplo, se presenta en las plantas también como una reacción a sustancias químicas disueltas en el aire, pero con efectos específicos. Chamovitz señala el caso de la maduración: cuando una fruta madura se encuentra cerca de una que aún no lo está tanto, la maduración de esta se acelera por la liberación de una hormona llamada etileno. En un sentido elemental, se trata de un proceso netamente olfativo.

Chamovitz acepta, por otro lado, que la reacción de las plantas a los sonidos todavía no ha sido confirmada del todo y en cierta forma permanece en lo anecdótico, sobre todo en lo que se refiere al supuesto efecto de la música sobre su desarrollo. Para Chamovitz la capacidad auditiva es quizá una de las menos necesarias entre las plantas: al ser organismos sésiles (enraizados, sujetos al suelo) el oído no tiene la importancia vital que sí tiene en los animales, en quienes sirve para percatarse de una posible amenaza. Con todo, el investigador no descarta que, como vibraciones, las plantas sí puedan estar al tanto de los sonidos en su entorno.

La comunicación entre las plantas también tiene sus formas particulares. Chamovitz nos habla de una situación sumamente elocuente que se da cuando un árbol de maple se ve afectado por una plaga de insectos: como respuesta, el árbol libera una feromona que recogen a su vez los árboles vecinos como si se tratara de una señala de alerta, a partir de la cual empiezan a liberar los químicos necesarios para impedir que la infección se propague. “Esto es definitivamente comunicación”, comenta Chamovitz. Y, como en el caso del ser humano, también puede decirse que entre las plantas la comunicación es un mecanismo de supervivencia.

Chamovitz, sin embargo, va más allá y considera que las plantas también tienen memoria, manifestada en diversos tipos que van de la memoria de corto plazo a la memoria inmune e incluso una memoria transgeneracional. Si la memoria se trata de codificar información, almacenar información y recuperar información, entonces las plantas recuerdan y memorizan.

En cuanto a la capacidad de pensar, el investigador es más cauteloso. En este caso sí cree que para pensar es necesario un cerebro desarrollado y consciente de sí, algo de lo cual toda planta carece y cuya falta las hace no solo incapaces de pensar, sino también de dolor subjetivo.

Se trata, en suma, de una investigación notable por su 

[Scientific American]