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Cautivados por la narrativa del espectáculo y las celebridades, los ciudadanos dejan de poner atención en lo que verdaderamente importa, los perjuicios que se cometen mientras siguen en sus pantallas los escándalos sexuales del momento.

Were people this dumb before television?

[¿Éramos así de idiotas antes de la televisión?]

Don Delillo, White Noise

Con el inicio de año los propósitos se multiplican, yendo de los más recurrentes —como hacer ejercicio, dejar de fumar o comer sanamente— a otros mucho más personales.

John Avlon, sin embargo, nos propone uno que podría sonar un poco raro por lo infrecuente de su intención: dedicar mucho menos tiempo a seguir asuntos banales y enfocarnos un poco más en lo que es, objetivamente, mucho más importante y urgente.

Avlon, colaborador en Newsweek y en el sitio The Daily Beast, llega a esta propuesta luego de comprobar que en marzo de 2011 el impacto mediático en noticieros televisivos, periódicos y revistas de los escándalos protagonizados por el actor Charlie Sheen fue mucho mayor que el de las noticias de dos meses (marzo y abril) sobre la guerra en Irak.

Hay un problema, gente. Es un signo de una sociedad entreteniéndose a sí misma hasta la muerte. Preferimos recompensar la celebridad con nuestra atención y no a nuestros valientes hombres y mujeres luchando y muriendo a medio mundo de distancia. No es intencionalmente cruel, pero es escapismo en su intento de mantener ese mundo lejos.

El periodista abomina y se esfuerza por entender este consumo desenfrenado de contenidos vacuos e infructuosos de los que difícilmente puede encontrarse algún beneficio, esa retórica del reality y el espectáculo que, dice, “ofrece la promesa de fama sin la molestia del talento o el trabajo duro”.

"Miren, el escapismo está bien. Pero puede convertirse en un narcótico que nos distrae de lo que realmente importa”, advierte. ¿Qué es eso importante? Sobre todo los fraudes que se cometen en las altas esferas políticas y económicas mientras la opinión pública tiene su atención puesta en la vida sexual de Kim Kardashian o en la farmacodependencia de Charlie Sheen.

Avlon recuerda el lema clásico de “pan y circo” que evoca el declive de la civilización romana bajo ciertos emperadores que mientras se sumían en la corrupción, arrastrando consigo al pueblo al que estaban obligados a conducir, ofrecían a estos mismos ciudadanos banquetes y espectáculos que cegaban sus ojos ante el precipicio al cual se apresuraban. Como dice Étienne de La Boétie:

Los teatros, los juegos, las farsas, los espectáculos, los gladiadores, los animales exóticos, las medallas, las grandes exhibiciones y otras drogas eran para los pueblos antiguos los cebos de la servidumbre, el precio de su libertad, los instrumentos de la tiranía. […] El pueblo ha sido siempre así. Se muestra dispuesto y disoluto para el placer que se le brinda en forma deshonesta, e insensible al daño y al dolor que padece honestamente

Por su parte John Avlon concluye:

No vamos a cambiar esta dinámica en una noche, pero así como empezamos un nuevo año con nuevos propósitos, no es mucho pedir que podamos ajustar un poco, enfocarnos más en lo que realmente importa en oposición a la basura desechable de la distracción. […] El problema con una dieta de pan y circo no es la falta de diversión, es la atrofia paulatina de nuestro músculo cívico. Y todos sabemos cómo terminó Roma. Todavía a estamos a tiempo de tomar decisiones diferentes —y estas pueden empezar con un propósito para el primer día de un año nuevo.

[The Daily Beast]

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La iniciativa SOPA puede entenderse como un intento vano (pero posible) por parte de los grandes consorcios por adaptar la realidad a una ley injusta.

Las industrias cinematográfica y musical han sido casi desde su creación una de las más rentables jamás creadas, tanto que los sucesivos inventos que la han amenazado —la radio, las videograbaciones, la televisión abierta, etc.— han sido neutralizados o francamente cooptados y reconvertidos en productos que engrosen las ganancias de los grandes magnates de estos emporios.

Así es como puede explicarse la reciente iniciativa SOPA, que justamente intenta hacer de Internet otro coto de utilidades para unos cuantos, acabar con ese ofensivo paraíso de gratuidad en que los contenidos circulan libremente, sin aduanas ni peajes, supuestamente usufructuando las mercancías de las que otros se arrogan el derecho de propiedad.

En este sentido la piratería aparece a los ojos de los grandes consorcios como una fuga de capital, una grieta por donde se cuelan ganancias que ellos deberían estar recibiendo. Y aunque en su propaganda hagan parecer que su objetivo principal de defensa son los consumidores (alegando que la calidad del producto pirata nunca igualará a la del que ellos producen) o los verdaderos autores de la mercancía (escritores, cineastas, músicos, etc.), lo cierto es, como bien dice Steve Blank, que todos sus esfuerzos únicamente se aplican a proteger su ganancia en el corto plazo.

Sin embargo, a diferencia de otras épocas en que la creatividad parecía un recurso más inteligente para sacarle la vuelta a los nuevos dispositivos, las tecnologías desarrolladas, etc., en años recientes la industria, acaso por la riqueza acumulada, ha preferido replegarse al lado de los abogados y los políticos, optando por estas habilidades de contención o represión (como leyes que vanamente intentan ajustar la realidad a su letra).

El mismo Blank se asombra de que los grandes estudios cinematográficos hollywoodenses “tengan abogados, administradores y economistas, pero ninguna habilidad para manejar la desorganización”, un lobby que les cuesta 110 millones de dólares al año en demandas, contribuciones a las campañas presidenciales y relaciones públicas. En contraste, el dinero que se destina a desarrollar nueva tecnología es notoriamente menor.

Así las cosas, SOPA se erige como un último intento de la industria por defender lo que, de inicio, valdría la pena cuestionar si de verdad les pertenece.

Con información de The Atlantic