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El G-20 cobra importancia en redefinir las relaciones entre los países ricos y pobres con el reciente Consenso de Séul.

Hasta hace pocos años lo que ahora conocemos como el G-20 era un pequeño y selecto club al que sólo los países más ricos del mundo eran invitados. Hoy, el grupo de las economías más importantes es más amplio, diverso e institucionalizado que cualquiera de sus versions anteriores. En conjunto, las naciones que integran el G-20 representan más del 80 por ciento de la producción y el comercio globales. Algunas de éstas distan mucho de ser ricas pero, ciertamente, se han revelado como mercados de gran dinamismo, tamaño o localización estratégica.  En otras palabras, casi todos los nuevos integrantes del G-20 podrían aún clasificarse como países en desarrollo y, de hecho, se autodefinen como tales en foros multilaterales como la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Más alla de reconocer el creciente peso de los mercados emergentes en la economía mundial (algo que ya había tardado bastante), qué significado tiene esto para el mundo en desarrollo en general? Es un poco pronto para responder adecuadamente a esta pregunta pero permítanme, por lo pronto, sugerir aqui algunos de los puntos que podrían formar parte del debate.

Después de ganarse la más o menos generalizada aprobación mundial por contener de manera concertada la actual crisis financiera, el desempeño del G-20 durante su última cumbre, realizada hace escasas tres semanas en Corea del Sur, fue calificado como decepcionante – cuando no como un rotundo fracaso.  Esto se puede atribuir, por lo menos parcialmente, a que la atención se concentró en el altercado que existe entre China y los Estados Unidos por el valor – en opinion de los americanos artificialmente bajo – del renminbi (y los desequilibrios que esto provoca en la cuenta corriente de ambos países) y por las bajas tasas de interés que mantiene la Reserva Federal  (y que en opinión de los chinos, los alemanes y los brasileños reduce, también artificialmente, el valor del dólar).  Estos son temas muy importantes, sin duda, pero no es del todo sorprendente que haya sido imposible alcanzar acuerdos más alla del compromiso por seguir discutiendo y eventualmente llegar a una solución.  Después de todo, la percepción generalizada es que lo peor de la crisis ya pasó y ahora es más importante atender las demandas de los intereses domésticos y evitar, en la medida de lo posible, absorber proactivamente los costos de un ajuste económico inevitable.

Sin embargo, la última cumbre del G-20 produjo otros resultados que, aunque mucho menos publicitados, resultan muy interesantes para el mundo en desarrollo. Me refiero especialmente al llamado Consenso de Seul para el Desarrollo y Crecimiento Compartidos (Seoul Development Consensus for Shared Growth).

Por decadas, las naciones más solventes y las instituciones internacionales han canalizado su apoyo al desarrollo internacional a través de donaciones y asistencia financiera de emergencia.  A nivel bilateral este apoyo esta normalmente condicionado a la adopción de esquemas comerciales y regulatorios favorables a los donantes. A nivel multilateral, la asistencia llegaba atada a un conjunto estandarizado de prescripciones de política económica conocido como el Consenso de Washington: disciplina fiscal, privatización y libre comercio.  La bondad del Consenso de Washington siempre fue cuestionada pero entró en franco descrédito a raíz de la crisis asiática de los años noventa.  No obstante, no había surgido en todo este tiempo un sustituto que sonara razonable y que, de paso, mostrara a los más pobres e institucionalmente débiles que el modelo chino no es paradigmático.

Patrocinado por Corea del Sur, el Consenso de Seul es la más reciente propuesta para reemplazar al Consenso de Washington y, asi, ayudar a redefinir la relación entre naciones ricas y pobres en materia económica. Los coreanos, que en medio siglo transformaron un país devastado y atrasado en una de las economías mas exitosas de la industrialización tardía, han aprovechado su paso por la presidencia del G-20 para lanzarse como los nuevos líderes en el campo del desarrollo.  Dos puntos resaltan principalmente del texto del Consenso.[1] Uno de ellos se refiere al reconocimiento del importante papel que el estado juega en la economía, sobre todo en materia de infraestructura y capital humano, y propone expresamente direccionar la asistencia internacional hacia la promoción de alianzas público-privadas esas áreas.  El otro explicitamente afirma que no existe una única vía hacia el progreso económico y que son los países en desarrollo quienes deben tomar la delantera en formular e implementar estrategias de desarrollo que respondan a sus necesidades y circunstancias individuales.

Los coreanos están convencidos de que el Consenso constituye un parteaguas. En otros ámbitos el entusiasmo ha sido mucho menor y, hay que reconocer, con cierta razón. El Consenso de Seul es un documento bastante general que deja para más tarde el trabajo pesado de definir con claridad objetivos, estrategias, reglas y procedimientos. Esto es cierto en áreas como energía, comunicaciones y transportes, e impacto ambiental (donde la participación del sector privado ha tenido una trayectoria muy ambivalente o ha sido sujeto de corrupción),  pero sobre todo en materia de comercio internacional donde las tensiones entre países ricos y pobres son más fuertes y las disputas más difíciles de resolver (Alguien recuerda la Ronda de Doha?).

Con todo, hay razones para sentirse conservadoramente optimista.  Aunque nada en el Consenso de Seul equivale a descubrir el agua tibia, es significativo (en que no tiene precedente) el respaldo público y unánime de un foro de la talla del G-20. Es también importante resaltar que este acuerdo llega en un momento en que el FMI atraviesa por una profunda reestructuración tanto en su misión como en el peso relativo que los países miembros tendrán en el futuro.  Por una parte, el FMI esta en camino de convertirse en la institución supervisora y reguladora (guardadas las proporciones) por excelencia de la economía global. Por otra, una decisión histórica del mismo G-20 en octubre pasado hará que los países europeos transfieran dos de sus ocho asientos en la junta de gobierno del FMI (que consta de 24 asientos en total) a países desarrollo, dándoles así mayor poder de voto en un organismo donde China ya es el tercer miembro mas importante.

Parece poco, pero en un contexto donde la cooperación internacional se ha vuelto más complicada, el Consenso de Seul es, hoy por hoy, un avance pequeño pero para nada descartable. Pongamos atención.

 


[1]El texto completo se puede consultar en: http://media.seoulsummit.kr/contents/dlobo/E3._ANNEX1.pdf


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¿Quién dirige la reconfiguración del mundo que avanza WikiLeaks? ¿Como en 1984, el Gran Hermano se anticipa para filtrar la información que puede conocerse, y de esta forma ocultar, en la inundación, aquella que en realidad es más importante?

Como sabemos bien, durante las últimas semanas en casi todos los periódicos, noticieros, sitios de internet y redes sociales uno de los temas dominantes ha sido la publicación de documentos confidenciales del servicio exterior estadounidense a través del portal de Wikileaks, organización sin fines de lucro encabezada por el periodista de origen australiano Julian Assange.

A juzgar por la reacción tan extendida y tan diversamente manifestada el asunto no es menor. Los gobernantes, incapaces de desmentirlas, condenaron las filtraciones, las personas sin poder las apoyaron, los moderados pidieron tiempo y serenidad para juzgar mejor sus consecuencias, los desmesurados del tipo Sarah Palin salieron antorcha en mano a cazar a la bestia o al monstruo, algunos intelectuales se apresuraron a ofrecer su opinión, el verdadero poder desempolvó ridículos cargos contra Assange para apresarlo, hackers ubicuos sin nombre ni títulos pomposos contraatacaron bloqueando páginas de empresas tan importantes como Visa y Mastercard y asegurando que el esfuerzo de Assange no será estéril, que el camino ha quedado trazado y no son pocos quienes prometen recorrerlo.

Mucha pirotecnia, muchas muestras de apoyo, poca reflexión seria. Umberto Eco, por ejemplo, a sus casi 79 años, mira el asunto con cierto exceso literario, con cierto desdén de nihil sub sole novum, de erudito que suscribe la sentencia borgiana: «la realidad es siempre anacrónica». Acierta, sin embargo, al pensar (acaso inevitablemente), en una de las dos novelas más célebres de Orwell, 1984, esa distopía de una sociedad siempre vigilada y regida por un Partido único y cuyo detalle más recordado es el lema “Big Brother is watching you”, tan adecuado para un poder panóptico; según Eco, Wikileaks supone una reformulación de esta metáfora: «la relación de control deja de ser unidireccional y se convierte en circular. El poder controla a cada ciudadano, pero cada ciudadano, o al menos el hacker —elegido como vengador del ciudadano— puede conocer todos los secretos del poder». Tal vez. O tal vez sea menos sencillo, menos novelesco, más real. Como publicó un amigo en su muro de facebook, «a través del internet nos controlamos todos a todos sin necesidad de Castro o de Stalin o del Tío Sam». El circuito de la disciplina y la vigilancia añorado por el poder sólo en sus sueños más perfectos.

Cuando me enteré de la noticia yo también pensé en Orwell, en un fragmento muy particular de 1984, ese diálogo crucial entre O’Brien y Winston en el que éste le confiesa al protagonista que Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, el libro de los rebeldes, de la resistencia, el libro de los inconformes y los renuentes, el libro de un mítico Emmanuel Goldstein anterior a la guerra y la reconfiguración del mundo, en realidad fue escrito por el poder que todo lo controla, por el Partido, por Winston y otros que como él laboran en alguno de los tres Ministerios que todo lo vigilan y lo enderezan. Pensé que el affaire Wikileaks podía compararse con esa situación: quizá la información filtrada era la información que podía conocerse y publicarse. Ingenua y paranoicamente imaginé cientos o miles de documentos mucho más importantes que seguramente, como rezan los cánones del espionaje, son destruidos finalizada apenas su lectura porque son mucho más trascendentes, mucho más incriminatorios. Quizá, como Eco, yo también enfermé de literaturismo.

Pero tenía mis razones: a pesar de Fidel diciendo lenta y cascadamente que Assange puso de rodillas y en el banquillo de los acusados al imperio, a pesar de las declaraciones y los comunicados y las condenas enérgicas, la actitud y las políticas del gobierno estadounidense en sus relaciones con los gobiernos de países extranjeros no muestran señales de cambio. Hillary Clinton se disculpó ante Cristina Fernández no por los hechos revelados, no por pedir secretamente un informe del estado mental de la presidenta argentina, sino por la filtración de los documentos —es decir, se disculpó no por el hecho en el que tuvo incumbencia, sino por uno que ni siquiera le compete; podría decirse que se disculpó por no tener el poder de evitar las filtraciones de Wikileaks (¿en qué mente retorcida, soberbia, arruinada por el goce que da el poder cabe semejante caracterización o conclusión de esta crisis?). Y quizá nada de esto tendría por qué cambiar. Quizá, ahora, la única preocupación de toda esa gavilla sea proteger mejor el acceso a documentos oficiales. Por parte de los gobernantes y los dirigentes y los poderosos las cosas siguen más o menos en el mismo estado que antes de Wikileaks y Assange y el escándalo mediático.

No así del otro lado.