*

X
Un estudio reciente examina la posibilidad de que el intercambio sexual haya nacido gracias a los parásitos; sin su amenaza, quizá nadie nunca hubiera conocido el sexo.

Uno de los enigmas de la vida que más han resistido la revelación de su secreto es el sexo, ese acto para nosotros primigenio que, aunque nos parece tan esencial en nuestras vidas, ha sido para los científicos una especie de anomalía contradictoria de la teoría de la evolución. En efecto, si lo consideramos un tanto superficialmente pero en estrictos términos evolutivos, la reproducción asexual parece una mejor opción evolutiva frente a la reproducción sexual: no hay competencia ni cortejo ni necesidad de otro organismo al cual fecundar, no hay machos ni hembras que necesiten uno de otro para procrear, tampoco existe el riesgo de contagiarse de algún tipo de enfermedad originada en el contacto, todo lo cual hace de esta una actividad sumamente costosa para perpetuar la especie. Pero, a pesar de todo, el sexo se desarrolló.

Una investigación reciente a cargo de Levi Morran, de la Universidad de Indiana, intenta conciliar la reproducción sexual con la teoría de la evolución proponiendo que el sexo nació como un mecanismo de defensa: con la reproducción sexual los organismos desarrollaron la posibilidad de mezclar sus materiales genéticos, algo que no sucede en la reproducción asexual en la que los genes que pasan de un individuo a otro son siempre los mismos.

Morran comenzó a experimentar sirviéndose de la llamada “hipótesis de la Reina Roja”, una premisa de la biología evolutiva propuesta en 1973 por el biólogo estadounidense Leigh Van Valen y que hace alusión a un fragmento de Through the Looking Glass [A través del espejo], la continuación de Alicia en el País de las Maravillas, en el que la Reina Roja, que es una pieza de ajedrez, le dice a Alicia que en su reino «tiene que correr tanto como pueda para mantenerse en el mismo lugar». La paradójica sentencia llevó a pensar a Van Valen que la evolución se comporta más o menos del mismo modo: con un predador en el mundo, la presa está obligada a adaptarse de mejor manera para sobrevivir, a cambiar siempre, a no dejar de correr nunca si no quiere morir y extinguirse. En este caso, correr significa cambiar la información genética en cada generación de organismos, algo que, como se dijo anteriormente, solo es posible a través del intercambio sexual.

En un experimento con tres grupos de lombrices Caenorhabditis elegans —dos genéticamente modificados para reproducirse únicamente sexual o asexualmente y un tercero en condiciones naturales— Morran y su equipo probaron la hipótesis de la Reina Roja exponiéndolos a una bacteria (la Serratia marcescens, que se adhiere a las entrañas de la lombriz, se reproduce y la mata desde dentro) que podría acabar con todos los especímenes en 24 horas y la cual también se introdujo en tres variantes: muerta (y por lo tanto inofensiva), viva pero incapaz de evolucionar y, por último, viva y con la capacidad de co-evolucionar al ritmo de sus huéspedes (es decir, las lombrices). Los resultados fueron estos: la reproducción sexual funcionó bien en todos las condiciones; las lombrices que se reproducían sin sexo de por medio también resultaron triunfantes en el caso de la bacteria muerta y en el de la bacteria a la cual se le impidió evolucionar. “Sin embargo”, dijo Morran, “cuando permitimos que la bacteria co-evolucionara junto con su huésped, esta prácticamente llevó al huésped a la extinción en poco menos de 20 generaciones, lo cual es increíblemente rápido. Incluso rebasó mis propias expectativas de lo que podría pasar”.

Asimismo, en el caso de las lombrices dejadas en condiciones naturales, en presencia de la bacteria el porcentaje de individuos que, por decirlo de algún modo, “eligieron” reproducirse sexualmente, se elevó a 70% (contra el 20% o 30% habitual); una vez retirada la bacteria o si esta no compartía la evolución de su presa, las lombrices volvieron a la reproducción asexual unas cuantas generaciones después.

Este estudio, aunque no es concluyente sobre las causas que dieron origen (y razón de ser) a la reproducción sexual, revela el precario equilibrio natural en el que esta se apoya, la posibilidad de que hubiera bastado un mínimo detalle, el fracaso evolutivo de una bacteria cualquiera o un predador malogrado, para que nunca nadie hubiera conocido el sexo.

[Live Science]

La droga del olvido: científicos desarrollan sustancias que eliminarían los recuerdos dolorosos

Ciencia

Por: pijamasurf - 07/30/2011

Próximamente una droga, acaso a la venta en la farmacia del barrio, nos ayudará a olvidar los recuerdos más traumáticos de nuestra vida o a curarnos de la adicción a otras sustancias. Pero este desarrollo científico, que parece sacado de un relato sci-fi, supone numerosos dilemas éticos.

Como si se tratase de las aguas del mítico Leteo, el río del inframundo griego que hacía olvidar su vida pasada a las almas de los difuntos, parece cada vez más próximo el día en que engullendo algo seamos capaces de modificar nuestra memoria y olvidar ciertos recuerdos, especialmente los que nos provocan pena y dolor.

Algunos desarrollos contemporáneos avanzan en la creación de píldoras diseñadas para modificar la manera en que una persona se relaciona con sus recuerdos. Por el momento el objetivo principal de estas drogas es asistir (un poco irónica o paradójicamente) el tratamiento de ciertas adicciones (a la cocaína en particular) y también el de traumas severos.

En el caso de la adicción a la cocaína, científicos de la Universidad de Cambridge han realizado experimentos con ratas a las que se les administró una sustancia que bloquea los receptores NMDA del cerebro (asociados al aprendizaje y la memoria). Acto seguido se les atiborró de cocaína, induciéndoles una adicción frenética mientras se les flasheaba con una luz. Más tarde se repitió el estímulo lumínico —asociado en los roedores con la cocaína y también con otros comportamientos suyos previos a que se les suministrara el alcaloide—, pero las ratas que tenían químicamente bloqueados los receptores NMDA no se mostraron desesperadas o ansiosas por obtener cocaína. Esta reacción sugiere nuevas vías en el tratamiento de la adicción a la cocaína, acaso una manera mucho más sencilla y pronta de resolverla.

En cuanto a la droga anti-trauma, esta se desarrolla en la Universidad de Montreal, una investigación a cargo de Marie-France Marin, estudiosa de la neurociencia que estudia los efectos de la sustancia conocida como “metirapona” [metyrapone] en los recuerdos traumáticos de las personas. Para tal efecto reunió a 33 hombres a quienes se les contó una historia “llena de circunstancias neutrales y negativas”, mismos que después tuvieron que repetir el cuento. El grupo se dividió entonces en tres partes: a los primeros once se les dio una dosis de metirapona, a los siguientes una dosis doble y a los últimos no se les dio nada. Cuatro días después se les pidió a todos que recontaran la historia antes escuchada. Los resultados no dejan de ser sorpresivos: a decir de Marin, los hombres que recibieron la doble dosis de metirapona recordaron con facilidad la historia a excepción de los detalles negativos (como cuando de un disco duro estropeado se pueden recuperar los archivos pero en fragmentos). Además, aun con los efectos de la metirapona agotados, persistía en aquellos once el olvido de esos eventos asociados con emociones pesarosas.

Estas posibilidades —que, como decíamos al principio, suenan menos a tecnologías de la ficción científica o mítica y cada vez más a realidades prácticamente inmediatas— han despertado un encendido debate neuroético sobre los alcances y usos de las drogas que modifican los recuerdos provocando el olvido. Quienes se manifiestan en contra se apoyan sobre todo en el argumento de que la memoria está estrechamente ligada a la identidad personal: sin sus recuerdos una persona deja de ser la que es. Un soldado, ponen como ejemplo, puede sentirse más inclinado a matar si sabe que ingiriendo una píldora olvidará su acción, borrando con una sola toma todas las posibles consecuencias que tiene matar a otra persona.

Sin embargo, quienes apoyan el desarrollo de estas drogas, en especial si se dirigen al tratamiento del trauma (como Adam Kolber, profesor en la Escuela de Leyes de Brooklyn), consideran un aspecto más justo (y quizá más humano) del problema: si una pastilla puede ayudar a las personas que padecieron una situación insufrible en su pasado a que recuperen su vida tal y como era antes de dicho quiebre, ¿por qué no fomentar su realización? La víctima de una violación sin duda se pronunciaría a favor de estas drogas.

Podría decirse que la cruzada de Kolber se reduce a una sola idea: que nadie debería sufrir por el sufrimiento mismo. A diferencia de otros escenarios en que la pena o la aflicción nos dejan algo a cambio —una enseñanza, experiencia, una nueva manera de ser y estar en el mundo, etc.— en otros casos se trata de dolor en su estado más absoluto, inefable, que deja a quienes lo padecen aislados y suspendidos, ajenos al ritmo habitual de sus vidas o de la del resto del mundo. Si nada puede obtenerse de ese sufrimiento, piensa Kolber, no hay razón para que determinada persona deba seguir llevando su trauma a cuestas. Antes mencionamos a las víctimas de violación y ataques sexuales, pero también podrían caber en esta categoría los torturados o los sobrevivientes de accidentes fatales.

Con todo, esta última posibilidad deja ver cierta arrogancia científica ante el destino personal de las víctimas. No son pocos los casos de personas que luego de sufrir una tragedia de ese tipo abrazan la causa de sus semejantes y pugnan porque nada de eso vuelva a suceder. Organizaciones que luchan contra la violencia sexual, que buscan el castigo lo mismo del dictador que del soldado último que ejecutaba la tortura o que hacen lo posible por prevenir tragedias naturales, viales, etc., muchas veces las dirigen personas directamente involucradas en circunstancias afines: sobrevivientes de una violación o del ataque de un pederasta, de un régimen totalitario, de un choque automovilístico. ¿Qué sería de esas organizaciones si todas esas víctimas hubieran decidido, simplemente, borrar sus malos recuerdos (consumando así una especie de suicidio parcial)?

Ciertamente el dilema no es sencillo de resolver, pero no es menos cierto que la investigación científica continuará haya o no un acuerdo en un sentido u otro. Seguramente antes de que las leyes lo adviertan una droga anti-memoria ya estará en el mercado, como en el escenario más futurista de algún relato sci-fi.

[io9]