*

X

Vacas francesas que gustan del jazz

Arte

Por: pijamasurf - 12/12/2011

Banda de jazz cautiva a un rebaño de vacas con su interpretación de “When the Saints Go Marching In.”

Se dice, ya desde el folclor más antiguo, que la música, como una de las cimas de la civilización y el entendimiento, es tan bondadosa que puede domeñar aun a las bestias más salvajes. Desde Orfeo hasta el flautista de Hamelin existen numerosos ejemplos del sutil encantamiento que puede inducir una buena melodía incluso entre los corazones o las mentes más duro o reacios.

En esta ocasión presentamos un video en el que la banda de jazz The New Hot 5, nativa de Nueva Orleans, cautiva a un auditorio sumamente singular: una docena de vacas francesas que pastaban en los prados de Autrans, una comuna en el sureste del país galo.

El recital comienza con un solo de tuba ejecutado por Steve Call, el líder de la banda, quien tuvo el acierto de atraerse la atención del rebaño con las notas graves que emite su instrumento, un tanto parecidas a los mugidos del ganado vacuno. Call resopla en su tuba y al instante las vacas más cercanas lo miran con extrañeza, curiosidad acaso, y pronto las que descansaban al fondo se levantan para investigar el origen de los sonidos o la causa de la atención de sus compañeras (casi con la misma actitud de quien se acerca a un espectáculo público y callejero sin saber bien a bien de qué se trata).

Para cuando los miembros restantes de The New Hot 5 se unen, ya el público de semovientes está completo y suficientemente atraído para no quitar sus redondos y oscuros ojos del quinteto, mismos que corresponden a tan cálido recibimiento saltando la valla que los separaba y ofreciendo su música a flor de piel del respetable que, según mandan las reglas de etiqueta al escuchar jazz, demuestran su reconocimiento a los músicos asintiendo complacidas en vez de aplaudir eufóricamente.

 

[Open Culture]

"Delusiones de autoinmolación": la máquina del suicidio que transforma la conciencia

Arte

Por: pijamasurf - 12/12/2011

Incendios fugaces que invitan a mirar a los ojos de la muerte por un fractal de segundo y vivir una experiencia de transformación psíquica que además es un ritual estético.

La muerte no es solo el límite de la vida, también lo es de la psique y puede servir como un eje de transformación, la máxima terapia de shock.  Simular la muerte para producir una experiencia fuera de lo común, enfrentarse al espejo de humo,  besar el polvo (y hacerlo  con pirotecnia), es lo que motiva la obra de Erik Hobijin Delusions of Self-Inmolation.

Para acercarse lo más posible a la muerte y de la forma más espectacular, Hobijn construyó "una máquina de suicido" hace algunos años. Esta máquina-ritual consta de una plataforma cubierta con gel resistente a las flamas. Una personas se coloca en la plataforma y otra le lanza llamas por menos de un segundo. Luego la plataforma gira de tal forma que la persona que extingue el fuego, situado en el lado contrario de la máquina, puede extinguir a la persona "inmolada" inmediatamente.

Hobijn explica:

Hay tres estados en la máquina, uno lo llamo "azul", otro "término medio" y el tercero "bien cocido". "Azul" significa que sobrevives sin ninguna herida. "Término medio" es más para las sesiones de SM [sadomasoquismo] o para personas a las que les gusta el dolor para entender aspectos de la vida, por tener esta rica experiencia de dolor. La tercera posibilidad es la muerte. Es posible morir en está máquina: solo tengo que cambiar el líquido y cambiar el conteo.

Más de treinta personas han probado la máquina, la mayoría de ellas, enfatiza Holzer, han sido mujeres, experimentando un segundo de autoinmolación, un fractal del fuego de la muerte.

En el reciente festival de arte y new media STRP, en Eindhoven, se presentó la documentación de la obra de Hobijn, incluyendo el video que aquí mostramos. Al parecer la obra ya no puede ser experimentada en vivo debido a que las regulaciones se han vuelto más estrictas en los últimos años y evidentemente esta obra de arte ritual significa un peligro para las autoridades.

Construida originalmente en el 2000, la máquina del suicidio es la respuesta de este artista holandés a los ritos de inicación de otras culturas, bajo el entendido de que la tecnología, como un mito de acero occidental, es el lenguaje universal de nuestra cultura.  El elemento clave de todo proceso iniciático es vivir una experiencia cercana a la muerte (simbólica) para de esta forma regresar al mundo ordinario con una visión sagrada —o resacralizar la realidad con el entendimiento místico que otorga sentir, aunque sea fugazmente, lo que hay detrás del velo, más allá del cuerpo y el ego. En este caso, el trabajo de Hobijin conjura en el fuego a la energía que yace como potencia enrollada en el cuerpo y en cuya conflagración se despide la quintaesencia del ser.

[We Make Money Not Art]